Por Jaume Osante
Mire, esto no empezó ayer. Y ese es justo el detalle que no se puede dejar fuera. Lo que hoy vemos en el estero El Camalote —peces muertos, agua estancada, olores fetidos— no apareció de la nada. Viene arrastrándose desde hace semanas… quizá décadas.
Desde febrero había señales claras. El boquete en el dique no fue menor. Se perdieron millones de metros cúbicos de agua dulce y en ese momento, el tema sí encendió focos. Salieron nombres, dependencias, explicaciones. La Secretaría de Recursos Hidráulicos, con Raúl Quiroga Álvarez al frente, habló del impacto. A nivel municipal también hubo posicionamientos. Incluso la federación, a través de CONAGUA, entró al tema.
Se colocaron costales, se contuvo la fuga y se dio por atendido y olvidado.
Pero el punto es otro: ¿realmente se resolvió el problema de fondo? Pues no.
Porque después vinieron más avisos. Otra filtración. Otro recordatorio de que la infraestructura no estaba en las mejores condiciones. Y ahí es donde se repite la historia de siempre: se atiende lo urgente, se contiene el momento… pero lo estructural se queda pendiente.
No hubo un mensaje firme de prevención. Tampoco una intervención de fondo que diera tranquilidad de que esto no iba a repetirse.
Y entonces llegamos a lo de hoy.
Peces muriendo, la gente intentando rescatar lo que puede con sus propias manos. A comunidades que ya no solo piden apoyo, sino respuestas claras A SU SUSTENTO.
Aquí es donde hay que decirlo sin pelos en la lengua: esto no es un hecho aislado. Es una cadena. Una suma de omisiones, de decisiones a medias, de mantenimiento que no llegó cuando debía.
¿Un Ecosistema debilitado y rebasado?
José Luis León Hurtado, coordinador del Consejo Ciudadano del Agua del estuario del río Pánuco, explicó que ejemplares de especies de agua dulce, como carpa y plateado, fueron observados acumulados en la zona de esclusas, donde la mortandad se intensificó este jueves: “El sistema presenta perforaciones que provocan la pérdida de agua dulce y facilitan la intrusión salina por efecto de las mareas”, dijo.
Bien, pues si hubo reacción institucional. Pero llegó tarde. Llegó cuando el problema ya era visible, cuando ya no había forma de ocultarlo. Y reaccionar no es lo mismo que prevenir.
El tema es más serio de lo que parece. Porque hoy son peces. Pero mañana puede ser el agua que llega a las casas, el equilibrio ambiental de toda la zona o el sustento de muchas familias. Ya vivimos hace poco la crisis hídrica más severa en mucho tiempo.
La lección tendría que ser clara a estas alturas: no se puede seguir normalizando que la autoridad aparezca solo cuando el daño ya está hecho. ¿Dónde queda el ciudadano consciente? ¿Las asociaciones ambientales encargadas de incomodar?
La exigencia es otra. Tiene que ser otra. Fuerte y contundente ¡caray!
Porque cuando el agua empieza a fallar, difícilmente es un capricho de la naturaleza… o tal vez si, un hartazgo natural. Casi siempre es una señal de que algo en la gestión HUMANA ya venía fallando.
Y si no se señala, si no se pide cuentas, entonces lo que sigue no es sorpresa… es consecuencia pura.
Porque callar también es decidir… ahí se los dejo, para pensarlo con calma o con coraje.