Por: Ricardo Hernández

Hace pocos días llevé a «arreglar» mi computadora Laptop, pues la idea que tenía hasta ese momento era, en primer lugar, que le hicieran una limpieza. Con limpieza me refiero a eliminar los posibles virus que tuviera o hacer que la computadora trabajara más rápido, ya que durante los últimos meses había estado funcionando muy lenta.

En segundo lugar, el objetivo era que le instalaran el programa Adobe InDesign para poder trabajar en la edición de textos.

Pero resulta que luego que pasé por la computadora y me la llevé a casa me di cuenta de que, efectivamente, la limpieza había sido efectiva: ya no tenía el mismo Microsoft Word con el que trabajé y me encariñé, a cambio me habían instalado uno el cual, desafortunadamente, no funcionó bien.

Mi computadora no volvió a hacer la misma con la que trabajé durante mucho tiempo: todo parecía indicar que mi «máquina» ya no servía para realizar ciertos trabajos de oficina.

Regresé con el técnico para exponerle mi queja, solo que no pasó de un: «nosotros no nos encargamos de buscar qué sistema Word trae la “Lectura de voz” y cosas de esas. Se le instaló un sistema Word 2016 que es el que se les instala normalmente a los clientes».

Muy a mi pesar solté un: «sí, pero esa instalación (su instalación) no funciona».

Duré como dos días intentando comprender esta situación, y a la conclusión que llegué fue a la siguiente: no volvería a llevar la computadora a ningún otro taller, en lugar de eso me haría el propósito de tomar cursos por Internet sobre cómo se instala el programa Microsoft Word más actualizado; entre otras cosas sobre cómo reparar una computadora.

Mientras estaba intentando resolver mi problema, de pronto me invadió un pensamiento muy interesante: por qué estoy intentando explicarme cómo funciona una computadora y no me he atrevido a preguntarme cómo funciona el cerebro.

A partir de ahí me surgió una duda importante: ¿qué capacidad de almacenamiento tiene nuestro cerebro? A mi modo de entender esa pregunta de acuerdo al contexto en el que me encontraba, quise decir: ¿qué tan grande es la USB que tenemos en nuestro cerebro? 

No voy a poner el número tan grande que se maneja como un dato aproximado con respecto a la capacidad de almacenamiento que tiene nuestro cerebro, pero todos los artículos que leí por Internet sobre este tema me han dejado con la boca abierta.

¡Nuestro cerebro es totalmente increíble!

Entonces, ¿mi «USB» está prácticamente vacía?

Se me ocurre poner como un ejemplo por lo fantástico que es el cerebro, al savant estadounidense Kim Peek (Estados Unidos 1951-2009) cuya capacidad para memorizar era prodigiosa. Tengo entendido que leyó más de 12 000 libros en su vida, se aprendió de memoria todas las calles de Estados Unidos incluyendo los códigos postales, sabía de muchas materias.

El problema de este señor fue que no era capaz de vestirse por sí mismo, ni peinarse, ni siquiera abrocharse los zapatos, había sido diagnosticado con autismo.

Hay otras personas que tienen memoria fotográfica, otros que calculan números con muchísimas cifras.

Asombrado por toda esta información, le comenté a un amigo que los seres humanos dejamos de producir neuronas hasta los 90 años. Mi amigo «tenía otros datos», dijo que nacemos con cierta cantidad de neuronas y que con esas mismas nos morimos. Lo contradije ―convencido por lo que había leído por Internet―; insistí en que no dejamos de producir neuronas, más bien lo que sí hacemos ―le expliqué―, es matarlas con malos hábitos.

Entre otras cosas, llegué a saber que somos capaces de leer 1000 o hasta 2000 palabras por minuto. Kim Peek, el señor del que les hablé líneas arriba, llegó a leer ―si mal no recuerdo― una página completa en 8 segundos; era capaz de leer un libro en una hora.

