ORBE
Ma. Teresa Medina Marroquín.-
Entre el balance de acusaciones políticas, tal como si la instigadora élite mexicana acudiera ante una fiscalía, destaca el de “No tienes derecho a hablar tanto”.
El “delito” se imputa básicamente al presidente Andrés Manuel López Obrador y a su estilo de no ceñirse a un guión previamente escrito para sus “mañaneras”.
Así, en medio de este fuego cruzado de denuncias, transcurrió en México este 2022 que ya se despide, para dar paso al 2023 que en prácticamente unas horas el mundo le dará la más cordial de las bienvenidas, con una humanidad que ya no se le ve tan esperanzada a que las cosas cambien.
Pero, ¿qué quiere la élite mexicana? ¿Por qué se le nota tan molesta y desesperada? ¿Cuáles son sus exigencias para AMLO? ¿Acaso que el discurso presidencial, como las expresiones del mismo pueblo, regresen a los tiempos donde la censura, que proliferaba por todos lados, era la orden tajante de quienes controlaban el poder?
Nadie está defendiendo al tabasqueño que, también es necesario comentarlo, ha tenido diversos errores en los dos primeros tercios de su sexenio.
Pero el pueblo está harto de que las desgracias causadas por el ominoso pasado político se hayan revuelto y camuflado con el cambio inédito, la crisis y las confusiones de hoy.
Desgracias, que para empezar, han provocado que no más de 100 familias en México hayan acumulado una cantidad inmensa de riquezas que mantienen a cerca de 90 millones de mexicanos en la miseria.
¿Este es el trasfondo de que las élites y sus coaliciones busquen por todos los medios ocultar el origen del mal, al extremo de querer callar al Presidente de la República?
“¡CÁLLENSE EL HOCICO, TODOS!”
Lo impresionante es que no sólo AMLO es el que habla con toda la soltura del mundo (diríamos libertad y hasta una buena dosis de desparpajo), sino que los multimillonarios de esta nación, desde Carlos Slim, Ricardo Salinas Pliego, “El Diablo” José Antonio Fernández, hasta otros del tamaño de Alberto Bailleres, German Larrea, María Aramburuzabala y Antonio del Valle, que hablan a través de sus voceros (son ricos, no tontos), exigen que este país regrese a las sombras del “¡Cállense el hocico, todos!” que se vivió por tanto tiempo.
Lo que alteró y limitó mucho más los derechos del pueblo, al que, aunque esa élite lo niegue con toda la hipocresía de la que es capaz, no se le veía como una enorme masa de seres humanos, sino de sujetos condenados a un cautiverio moderno, cuyas consecuencias y sufrimientos no eran (según los ricos) responsabilidad más que de ellos mismos.
Dirán, no pocos, que López Obrador ha cometido “grandes errores” en su forma de gobernar (usted juzgue), pero tampoco nadie podrá negar que millones de mexicanas y mexicanos, que nada tenían, ni siquiera para comer, han visto crecer sus esperanzas de vivir en un mundo quizá no más justo pero sí mejor o distinto al de la “dictadura perfecta”.
Mientras que ellos, los obscenamente ricos, nunca jamás se ocuparon, ni voltearon a ver a esa enorme masa de pobres, que por su condición, olvidadas injustamente las causas que originaron sus terribles carencias, jamás tuvieron derecho de alzar la voz para pedir siquiera un rincón donde vivir.
EL RETORNO DE LA VERDADERA DICTADURA
Ahora estos potentados, al estilo de José López Portillo (Guadalajara, febrero 5 de 1982) cuando dijo que “Esta es la Reunión de la República”, pese a que eran sólo él y no más de cien funcionarios y gobernadores que lo acompañaban, suponen que al creerse dioses y semidioses de pronto no le dan cabida al pueblo, creyendo que son los únicos que pueden hablar, calificar, juzgar y condenar, sólo porque tienen en su poder una gran parte de la riqueza nacional, cuyo origen es sumamente cuestionable.
Esta es la clase alta de México que se cree la oligarquía y ha desatado la guerra por el control político y económico, prohibiendo a través de los medios que controlan que la gente hable, incluido el Presidente de la República.
Este es el fondo de las cosas: el retorno de la verdadera dictadura.
¡Feliz miércoles!
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