CONFIDENCIAL
Por ROGELIO RODRÍGUEZ MENDOZA
“Quien da la espalda, da las nalgas”, soltó, desde la tribuna legislativa, la diputada morenista Beatriz Andrea Navarro, y bastó que la pronunciara para que se volviera viral en redes sociales y medios de comunicación.
Fue expresada durante una sesión de la Comisión Permanente del Congreso de la Unión y quedó registrada para la posteridad.
La legisladora reaccionó así porque los diputados del PRI decidieron dar la espalda a la Mesa Directiva durante la declaratoria de constitucionalidad de las reformas al Poder Judicial y de las modificaciones relacionadas con la intervención extranjera en los procesos electorales.
Molesta por la protesta, recurrió a la grosería para descalificar a los priistas.
“Así como dicen en la jerga popular, quien da la espalda, da las nalgas, y ustedes ya le dieron las nalgas a los países extranjeros. Son traidores a la patria, hijos de nadie porque no tienen identidad”, gritó la legisladora desde la tribuna.
Pero el motivo de su enojo es lo de menos. En política abundan los desacuerdos y los mexicanos ya estamos acostumbrados a escuchar las leperadas a las que recurren nuestros desprestigiados legisaldores y legisladoras.
Aquí lo verdaderamente interesante del episodio es otra cosa: ¿Qué estaría ocurriendo en este momento si esas mismas palabras hubieran sido pronunciadas por un hombre?
¿Qué pasaría si un diputado hubiera gritado desde la tribuna que quienes le daban la espalda “daban las nalgas”? ¿Qué habría sucedido si la expresión hubiera estado dirigida a un grupo de legisladoras o si hubiera salido de la boca de algún político identificado con la oposición?
Garantizado que tendríamos un escándalo nacional. Las organizaciones feministas estarían exigiendo sanciones, las redes sociales estarían inundadas de acusaciones de machismo y violencia política de género, y no faltarían quienes reclamaran disculpas públicas o algún tipo de castigo institucional. Durante días escucharíamos discursos sobre el respeto que merecen las mujeres y sobre la necesidad de erradicar expresiones ofensivas desde la vida pública.
Y probablemente muchos de esos reclamos tendrían fundamento. Quien ocupa una tribuna legislativa tiene la obligación de cuidar sus palabras y de comportarse a la altura de la responsabilidad que le otorgaron los ciudadanos. El respeto no debería ser una opción para quienes representan a la sociedad, sino una obligación permanente.
Sin embargo, cuando la frase proviene de una mujer, los criterios parecen modificarse. Lo que en un hombre sería considerado una agresión verbal, en una mujer se convierte en una ocurrencia. Lo que para unos sería motivo de condena pública, para otros termina reducido a una simple anécdota parlamentaria que pronto quedará en el olvido.
Ese es el fondo del asunto. Desde hace años se impulsa, con razón, una cultura de respeto hacia las mujeres. Se han reformado leyes, endurecido sanciones y construido mecanismos destinados a prevenir conductas discriminatorias o violentas. Se trata de una causa legítima que merece respaldo porque durante décadas existieron abusos que debían corregirse.
Lo cuestionable aparece cuando se pretende que el respeto sea una obligación exclusiva de los hombres y un derecho exclusivo de las mujeres. La convivencia democrática no funciona así. Quien exige respeto tiene también la responsabilidad de respetar. Quien reclama un trato digno está obligado a otorgarlo en la misma medida.
Por eso el episodio protagonizado por Andrea Navarro resulta más revelador que escandaloso. No por la frase en sí misma, sino porque exhibe una contradicción cada vez más frecuente en el debate público: la de quienes exigen para sí mismos estándares de respeto que no siempre están dispuestos a observar cuando se dirigen a los demás.
Y cuando alguien reclama consideración, tolerancia y trato digno, pero al mismo tiempo se siente con derecho a negar esas mismas condiciones a quienes piensan distinto, deja de defender una causa legítima. Lo que está ejerciendo, simple y llanamente, es el privilegio de ofender.
¿No cree usted?
ASÍ ANDAN LAS COSAS.