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Por: Luis Enrique Arreola Vidal.
Mañana, 3 de noviembre, Estados Unidos no renovará solamente su Congreso.
Decidirá si Donald Trump conserva el poder político necesario para gobernar o si inicia la segunda mitad de su mandato enfrentando una oposición capaz de paralizar buena parte de su agenda.
La Presidencia no está en juego.
Está en juego algo que puede resultar igualmente determinante: el control del poder legislativo estadounidense.
Los números explican la magnitud de la batalla.
Se disputan los 435 escaños de la Cámara de Representantes, 35 posiciones del Senado —33 ordinarias y dos especiales en Florida y Ohio— y 36 gubernaturas.
Actualmente los republicanos controlan el Senado con 53 escaños frente a 45 demócratas y dos independientes que caucusan con estos últimos.
De los 35 escaños en disputa, los republicanos defienden 22 y los demócratas 13.
Los demócratas necesitan una ganancia neta de cuatro para arrebatarles el control.
En la Cámara de Representantes la mayoría republicana es estrecha: 218 escaños frente a 214 demócratas, con vacantes.
Esa fragilidad constituye el verdadero problema de Trump.
Una diferencia de unos cuantos escaños podría transformar una presidencia dominante en una administración permanentemente confrontada.
Las encuestas anticipan dificultades.
Una medición del Pew Research Center revela que el 55 % de los estadounidenses espera una victoria demócrata en la Cámara, frente al 40 % que considera que los republicanos conservarán el control.
En el Senado las expectativas están prácticamente divididas: 48 % anticipa una mayoría republicana y 46 % una demócrata.
No son resultados electorales ni probabilidades estadísticas de victoria.
Son señales del clima político.
Y el ambiente comienza a complicarse para la Casa Blanca.
La economía, la inflación, el costo de vida, la política migratoria y los conflictos internacionales han convertido estas elecciones en un referéndum sobre el gobierno de Trump.
Pero existe otro factor que podría modificar el desenlace.
EL VOTO LATINO.
Con millones de electores potenciales, la comunidad hispana representa una fuerza decisiva en Arizona, Nevada, Texas y Florida.
Los republicanos necesitan conservar los avances obtenidos entre estos votantes en 2024.
Los demócratas necesitan recuperar terreno.
Las mediciones más recientes de Pew Research Center muestran que los demócratas mantienen una ventaja amplia entre votantes latinos registrados (alrededor de 51 % a 24 % en preferencia para la Cámara). Sin embargo, una parte de quienes apoyaron a Trump en 2024 sigue inclinándose por candidatos republicanos, aunque en menor proporción que hace dos años.
Conservar o erosionar ese residuo de apoyo puede decidir carreras en los estados competitivos.
Y ambos saben que perder al electorado latino en esos territorios puede significar perder elecciones.
Las 36 gubernaturas también serán fundamentales.
No solamente porque determinan el poder territorial de cada partido, sino porque los gobernadores tendrán influencia política sobre la reorganización electoral rumbo a 2028.
Sin embargo, el verdadero terremoto podría producirse en Washington.
Si los demócratas recuperan la Cámara de Representantes, podrán impulsar investigaciones, fiscalizar al Ejecutivo y bloquear iniciativas presidenciales.
Si también conquistan el Senado, aumentará su capacidad para obstaculizar nombramientos y ejercer contrapesos institucionales.
Trump conservaría la Presidencia, pero perdería buena parte de su margen de maniobra.
El escenario contrario también es posible. Si los republicanos mantienen ambas cámaras, Trump saldrá fortalecido y podrá presentar el resultado como una ratificación política de su administración.
Mi lectura es que la Cámara de Representantes enfrenta el mayor riesgo de cambiar de manos.
El Senado permanece más incierto: la posibilidad de una victoria demócrata ha crecido, pero el mapa sigue siendo favorable a los republicanos en número de escaños defendidos.
Y aquí aparece la dimensión histórica.
Las elecciones intermedias suelen convertirse en un mecanismo de castigo para el partido gobernante. Trump no está exento de esa lógica.
La diferencia es que su liderazgo ha convertido cada elección en una confrontación sobre su propia figura.
Mañana no solamente se medirán republicanos y demócratas.
Se medirá la resistencia electoral del trumpismo.
Y sus consecuencias trascenderán las fronteras estadounidenses.
México deberá observar cuidadosamente el resultado.
Un Congreso dividido podría complicar las negociaciones comerciales, endurecer o reabrir el debate sobre política migratoria y seguridad, y alterar el equilibrio político alrededor del T-MEC.
Porque cuando cambia el poder en Washington, las consecuencias inevitablemente alcanzan a México.
Donald Trump ganó la Presidencia en 2024.
Mañana sabremos si los estadounidenses están dispuestos a seguir entregándole el control del Congreso.
Y si lo pierde, comenzará una etapa mucho más difícil para su gobierno.
Porque una cosa es conquistar el poder.
Y otra, muy distinta, conservarlo.