Golpe a golpe

Por Juan Sánchez Mendoza

Hoy, justo al conmemorarse en México el Día del Niño –sólo aquí, puesto que la celebración se realiza en distintas fechas en otros países–, resulta oportuno reconocer que, aun cuando legítimamente los menores cuentan con derechos universales –reafirmados en noviembre 20 de 1952, por la Organización de las Naciones Unidas (ONU)–, éstos son conculcados en la casa o la escuela. Pero, sobre todo, en la calle.

Y más cuando los chiquillos carecen de familia.

De ahí que la fraternidad y comprensión resulten palabras huecas.

No en todos los sectores de la sociedad, esto me queda en claro por saber que hay núcleos interesados realmente en el bienestar de la niñez, sin importar niveles económicos, razas ni credos, como es el Sistema DIF.

Sin embargo, lo más grave del asunto, es la marginación multicausal, cambiante en el tiempo y prácticamente imposible de erradicar.

He leído un ensayo del extinto doctor Jesús Kumate Rodríguez que no tiene desperdicio, pues dice que:

“Los niños son el sector más vulnerable y deficitario. El porvenir de la familia, la comunidad y la Nación, se califican a través del crecimiento y desarrollo de sus niños. La marginación social en los niños abarca diversas áreas. Entre ellas, la educación, la nutrición, la salud, la vivienda, etcétera.

“En nuestro país existen marcadas diferencias entre las diferentes entidades federativas. La condición indígena en México está asociada con (una) marginalidad persistente. (Y por ello) se deben hacer cambios pertinentes para disminuir, en lo posible, la marginación social de los niños”.

Madurez apurada

Cuando hablamos de los niños que en la calle buscan sobrevivir, por lo regular caemos en el error de generalizar nuestros conceptos.

Y es que no somos capaces de razonar, siquiera, en la diferencia de su identidad; como tampoco hemos sido capaces de entender que frente ante esta sociedad a la que pertenecen y los rechaza cotidianamente, su número crece y se multiplica cotidianamente, dando vida a un fenómeno que ya ha rebasado a las autoridades encargadas de su rehabilitación y reincorporación social en núcleos educativos y familiares.

Los menores de edad que en la calle buscan techo y comida –ya no amor, pues ésta es una palabra ajena a su vocabulario–, en gran parte son niños y en menor estadística adolescentes emanados de estratos sociales con mayor carencia económica, cuya personalidad individualista y deformación emocional los orilla a incorporarse a clanes delictivos en sus comunidades, al tiempo que les impide cualquier intento unipersonal de reincorporarse a su familia y a la sociedad, por la simple y sencilla razón de que nada de ello les interesa, como quizá ellos tampoco le interesen a algunas autoridades de los tres niveles de gobierno.

El medio ambiente en que los niños nacen, crecen y se desarrollan (por un lado) y la descomposición de sus hogares (por el otro), hacen que los niños de la calle se rebelen ante las normas establecidas; que adopten estereotipos de protesta extra estatales y se liguen a doctrinas encontradas a través de frases filosóficas y símbolos que, en fondo, nunca logran comprender.

Definición social

A los menores que en la calle fincan sus esperanzas de vida, la sociedad misma los ha definido como seres inferiores, conformistas, ladrones, homicidas, drogadictos, bravucones, alcohólicos, deshumanizados, irrespetuosos y abusivos… cuando menos.

Pero ellos, en lo particular, se autodefinen como huercos marginados, activos, cuya energía está dirigida a la acción, a la aventura, al peligro.

Es decir, les gusta el riesgo, la incertidumbre y viven amenazados por la muerte.

Su educación la obtienen en la calle, broncas y uno que otro ‘pasón’; en los atracos, redadas, torturas sicológicas y físicas y en el sexo.

Algunos estudiosos de este fenómeno han dicho: “Son niños y adolescentes desubicados tanto familiar como emocionalmente; su reacción es natural, ya que no se les han brindado espacios suficientes donde poder reencontrarse; igual carecen de guías morales para poder entender el lado bueno de la vida. No son malos, sino rebeldes”.

A decir de algunos terapeutas, esos menores marginados son seres humanos resentidos socialmente; están descorazonados, desprotegidos; su preparación académica y laboral es mínima regularmente; no entienden más leyes que las de la propia calle; son entrones inconscientes al peligro y al daño que puedan causar; desobligados, vagos por naturaleza; atracadores, traicioneros y mercenarios, aunque sólo lo hagan por diversión o el diario sustento.

Sin estas características, aseguran quienes del tema dicen saber, no podría entenderse el ingreso de un niño o adolescente a las cuadrillas que operan en la calle y que tanto han proliferado en Tamaulipas en los últimos tiempos.

El resurgimiento de los niños de la calle es consecuencia de factores todavía más profundos, así lo creo.

Y también creo que el Sistema Estatal para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) seguramente está preparándose para ir a su rescate.

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