El Patinadero

Juan Antonio Montoya Báez

Se fueron a dormir sintiéndose ganadores la noche del primero de julio de 2018, pero como suele ocurrir en muchas de las victorias sorpresivas, con la llegada de la madrugada la votación empezó a voltearse de forma misteriosa.

Eran los tiempos en que el estado era gobernado con mano dura por Francisco Javier García Cabeza de Vaca, un mandatario que no se andaba con rodeos y que para operar los sótanos de la legalidad importó desde Michoacán a Irving Barrios Mojica, el mismo procurador que en su tierra natal no tuvo mano suave para encarcelar a decenas de alcaldes en aquel ruidoso escándalo judicial bautizado popularmente como el “michoacanazo”.

Cabeza de Vaca mandaba con mano de hierro y perseguía a sus enemigos con un rencor implacable, inventándoles delitos en perfecta complicidad con Irving.

Varias fueron sus víctimas por motivos estrictamente políticos y económicos; a duras penas logró salvar el pellejo en su momento Carlos Enrique Canturosas Villarreal, quien tuvo que refugiarse de urgencia en Texas para librar una orden de aprehensión dentro de un expediente judicial inventado, sucio y con claras intenciones de embarrarlo en el trágico asesinato de un periodista neolaredense.

El presidente de la República era Enrique Peña Nieto, un priísta de la vieja usanza, respetuoso —quizás en exceso— de los cacicazgos y liderazgos regionales, razón por la cual prefirió no meter las manos ni incomodar al gobernador tamaulipeco.

Llegó al extremo de permitir que su entonces secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, pactara en lo oscurito con Cabeza de Vaca para entregarle en bandeja de plata la cabeza y el encarcelamiento del exmandatario Eugenio Hernández Flores.

El chino hidalguense le cocinó unos perfectos «tamales de chivo» a Geño, traicionándolo sin el menor rubor tras haber presumido durante años una entrañable amistad. Peña Nieto consintió cada uno de los excesos del cabecismo; jamás le propinó ni una llamada de atención durante los meses en que coincidieron en el poder.

Con el terreno libre de estorbos federales, Francisco empezó a construir desde los primeros años el camino de su propia sucesión dinástica. No le preocupaban los celos de sus colaboradores; todos en el estado sabían quién mandaba y, si llegaba a brotar alguna pequeña rebelión en la granja, la apagaba de inmediato con fuego puro.

Las cárceles estatales eran mudos testigos de su poder: la Fiscalía operaba con látigo, y los amparos o recursos simplemente se los pasaban por el arco del triunfo. Para cada disidente había un expediente a la medida: sembrar droga, armas o lo que fuera necesario para cumplir las instrucciones superiores era el pan de cada día de los ministerios públicos.

Bajo ese ambiente de terror institucional, el gobernador decidió mandar a su hermano Ismael García Cabeza de Vaca como candidato al Senado de la República. Esa era su gran apuesta para convertirlo en el sucesor natural de la gubernatura; lo envió a la contienda cobijado con todo el peso del presupuesto estatal, el aparato gubernamental y una horda de operadores políticos con la única y estricta orden de ganar a como diera lugar.

Como contrincantes en el tablero estaban el abanderado de Morena, Américo Villarreal Anaya, y la fórmula tricolor del PRI integrada por Yahleel Abdala Carmona y Alejandro Guevara Cobos. Este último llegó bendecido por el propio presidente Peña Nieto, pero sin ganas de pelear por el primer lugar de la fórmula; cedió el espacio por una supuesta caballerosidad o por lo que haya sido en las mesas de la Ciudad de México.

La contienda se desarrollaba de la mano de la elección presidencial, donde Andrés Manuel López Obrador encabezaba la boleta; el tabasqueño era la estrella indiscutible de la política nacional y se pronosticaba que arrasaría en las urnas del país.

La noche de la elección, los primeros conteos rápidos ponían al doctor Américo a la cabeza de los números; pero en el frío de la madrugada, las estructuras del cabecismo operaron la magia. Ismael comenzó a darle la vuelta a las tendencias, despegándose por varios miles de votos en la zona cañera del estado, latitud donde se sintió con toda su fuerza la colmilluda mano de César Augusto “El Truko” Verástegui Ostos. «El Truko» volteó las casillas como si fueran tortillas y, en algunos ejidos de su feudo, a Morena no le dejaron registrar ni un solo voto de consolación. Fue la noche del mapache.

Para la mañana del lunes, Ismael García Cabeza de Vaca amanecía como el virtual ganador de la elección; ante el inminente despojo, la cúpula nacional de la Cuarta Transformación activó un operativo de emergencia en defensa del voto: llegó a la entidad Ricardo Monreal Ávila, apoyando al hoy diputado federal José “Pepe” Braña Mojica la enorme responsabilidad estatal de defender el conteo.

Pepe Braña se volcó a los comités municipales a buscar las actas de escrutinio para armar la impugnación, pero se topó con la desagradable sorpresa de que se las negaban en el propio interior de un Morena que entonces carecía de estructura real.

Desesperado y buscando una salida de emergencia, Braña sabía que necesitaba los documentos oficiales a como diera lugar. Mientras Yahleel y Alejandro ya habían salido públicamente a reconocer su derrota tricolor, Pepe Braña levantó el teléfono y le llamó directo a Guevara Cobos, sabiendo que el mantense es un priísta de la vieja escuela: sumamente organizado, meticuloso y con copias de cada casilla en su búnker.

Alejandro no se las negó de ninguna manera; en un arranque de alta grilla, le entregó el juego de actas completo a la izquierda. Gracias a esa oportuna filtración del PRI, el doctor Américo Villarreal Anaya logró recuperar la victoria en el conteo definitivo de los distritos, aunque los números finales quedaron apretados a niveles de infarto: Morena rescató el triunfo con 610,306 votos frente a los 605,418 sufragios que sumó el hermano del gobernador, mientras que la fórmula de Yahleel y Alejandro se despidió con un digno colchón de 294 mil papeletas.

Miren cómo es la rueda de la fortuna de la grilla tamaulipeca y hoy, ocho años después de aquella batalla épica, las camisetas se han intercambiado por completo. Yahleel Abdala Carmona milita con fervor en las filas del PAN y ya calienta el brazo para buscar la alcaldía de Nuevo Laredo; mientras tanto, Alejandro Guevara Cobos acaba de formalizar su registro digital ante la plataforma de Morena como aspirante a la diputación federal por el distrito cañero de El Mante, una curul que por cierto ya ocupó en dos ocasiones bajo las gloriosas siglas del tricolor.

La vida política está hecha de vaivenes y corrientes profundas que se mueven al ritmo de las olas del mar. Viendo las cosas fríamente, el gobernador Américo Villarreal Anaya le debe una buena parte de aquella histórica corona al orden metodológico de las actas de Alejandro y a la agilidad operativa de Pepe Braña, quien supo perfectamente qué botón apretar en el momento más oscuro de la madrugada.

Hoy en día, Guevara Cobos camina sumamente cercano a los círculos de la 4T en el centro del país, presumiendo una sólida amistad con el secretario de Seguridad federal, Omar García Harfuch, y manteniendo el puente abierto con el tercer piso del Palacio de Gobierno de Victoria.

El mantense también quiere su foto en las oficinas del poder; falta ver si la tómbola y la memoria del doctor terminan por cumplirle el deseo.

Bueno, por hoy es todo.
El patinazo… miren que regalarle las actas de escrutinio a la oposición en la madrugada de 2018 puede terminar convirtiéndote en el candidato oficial de Morena en el 2027.

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