CUADRANTE   POLÍTICO…

POR:  FERNANDO  ACUÑA  PIÑEIRO.-

Triste historia, para los historiadores tamaulipecos, y para una noble disciplina académica, digna de mejor suerte.  Sucede que,  el Instituto  de Investigaciones  Históricas  de la  UAT,   se encuentra convertido en un templo de la profanación   del conocimiento y de  la investigación científica, orientada a indagar  nuestro pasado tamaulipeco.

El recinto que alberga a esta institución,  ya no  es aquel glorioso templo   enaltecido con la sapiencia y el rigor metodológico  de personalidades como Juan Fidel Zorrilla  o el doctor Octavio Herrera Pérez.

Hoy, desde hace ya varios lustros, el IIH  luce convertido en un lastimoso claustro, pisoteado en su dignidad intelectual.

La humillación de los hombres de ciencia que aquí laboran, no puede ser peor: todos los días se ven sujetos  a un sistema de crujías burocráticas bajo la estricta vigilancia de una mujer  con atributos de celadora, ensañada en someter a los investigadores dueños de posgrados,  a  un horario de reloj checador, equiparable al de una maquiladora.

Nótese que no se trata aquí de un horario corrido, equiparable a las faenas obreras del ensamblaje trasnacional. La labor  del investigador y del académico  requieren de tiempos diferentes que incluyen trabajo de campo, largas horas  de redacción en casa, desvelos lecturas, etcétera.

Creo que ni en la Nien Hsing, donde  los empresarios  orientales, tienen fama de negreros, son tan  abusivos.  

La señora se llama Blanca Rita Mansur. Se dice que lo más que llegó a estudiar fue la secundaria, pero  su patente de corzo  para cometer estos excesos  contra los catedráticos  e investigadores,  se lo otorga  su jefa, la títular  de la institución  Laura  Hernández  Montemayor, una dama que no pudo pasar de la licenciatura, se sabe, pues reprobó   un exámen aplicado por  maestros de la UNAM.

Tanto  la jefa Laura como  su asistente Blanca Rita,  constituyen   un matriarcado de la ignorancia  y el burocratismo. Un binomio muy lastimoso, en estos tiempos, cuando el gobierno de la república, implementa un sistema de concurso, para seleccionar a los cuadros ejecutivos más capaces.

La verdad es que, con el debido respeto para ellas, no se vale tratar  a gente de posgrado, como que si fuesen animales de  carga. Ni mucho menos abusar  de una función pública  a la cual llegaron, sin más méritos que sus palancas  y  su influyentismo. Todos estos  anti valores, chocan abruptamente  con los postulados éticos de la UAT, especialmente en lo concerniente a la  Verdad  y a la Probidad.

Entre  la comunidad  académica  de la UAT, se sabe de esta triste historia. Conocen las serias  limitaciones profesionales de  Laura  Hernández  Montemayor  y de su allegada que  desempeña funciones  de capataz.

Pero guardan silencio, porque  saben que dichas mujeres  están protegidas  por un sistema donde prevalece el amiguismo y el compadrazgo. Y  donde  el esfuerzo, la capacidad, la disciplina y el talento  de los  investigadores,  es menospreciado.

Bajo semejante régimen,  las citadas  funcionarias, tienen carta abierta, para  cometer todo tipo de atrocidades  contra quienes  no se someten a sus caprichos. Y cuando perciben que  alguien  se les quiere salir  del huacal, como coloquialmente se dice, de inmediato le levantan  actas y proceden a despedirlo.

Lo anterior, es muy lamentable pues no se trata de una universidad  privada,  sino de nuestra universidad pública, cuyos recursos presupuestales deben de  ser aplicados, de manera honesta, y  sin incurrir en desviaciones  y atropellos. Pero  ante todo, otorgándole a sus maestros e investigadores, el nivel y el respeto que se merecen.

Me pregunto, si con estos abusos  e injusticias,  el Instituto  de Investigaciones  Históricas,  está cumpliendo  con lo que el pueblo tamaulipeco demanda  de sus instituciones educativas.

Sobre todo cuando, en lugar de reconocer  el trabajo de sus investigadores, los degrada a un sistema  de burocratismo servil y despersonalizado.

La licenciada  Laura Hernández  Montemayor, (es fama pública entre  sus  homólogos), carece  de suficientes luces académicas  en materia  de historia.

Pero  hay  un tramo  de historia  de este país, que sí debe de conocer muy bien: el  Porfiriato. En dicho periodo,  el dictador  Porfirio Díaz Mori, ordenaba matarlos en caliente. Laura  ordena despedirlos en caliente. Y otra coincidencia: tiene  vocación  hacer de la nómina una dictadura  de quincenas interminables.

¿Habrá  alguna posibilidad de que,  en el futuro, alguna revolución cultural y  académica, la obligue a subirse  al Ipiranga de su destierro?

Le sugerimos a Laura que reflexione en sus excesos  y abusos de poder, porque, también en el ámbito académico y  específicamente en el de los historiadores,  puede darse ese despertar  del “Tigre” porfiriano.

Los investigadores  y académicos  del IIH, ya  llegaron al punto del hartazgo. Y están  dispuestos, dicen a derribar  la  Bastilla  de las imposiciones  y del reloj checador  al estilo maquilador.

Pero sobre todo, a cambiar  mediante  la denuncia pública  y  la oxigenación democrática,  eso que ya todos conocen como,  la exaltación de la ignorancia.

Y con las debidas disculpas para esa  sonora carcajada  de nuestro mamífero doméstico más popular  de las veredas silvestres.  

En el IIH, ya falta menos para que preparen maletas, los rebuznidos de la historia.