El Fogón…

Por: José Ángel Solorio Martínez.-

Había llegado al norte de Tamaulipas, de su natal Michoacán en los años 30. Venía con un flujo de campesinos que beneficiados por las reformas del presidente Lázaro Cárdenas, ya como ejidatarios ya como colonos, apuntalaron el tejido productivo regional con su sabiduría y su dedicación para cosechar grano. Junto a sus paisanos y al lado de los tamaulipecos, inició la red de producción que años más tarde dio fama a la comarca: sería conocida como el “granero de México”.
Era un hombre humilde. En todos los sentidos: en lo material y en lo espiritual. Vestía pantalón de mezclilla raído, deslavada camisa blanca y con una dignidad desmesurada y retadora calzaba huaraches. Usaba un sombrero que delataba su origen: de palma, ala ancha y de tejido macizo. En su cuello, un paliacate rojo.
Su rostro cetrino, prieto, estaba picado de viruela. Sus ojos, achalados, parecían estar cerrados. Sonreía poco, pero cuando lo hacía su semioculta mirada mostraba intermitentes resplandores, como destellos de relámpagos alegres. Hablaba menos, de lo que reía.
Su convincente discurso, era el amor al trabajo y a su familia.
Centenares de campesinos lo hicieron su líder.
Se llamaba Juan Cervantes Villalbazo.
  Ibrahim Chagollán era abogado. Egresado de la Universidad Autónoma de Guadalajara, llegó a Río Bravo atraído por la enorme pujanza económica del boom algodonero. En poco tiempo, se convirtió en un respetable ciudadano en la comunidad. Llegaría a ser Secretario del Ayuntamiento con Gerardo Ballí González como Presidente. Tuvo su despacho jurídico sobre la calle Madero. Por décadas, atendió diligentemente a sus clientes a quienes trató como si fueran su propia familia.
El abogado, era un hombre elegante. Siempre aliñado. Vestía la ropa adecuada para cada ocasión. Trajes impecablemente cortados; corbatas de seda italiana; sacos sport de reconocida marca; guayaberas traídas exclusivamente para él, de la blanca Mérida. Delataba su origen libanés, su inconmensurable afecto por el cigarro. Bigotillo milimétricamente cortado. Pelo negrísimo; siempre lustroso, por los efectos de aquella aromática y selecta brillantina Le Parot.
  La compañera de Cervantes, -Lucía- era una mujer discreta. La esposa de Chagollán, era una dama sociable y extrovertida. La primera leía la mirada del michoacano: sin una palabra, sabía cuándo empezar a servir la comida a los invitados y cuándo retirarse para que las visitas charlaran con el anfitrión. La segunda, disfrutaba colaborar llevando café y papeles al jurisconsulto y preguntar por los hijos, los padres o las esposas de los clientes.
Siempre, las vi como unas mujeres normales.
Por una razón: nunca pude ver la piel de sus corazones.
Habrían de pasar, muchos inviernos para conocer plenamente a Lucía y a la señora Chagollán.
  Cervantes dirigió uno de los movimientos campesinos más relevantes e impactantes de la frontera tamaulipeca. Condujo a cientos de campesinos a recuperar miles de hectáreas que terratenientes poseían irregularmente y explotaban jubilosamente con el apoyo de la burocracia gubernamental. El predio obtenido, sería una comunidad bautizada como Periquitos. Los latifundistas, le pusieron precio a su cabeza.
Una tarde, una troca paró frente a su casa.
El copiloto –gatillero de Don Ernesto- gritó:
  “!Juan Cervantes!”.
  El líder salió de su casa.
  Recibió un escopetazo en el pecho.
  Su esposa alcanzó a abrazarlo antes de morir. Con sus manos Lucía intentó infructuosamente parar la sangre, que como la vida abandonaba a su marido. Minutos después murió. Horas, tardaron para separar a la mujer del cuerpo inmolado.
  El campesino tenía un hijo de ocho años: Juanito. Vivió recluido en un orfanatorio.
  Lucía, fue internada en un manicomio.
  Una tarde de invierno, el corazón de Chagollán se detuvo. Su cuerpo fue trasladado a la funeraria. Lo vistieron con su traje favorito. Llegó el peluquero del pueblo para arreglarle, aún más, su bien delineado bigote.
  Su mujer estaba en casa.
  Cuando el cuerpo quedó listo, avisaron a la viuda.
  Llegó al funeral, en su propio féretro.
  ¿Qué hizo a estas dos mujeres excepcionales, morir de amor y por su amor?..
  (Lucía, igual que la esposa del litigante, abandonó la vida por la ruta más punzante y lamentable: la locura).
  No he podido encontrar explicación.
  Sí una lección:
  La insondable eternidad del amor, sólo puede vivir en la sombría eternidad de la muerte…