El Fogón…

*Historias de Frontera*

Por: José Ángel Solorio Martínez.-

Salíamos del Café Cantón, luego de saborear la merienda: café con leche en vaso y recién hechecitos bisquetes con mantequilla. Delicia, sólo superada en Río Bravo, Tamaulipas, por la competencia del chino Tomás Go: las gorditas de azúcar, del Restaurante Impala de Salomón López. Era una tarde veraniega; seis y media PM.
Sol pegador.
Salir del aire acondicionado, era como entrar al pequeño infierno del verano fronterizo.
Encendía mi cigarro, cuando sonó un claxon.
Sobre la avenida Madero, frenó una vagoneta con placas de Texas. Impecable. Llantas flamantes, rines relucientes. Una franja similar a la madera –por el color y la textura– cruzaba de proa a popa el vehículo; le daba un aire de elegancia y de señorío apantallante.
El chofer, era el Colega.
Era director del periódico El Bravo en donde trabajábamos Max y yo.
–Súbanse cabrones–dijo en tono amistoso.
Como nunca, lo vimos meditabundo. Perdido en sus reflexiones. Ausente de la charla. Ido.
  –Tengo ganas de agarrar el pedo–soltó.
  Sonreímos Max y yo.
Pasamos por cuatro seises de cerveza al expendio de Edilio Hinojosa. Una hielera que estaba en la cajuela de la camioneta, pasó al asiento trasero y lo dividió. Sudorosas, tres Tecates rojas aparecieron ante nuestros jubilosos ojos y ansiosos paladares.
–Los invito a Nuevo Progreso–nos dijo.
  Reíamos recordando una riña de Max –en el Ejido Bar– con un mocetón de más de seis pies de altura, que de no haber sido por el providencial encuentro de una tranca de dos por cuatro pulgadas con la que lo sometería con varios mandarriazos entre pecho y espalda, habría sido noqueado, cuando se estacionó el Colega. Paramos frente a una vecindad, construida de madera y láminas galvanizadas que hacía las veces de zona de tolerancia.
–Espérenme–dijo.
Un trago de cerveza, duró su ausencia.
Regresó cabizbajo.
  –¿Qué pasó cabrón? –soltó Max.
Dejó rodar el origen de sus pesares:
“¡Vámonos! Está con otro cabrón”.
–¿Quéeeeeee?–bufó Max.
Con la congoja de copiloto se acomodó en el asiento del vehículo y encendió el motor. Sólo acerté a pasarle una cerveza. Percibí que el asunto era grave, porque ensimismado, extraviado, me dejó con la lata tendida.
Entonces, Max dijo:
–¡Espérate! Vente, vamos a arreglar ese asunto.
Dejé mi bironga sobre el tablero y caminamos hacia el cuarto donde el Colega había regado trozos de su corazón. Realmente encabronado, Max de una rápida y agresiva patada, echó abajo la desvencijada puerta. Entró a la oficina de trabajo de la dama. Escuché entonces, improperios. Mentadas de Max hacia su interlocutor; mentadas del interlocutor hacia Max.
Imaginando un conflicto serio irrumpí en la habitación.
Apenas había traspasado la puerta, vi al sujeto abalanzarse sobre una navaja 007 con la hoja al aire, que estaba sobre un pequeño buró. En milésimas de segundo, busqué con la mirada algún objeto para la defensa; sólo un ventilador de aspas de aluminio sobresalía en el pequeño cuarto.
Max, reaccionó como centella. Puso su mano derecha sobre su cadera y gritó con un estruendo como de peso completo:
–¡Agárrala cabrón! ¡Agárrala pa darte un pinche balazo!
Funcionó el blof.
Se paralizó el pelao.
La dama, ojos atónitos, con sus manos se tapaba la boca.
En una reacción de sobrevivencia, tomé el arma blanca. El adversarios del Colega, quedó inerme. En absoluta desventaja. Con la situación bajo control, Max ordenó: “A chingar su madre cabrón. ¡Bórrele!”
Tomé las ropas del sujeto, y las puse fuera de su alcance: pararon en el techo del cuarterío.
Lo demás Max lo concluyó: puso en corrida al individuo, que como sancho en película de Lando Buzzanca, tomó las de Villadiego con sus nalgas al aire.
Regresamos sonrientes con el Colega, que en la refrigerada camioneta, esperaba con la tristeza que le había invertido la sonrisa de su rostro. En el trayecto, entregué la navaja a Max. Le dije: “Ten bato, guárdala de recuerdo”.
Frente al Colega, Max informó:
–Ya está arreglado el pedo. Te está esperando la señora.
Fue como si un latigazo de luz, hubiera golpeado el rostro del Colega: revivió su mirada, se alisó su frente y una sonrisa se posicionó en su alma.
Esperamos su regreso, el tiempo exacto que dura beber dos seises.
Desde entonces, tengo la certeza de que el amor es más fuerte que la hiel.
Lo recuerdo como si fuera hoy.
Era un 31 de diciembre.