Rutinas y quimeras
Clara García Sáenz

En un informe reciente de ONU Mujeres se señala que, si el ejercicio de la paridad
en la vida pública sigue avanzando como hasta ahora, las mujeres alcanzaremos
la igualdad en el año 2197, es decir, dentro de 171 años.
Y es que el discurso de la equidad, la igualdad o la paridad de género
parece estar de moda en la vida pública, pero no en la práctica. Aunque
ciertamente en México se ha avanzado en los últimos años y sobre todo con la
llegada de una mujer a la presidencia de la República; no parece haber cambios
sustanciales en muchos ámbitos e instituciones porque, sin nombrarlo, el
machismo y el patriarcado siguen enquistados en la vida cotidiana y en la cultura
del día a día, de manera inconsciente, como forma tradicional de entender y
explicar la vida, con jerarquías muy verticales que normalizan la autoridad y el
poder masculino.
En las últimas semanas hemos sido testigos de cómo se exhibe, se castiga,
se critica y se ataca a profesoras, funcionarias, políticas o mujeres del servicio
público en los medios de comunicación, buscando la descalificación desde el filón
de su vida privada; se falsea información, algunas hasta se les espía, hay gozo en
exhibirlas, se festejan en la opinión pública sus errores y se hace escarnio público
de ellas hasta el hastió.

Lo más grave es cuando se acusa sin pruebas y el chismecito es
alimentado no solo por hombres, sino también por mujeres, que se suman al
linchamiento mediático; el patriarcado parece, entonces, no tener sexo e
increíblemente, el machismo tampoco.
Pero el problema va más allá, las mismas mujeres que ostentan cargos
importantes, que pueden defender a sus congéneres, guardan silencio y se
vuelven cómplices de quienes intentan desprestigiarlas. No existe la sororidad y
muchas actúan replicando los vicios masculinos; son desleales con las de su
género, aunque sepan que se cometen injusticias.
Todos se han divertido con la exconsejera presidenta del Instituto Nacional
Electoral, Guadalupe Taddei, porque tenía un amor; la espiaron, la grabaron y la
exhibieron; después vino la debacle y todos aplaudieron.
Más escandaloso es el caso de las cuatro profesoras investigadoras
universitarias en Chiapas que fueron despedidas por acoso laboral; su cese
fulminante fue ejemplar para quienes quieran hacer del feminismo un tema de
estudio académico; todos también aplaudieron.
Y no se trata de si son culpables o inocentes; se trata del enfoque que se
les da a los temas por ser mujeres y de la forma en que se abordan y se difunden.
No vistos cuando se trata de hombres, tal vez porque el patriarcado considera
que, al tratarse de mujeres, hay que darles un escarmiento.
En las últimas semanas he visto cómo algunos portales informativos de
oscura procedencia se han dedicado a desprestigiar a funcionarias de alto nivel de

la Universidad Autónoma de Tamaulipas con señalamientos verdaderamente
deleznables, sin reparar en sus carreras académicas impecables, que, con méritos
propios, han desarrollado gracias a su dedicación, esfuerzo y honestidad probada.
Sin embargo, sus congéneres guardan silencio, tal vez temerosas de que el
patriarcado les arrebate lo que les ha dado, y viven a la espera de lo que les
ordenen los hombres que en la UAT siguen mandando. Y me pregunto: ¿para qué
sirve el Instituto de la Mujer? O la oficina de comunicación social, que tiene por
jefes a unos genios importados, ajenos al espíritu universitario que ni siquiera
saben el nombre de algún exrector.
En fin, la hipócrita sociedad patriarcal juega a la equidad en apariencia,
pero deja a las mujeres que rompen el techo de cristal, sujetas a los vaivenes de
quienes las consideran el blanco favorito para jugar sucio y demostrar que ninguna
tiene méritos suficientes cuando se trata de posiciones públicas y de poder. Y
quien diga que mucho de lo que sucede con las mujeres en el poder no tiene nada
que ver con que sean mujeres, pregúntese si entiende qué es el machismo y si
considera que el patriarcado es normal.
Porque, de seguir así, guardando silencio, tendremos que esperar hasta el
2197 a que la equidad llegue, normalizando ya la presencia de las mujeres en la
vida pública, porque hasta ahora hay demasiado patriarcado como para hablar de
igualdad; hay demasiada inconsciencia para entender que a las mujeres se les
sigue persiguiendo por atravesar, se les sigue criticando por sobresalir y se les
sigue señalando por incomodar. Cada vez que vea una fotografía, un presídium,

una mesa de honor en la que la mayoría sean hombres, pregúntese si eso es la
norma en las instituciones que dicen practicar la equidad de género.
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