Por: Luis Enrique Arreola Vidal.
En política abundan las promesas y escasean los resultados.
Cuando aparecen, casi siempre llegan envueltos en discursos, banderas y comunicados. Rara vez llegan con el sello del INEGI.
Esta vez sí.
La Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana, publicada el 23 de octubre de 2026, coloca a Nuevo Laredo entre las cinco ciudades con menor percepción de inseguridad de México.
Con 20.4 %, la ciudad fronteriza se ubica apenas por debajo de San Pedro Garza García, Benito Juárez, San Nicolás de los Garza y Piedras Negras, y 37.7 puntos porcentuales por debajo del promedio nacional, que se situó en 58.1 %.
No es una encuesta de popularidad.
No es un sondeo de partido. Es el Instituto Nacional de Estadística y Geografía midiendo, trimestre tras trimestre y con la misma metodología desde 2013, cómo perciben los ciudadanos la seguridad en sus ciudades.
Y el dato es más contundente cuando se mira hacia atrás: los neolaredenses consideraban más insegura su ciudad.
Desde la administración de Carmen Lilia Canturosas, ese indicador cayó a 20.4 %. Dieciocho puntos porcentuales menos en un año. Una reducción que el propio INEGI califica como estadísticamente significativa.
Dentro de Tamaulipas, la distancia es abismal con los demás municipios fronterizos.
Casi sesenta puntos de diferencia con la ciudad más insegura del estado.
Mismo territorio, misma frontera, misma coyuntura nacional.
Resultados radicalmente distintos.
Gobernar Nuevo Laredo no es administrar cualquier municipio.
Es administrar una de las principales puertas comerciales de América Latina, un punto de convergencia de comercio internacional, transporte de mercancías, inversiones y presiones de seguridad que pocos alcaldes enfrentan.
En ese escenario, la percepción ciudadana de seguridad no se construye con discursos. Se construye con gestión cotidiana: iluminación, recuperación de espacios públicos, coordinación institucional, atención a las causas y presencia permanente.
Carmen Lilia Canturosas Villarreal ha hecho de esa gestión el centro de su administración.
Los números no le pertenecen en exclusiva —la seguridad es responsabilidad de los tres órdenes de gobierno—, pero tampoco es honesto ignorar que, bajo su mandato, Nuevo Laredo dejó de ser sinónimo de riesgo para convertirse en la ciudad más segura de Tamaulipas y la quinta del país en este indicador.
Reconocer un resultado de esta magnitud no es hacer campaña. Es ejercer la crítica con rigor.
Las encuestas de percepción no miden la incidencia delictiva ni resuelven por sí solas los problemas estructurales de la frontera. Pero cuando la ciudadanía siente, de forma medible y sostenida, que su ciudad es más segura, ese dato merece ser dicho con claridad y sin eufemismos.
Hoy, Nuevo Laredo encabeza Tamaulipas y ocupa el quinto lugar nacional en menor percepción de inseguridad.
No lo afirma un comunicado de prensa. No lo sostiene un mitin. Lo dice el INEGI.
Y cuando los resultados son así de contundentes, la obligación de cualquier análisis serio es reconocerlos.