Rutinas y quimeras
Clara García Sáenz

El cielo se rompió un miércoles por la noche. En el apocalipsis de la sequía, nunca
antes el mundo entero en este noreste mexicano había deseado al unísono la llegada
de un huracán. No recuerdo tanta agua desde Alex, el huracán que pasó por Ciudad
Victoria en 2010.
Nos despertamos con el rugir del San Marcos, entre la lluvia que no paraba,
escuchaba el río, fuerte, estruendoso, rápido “el San Marcos regresa” murmuré para
mis adentros, al salir al patio divisé a lo lejos su margen, eran las seis de la mañana y
dije entusiasmada “Ambrocio, voy a ver el río, está de vuelta”, sin dudarlo me contestó
“yo te acompaño”. Nos acercamos lo más que pudimos y ahí estaba, soberbio,
ocupando su espacio de orilla a orilla, insolente, juguetón, con mucha prisa y joven
siempre joven, renovado, feliz.
Desde ese día, regresó la alegría a mi barrio, donde la gente solía pasarse las
tardes del verano en el río, entre vendimia de elotes y lagrimitas, ahora recuperó esa
costumbre que con los años se fue perdiendo porque el río fue secándose hasta que
su cauce desapareció. Y cada tarde cuando regreso a casa, echo un vistazo desde el
puente y veo niños y adultos recreándose en sus aguas, unos días cristalinas otras
turbias, unos con un gran caudal y otros con aguas tranquilas.
El agua tiene memoria, pero los seres humanos no, porque ya olvidamos los
tiempos aciagos de la sequía que hace apenas algunas semanas nos estrangulaba,
ahora disfrutamos de los afluentes, los perseguimos, los retratamos, nos recreamos

en ellos, pero les estamos dejando la basura de lo que comemos y bebemos,
metemos los carros a sus orillas para lavarlos contaminando con los aceites sus
aguas, entre otras feas y sucias prácticas. Ahora podemos disfrutar de los arroyos
más olvidados, que tenían años o décadas que habían dejado de fluir; el agua ha
venido a recordarnos cuáles caminos son suyos, qué espacios le pertenecen, nos
vuelve a mostrar su belleza desde las montañas más recónditas en Tamaulipas, con
cascadas, afluentes y riachuelos, nos ha “refrescado” la memoria, hasta hoy con
respeto y generosidad.
Dice la ciencia de la meteorología que esto apenas comienza, que faltan 11
tormentas tropicales y nueve huracanes que llegarán por el Atlántico a lo largo de los
siguientes meses, terminando hasta el 30 de noviembre; lo que resulta sorprendente,
teniendo en cuenta que desde el 2010 no ha llegado ninguno a nuestra ciudad y el
año pasado no hubo en el Golfo de México.
Al momento de escribir esta columna se perfila Beryl habiendo pasado el
amado Alberto y la espontánea de Chris, la expectativa no parece ser la misma que
hace algunas semanas que esperábamos a Alberto y eso puede contribuir a que nos
tome relajados y nos sorprenda con destrucción que termine en tragedia.
Porque la imprudencia siempre esta a la vista, en redes sociales se han
publicado muchos videos donde la gente cruza los cauces o se mete a ellos a pesar
de la prohibición o las advertencias de Protección Civil que se ha pasado los últimos
días rescatando gente ocurrente que no obedece ni sigue las recomendaciones. Esto
apenas comienza y ojalá que la alegría que el agua nos ha traído, no se convierta en
tragedia.

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