Rutinas y quimeras
Clara García Sáenz

Hace más de 25 años fui por primera vez a Estados Unidos, conocí el Valle del
Río Grande y, desde entonces, he tenido la fortuna de recorrerlo: visitar sus
tiendas y sus pueblos; correr a alta velocidad por el expressway que comunica
Laredo con Brownsville; pararme en cualquier Whataburger, sin importar la hora;
escoger el brisket en los grandes contenedores de HEB; comer en Luby’s un
exquisito pay de fresa; almorzar en Danny’s; y dormir largas horas en aquel pueblo
silencioso de Monte Alto, donde mis suegros vivieron por muchas décadas, muy
cerca de Elsa, Edinburg y Weslaco. Pero, sobre todo, la mayor ganancia de todo
esto ha sido conocer a personas extraordinarias, como la familia de mi suegro, de
quienes aprendí lo que significa ser mexicano nacido en Estados Unidos.
Con gran alegría, acá en México celebramos el triunfo demócrata en Texas.
Más allá de la debacle electoral de Trump a nivel nacional, la mayoría centramos
la atención en Bobby Pulido y James Talarico, pero sobre todo en Gina Hinojosa,
por tratarse no solo de una mujer que le ganó al soberbio Greg Abbott, sino
también de una persona de origen latino; “mexicana”, dijeron muchos, y los más
extremos la señalaron como descendiente de potosinos y de Tamazunchale.
Pero a mí, en lo personal, lo que me emocionó de su triunfo es que
Hinojosa haya nacido en McAllen y crecido en Brownsville, porque eso significa
que entiende muy bien el sentimiento de quienes durante años han nacido

estadounidenses, pero han vivido con esa doble herencia que enriquece su visión
del mundo y les permite comprender la grandeza de su país a partir de una raíz
mexicana que los coloca en ese espacio de encuentro cultural que ellos mismos
han reconciliado, a pesar de la lucha que se ha librado contra el desarraigo de lo
mexicano por parte de las políticas estadounidenses venidas del norte.
No debemos confundirnos, porque el triunfo de Gina Hinojosa no es para
que le vaya bien a México, ni para que Texas sea benevolente con la migración o
con las políticas públicas de nuestro país. No, no se trata de eso.
Se trata de ver cómo esos hijos de mexicanos nacidos en Estados Unidos,
que se sienten orgullosos de ser americanos y también de sus raíces latinas,
ocupan los espacios de poder político que tradicionalmente los han marginado,
especialmente en condados tan olvidados por los Estados Unidos como Cameron
e Hidalgo.
Hace algunos años, Luisa Farías, texana de padres mexicanos y maestra
de profesión, me decía que no entendía cómo las personas afrodescendientes se
habían empoderado en Estados Unidos mientras los latinos seguían viviendo en la
marginación, y se preguntaba: ¿qué nos falta para organizarnos y ser una gran
fuerza, al menos en Texas?
El triunfo de Gina Hinojosa tal vez sea el comienzo de esa unión y fuerza
con los “No Sabo Kids”, como se les conoce a los jóvenes estadounidenses que
votaron en contra de las políticas migratorias republicanas porque han visto cómo
sus comunidades han sido aterrorizadas por el ICE.

Celebro el triunfo de Gina Hinojosa porque en ella veo a Luisa y Lili Farías,
Esmeralda del Toro, Fela de la Garza, Sylvia G. Mora, Vanessa Elizondo, Amy,
Liliana Helmers, Teresa del Toro y tantas mujeres más nacidas en el Valle del Río
Grande, a quienes he tenido el honor de conocer y admiro por su valentía, su
capacidad de trabajo y su identidad como americanas, aunque se sienten
orgullosamente mexicanas.
Y esto no es una contradicción, sino el resultado de saber plenamente
quiénes son y cuál es su raíz, sin complejos ni conflictos, viviendo una vida plena
que les permite reconocerse en sus abuelas, en sus padres y en una tierra que
antes fue México y ahora es Estados Unidos, la cual recogen como parte de su
historia.
Al grito de “No te dejes”, han tejido su historia desde el Valle del Río
Grande, y deseo que, para ellas, sus hijas y descendientes, el triunfo de Gina
Hinojosa sea el comienzo de una era de empoderamiento, porque sí, ahí también
en Texas es tiempo de mujeres.
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