EN PERSPECTIVA
POR: OMAR ORLANDO GUAJARDO LÓPEZ
El accidente en Chihuahua dejó cuatro muertos: los agentes estatales Pedro Román Oseguera Cervantes y Manuel Genaro Méndez Montes, además de dos ciudadanos estadounidenses identificados en distintas versiones periodísticas como agentes vinculados a tareas de inteligencia y seguridad. Pero el verdadero impacto político no fue la tragedia, sino lo que exhibió: la presencia de extranjeros acompañando un operativo de la estructura de seguridad pública chihuahuense.
Eso convirtió un hecho carretero en un asunto de seguridad de Estado.
Porque cuando aparecen agentes extranjeros mezclados con corporaciones locales, la responsabilidad sube directo al escritorio de María Eugenia Campos Galván, quien este martes enfrenta una cita clave en el Senado para explicar lo ocurrido.
Aunque la gobernadora anunció una unidad especial para concentrar las investigaciones y adelantó que no hará más pronunciamientos públicos sobre el caso, el costo político ya no se resuelve con una comisión que revise al propio gobierno. Tendrá que decidir si comparece, responde y enfrenta preguntas, o si apuesta por el silencio como estrategia.
Maru Campos debería mirar el antecedente de Francisco Javier García Cabeza de Vaca. También fue vendido como gran bastión opositor del norte: gobernador fronterizo, discurso duro frente a Morena, poder regional y respaldo de un grupo panista con influencia nacional.
Parecía intocable.
Terminó fuera del centro político, entre litigios, con su fuerza territorial erosionada y con un PAN tamaulipeco debilitado. El cabezismo fue presentado como proyecto presidenciable; acabó en el exilio.
Hoy Chihuahua corre el riesgo de repetir la ruta.
No sólo por la crisis actual, sino por el grupo que arropa a Maru Campos: Ernesto Cordero Arroyo, Roberto Gil Zuarth y Javier Lozano Alarcón, figuras del entorno de Felipe Calderón Hinojosa especializadas en convertir crisis políticas en batallas jurídicas y mediáticas.
México ya conoce ese libreto.
César Duarte Jáquez pasó años fuera del país antes de enfrentar procesos judiciales. Cabeza de Vaca apostó a resistir desde la distancia. Ricardo Anaya Cortés salió, esperó y regresó con capital nacional propio.
No todos vuelven igual, y tal vez no todos vuelvan.
Maru depende de Chihuahua. Si pierde Chihuahua, pierde casi todo.
Por eso la cita de este martes importa. No es sólo una reunión con senadores. Es la primera prueba para saber si el marucampismo tiene fuerza propia o si es sólo la nueva versión de un modelo panista que fabrica símbolos regionales hasta que dejan de servir.
Cabeza de Vaca creyó que lo blindaban. Tal vez sólo lo administraban.
Maru Campos haría bien en mirar ese espejo.
Porque mientras unos pierden territorio y futuro, en el calderonismo hay quienes siguen intactos buscando la siguiente apuesta.