Rutinas y quimeras
Clara García Sáenz
Hace más de 20 años visité por primera vez Yucatán; en Mérida conocí las marquesitas,
el parque de beisbol Kukulcán, los pambazos en la cenaduría La Susana internacional y
las conchas con nata del Café Habana.
En Celestún conocí los flamingos y los manglares, en Dzibilchaltún la Casa de las
muñecas y su cenote sagrado; recorrimos Uxmal, Chichen Itzá, Izamal y Puerto Progreso,
lugar que con el tiempo captó mi interés por una investigación histórica que estaba
haciendo donde le seguía la pista a un cura que había huido del El Valle del Maíz y se
había refugiado en ese puerto.
Siempre que voy a Yucatán procuro visitar Puerto Progreso, en donde se podía
hasta hace algunos años caminar por sus calles tranquilamente, meterse a cualquier
restaurante de la orilla de la playa para refrescarse con una bebida y pasar las horas sin
que nadie lo molestará o presionara para que consumiera o desalojara el lugar, con
precios accesibles y menú generoso.
Sin embargo, la vez más reciente me sorprendí de ver lo “moderno” de los
restaurantes convertidos en “no lugares” es decir, despojados de su identidad propia para
parecerse a cualquier playa turística en el mundo; los precios desorbitados de los menús,
un malecón muy moderno, un Museo del Meteorito que cobraba a 350 pesos la entrada y
muchos espacios muy sofisticado para un turismo internacional, lejos muy lejos de la
cultura maya. Así que, renunciamos a la playa y nos perdimos en sus calles, huyendo del
maquillaje para encantar turistas que bajan dos veces a la semana del crucero, merodean
en dos o tres tiendas cercanas al desembarque y toman un autobús que los espera para
llevarlos a Mérida porque según los guías “ese lugar no es seguro”.
Fue en Puerto Progreso donde el ayuntamiento instaló en el mar una estatua de
Poseidón, “dios griego del mar y de los ríos, el creador de tormentas e inundaciones, y el
portador de terremotos y de destrucción”; que en la cultura romana se le conocía con el
nombre de Neptuno.
Evocando un tanto aquel experimento de Orson Wells que en los años 30 realizó
en la radio norteamericana una dramatización de la novela “La guerra de los mundos”
donde anunciaba una invasión extraterrestre, en Facebook se creó una página donde se
convocaba a los yucatecos a destruir la estatua de Poseidón el 15 de julio, ya que se le
culpa de las intensas lluvias e inundaciones que sufre la península de Yucatán, y Chaac,
dios maya de la lluvia, el trueno y la agricultura se sentía molesto por su presencia.
La página en pocos días logró más de 10 mil seguidores y un aproximado de 1 500
personas que confirmaban su asistencia para ir a destruir la estatua. No sabemos aun si
la gente logrará reunirse para ese propósito la fecha señalada; pero vale destacar que en
poco más de una semana todo el mundo supo que había un dios maya con poderes
similares a los dioses griegos y romanos y que, por los comentarios en redes, tenían más
simpatía por él.
Otro asunto por destacar es ver como las figuras mitológicas son recreadas en la
memoria como fuente de poder y tal vez lo más increíble y sorprendente es ver el
entusiasmo de miles de personas interesadas en un conflicto que enfrenta a dos
referentes culturales del mestizaje, uno de la tradición europea y el otro de la
mesoamericana, defendiendo a esta última con vehemencia y me pregunto si este gesto
es una especie de triunfo sobre los conquistadores. E-mail: [email protected]