Columna Rosa, sólo para Mujeres.

Por: Lic. Bárbara Lera Castellanos.

Me inspiré a escribir esta columna después de un curso de redacción que comencé este fin de semana, cuando el profesor comenzó a platicar sobre la creación del alfabeto en el año 700 ADC algo movió en mi para una reflexión de valor.

Como las palabras y la historia eran y son hoy por hoy el eje de nuestra comunicación.

Desde la formación del alfabeto y los primeros recuentos lexicográficos hasta los diccionarios contemporáneos, el lenguaje ha crecido y se ha transformado con la sociedad, reflejando cambios culturales, tecnológicos y políticos en los diferentes tiempos.

El alfabeto como semilla colectiva puede rastrearse a lo largo de siglos, pero si tomamos como punto de partida el recuento de entradas vocabulares, podemos observar una expansión un tanto notable, por ejemplo en el año 1780 el repertorio registrado alcanzaba unas 46,000 palabras, para 2014 ya rondaba las 93,000 y en 2024 el diccionario de la lengua española registró alrededor de 300,000.

Estos números no solo son estadísticas; son testimonio de cómo las realidades humanas generan nuevas denominaciones, tales como: avances científicos, contactos culturales, jerga urbana, tecnicismos y voces de comunidades antes marginadas.

Cada incorporación refleja una idea, un objeto o una experiencia que exige reconocimiento lingüístico y social.

En ese proceso, el observatorio de las palabras —ya sea la academia, los institutos lexicográficos o proyectos digitales de observación lingüística— juega un papel doble: archivador y guía.

Como archivador, registra el uso real y persistente de palabras, reuniendo evidencia para incluir voces que antes quedaban fuera.

Como guía, orienta sobre normas y usos, ofreciendo criterios para la enseñanza, la traducción y la edición; Gracias a ese el diccionario dejó de ser un relicario estático y se convirtió en un espejo dinámico del habla hispana, que siempre he dicho el español es uno de los lenguajes más ricos que existen.

Para México, este lenguaje ha sido una herramienta vital para grandes escritores, investigadores e incluso grandes poetas.

Autores como Sor Juana Inés de la Cruz, Juan Rulfo, Octavio Paz y más contemporáneos han nutrido a la lengua con imágenes, giros y sensibilidades propias.

Investigadores han encontrado en la expansión léxica la posibilidad de nombrar saberes nacionales, como términos indígenas recuperados, regionalismos y neologismos que describen la complejidad social y natural del país.

Los poetas mexicanos, por su parte, han explotado la fonética del español para generar metáforas que atraviesan la historia, el tiempo y la identidad.

La ampliación del diccionario es también reconocimiento de la diversidad cultural de nuestro México y un recurso para difundir conocimiento y belleza de nuestra cultura.

Sin embargo, la era de la información trae desafíos.

La velocidad con que aparecen las palabras y significados supera a veces la capacidad normativa y la proliferación de fuentes digitales genera variantes y ambigüedades.

Aquí es donde entra el observatorio de palabras, que debe equilibrar apertura y rigor, integrar voces nuevas sin sacrificar claridad.

La dualidad entre escritores del siglo XX y del siglo XXI revela una tensión humanista: los primeros edificaron el oficio con la pluma y la reflexión íntima; los segundos escriben en un paisaje mediado por pantallas, datos y herramientas de apoyo como la inteligencia artificial (IA).

La IA ofrece asistentes, búsqueda rápida, corrección y sugerencias estilísticas; potencia la productividad y propone hibridaciones creativas.

Pero no sustituye la mirada crítica, la experiencia vivida ni la voz ética del creador.

La responsabilidad humana persiste: elegir qué decir, cómo nombrarlo y con qué intención.

Así, la tecnología debe entenderse como un instrumento que amplifica la libertad expresiva y el alcance del lenguaje, no como su reemplazo.

En este cruce, la palabra sigue siendo territorio humano, un puente entre la memoria y el futuro.

En este contexto, las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) han ampliado canales de producción, circulación y preservación del lenguaje, al digitalizar corpus, democratizar el acceso y habilitar la colaboración en tiempo real.

La irrupción de la inteligencia artificial profundiza proceso al automatizar análisis semánticos, traducir, resumir y sugerir estilos, influyendo en la creación y normalización lingüística.

Su impacto exige marcos éticos, alfabetización digital y criterios académicos para garantizar calidad, diversidad y responsabilidad en el uso del idioma.

Fuentes:

1.Diccionario de la lengua española, Real Academia Española (ediciones y comunicados, 2014–2024).
2.Estudios lexicográficos y corpus de la lengua española (varios autores), informes sobre el observatorio lexicográfico.
3.Obras y estudios críticos sobre literatura mexicana: Sor Juana Inés de la Cruz, Juan Rulfo, Octavio Paz.