Con respecto a la lectura, por medio de un libro que trata el tema de las lecturas rápidas y a través del cual realicé algunas pruebas, me di cuenta que en las primeras sesiones leí un promedio de 150 palabras por minuto.

Quiero compartir con ustedes algo curioso que me pasa normalmente y que más adelante trataré de enlazarlo con lo que he expuesto anteriormente. Se trata de lo que me dice una de mis hermanas cada vez que converso con ella.

Mientras estamos platicando, de pronto mi mente se va hacia alguna parte, enseguida regresa y veo que mi hermana me está haciendo una seña con su mano «para ver si estoy ahí».

Normalmente me sucede eso, aunque no he investigado todavía a qué se debe tal ausencia repentina y muy evidente.   

Lo que si les puedo decir es que ahora que estuve leyendo un libro sobre lectura rápida, como recomendación se pide que se tome el tiempo con un cronómetro de tal manera que al finalizar la lectura se pueda anotar el tiempo, de esta forma podremos saber cuántas palabras por minutos somos capaces de leer, aunque ahí viene como se realiza ese cálculo.

Bueno, pues mientras me estaba tomando el tiempo para una lectura rápida, de pronto detuve el cronómetro, ¿la razón?: mi mente se había ido hacia alguna parte, es decir, fui consiente al momento de regresar a la lectura.

¿Qué tiempo era el que marcaba el cronómetro?

Aproximadamente los 3 minutos con 30 segundos.

Ese tiempo lo anoté con un lápiz en uno de los márgenes de la página del libro para indicar el lugar donde me distraje. Enseguida continué con las lecturas y así fui anotando el tiempo que hacía por cada lectura y el tiempo (el momento) en que mi mente era capaz de distraerse.

El resultado fue que aproximadamente en un promedio de 3 minutos y medio de lectura, había una distracción. ¿Qué significa esto?

Ahora, si me pongo a pensar en lo que me ha dicho mi hermana en varias ocasiones sobre mis ciertas «ausencias» de la mente mientras estoy conversando con ella ¿acaso habrá una relación entre ese hecho (ausencias) con respecto a las anotaciones sobre las distracciones de 3 minutos y medio registradas en las lecturas que hice como prueba?

En todo caso, ¿puedo suponer que mi concentración por las cosas solo es capaz de durar aproximadamente 3 minutos y medio, así sea en una conversación? De ser esto así, ¿será algo normal o anormal? De ver esta situación como favorable: ¿cómo puedo aprovechar ese tiempo de concentración para absorber el conocimiento? De ser algo anormal: ¿qué pasa conmigo al momento de mi ausencia mental por unos segundos (¿por cuántos segundos!)?

Ante esta situación la cual espero investigar las posibles causas que la originan (por la distracción, por la ausencia mental), he decido por lo pronto tomar mis cursos por Internet solo por 10 minutos cada día hasta terminarlos dado que mi concentración ―por lo que he experimentado― es limitada, o tenga yo una concentración a intervalos de 3 minutos y medio.  

¿Qué resultados estoy obteniendo al terminar de ver un video durante 10 minutos? Seré sincero: considero que el aprendizaje es favorable, pues retengo casi el 30 por ciento de lo que se explica en cada video en un tiempo aproximado de 10 minutos. 

El 30 por ciento es una suposición o un cálculo aproximado, porque necesitaría hacerme pruebas de aprendizaje para saber cómo salgo, ya que no es lo mismo que en la lectura rápida y el cronómetro.

Lo cierto es que desde que me entregaron mi computadora irreconocible, no he hecho otra cosa más que tratar de entender cómo puedo hacerle para resolver mis problemas tanto personales (aunque estos sean de la mente e intentando saber cómo funciona nuestro cerebro), como de la computadora (aprendiendo a resolver los problemas técnicos).

Aunque se pudiera suponer cierta similitud entre una computadora con nuestro cerebro, y si así fuera el caso, nuestro cerebro tendría una USB gigantesca, es de una capacidad de almacenamiento sorprendente.