CRÓNICAS DEL DESCARO-  

Por José Gregorio Aguilar

Octubre26, 2026

Hay decisiones que requieren meses de análisis.

Otras, años.

Y luego está la famosa «profunda reflexión» de ciertos políticos mexicanos, capaz de convertir un rotundo «no me voy» en un elegante «presento mi renuncia», todo en el breve lapso que dura un fin de semana.

Un verdadero milagro administrativo.

Apenas hace unas horas, la entonces consejera presidenta del INE, [Guadalupe Taddei enviaba un mensaje de firmeza. Que no se iría. Que las acusaciones eran parte del ruido político. Que había que investigar. Que ella seguía al frente.

Y hasta ahí todo parecía normal.

Porque todo funcionario bajo presión pasa por las mismas etapas.

Primero niega.

Luego minimiza.

Después denuncia una campaña.

Más tarde pide que se investigue.

Y finalmente asegura que permanecerá firme.

Es casi un protocolo institucional.

Lo verdaderamente fascinante ocurre cuando llega la siguiente fase.

La misma que nadie menciona en las conferencias de prensa.

La fase donde la permanencia se vuelve temporal.

La convicción se vuelve flexible.

Y la firmeza desarrolla una sorprendente capacidad de adaptación.

Entonces aparece el comunicado.

La carta.

El video.

La declaración solemne.

Y la frase favorita de la política nacional:

«Después de una profunda reflexión…»

Qué extraordinaria herramienta es la reflexión.

Sirve para transformar certezas en dudas.

Dudas en decisiones.

Y decisiones en renuncias.

Todo sin necesidad de admitir que algo cambió.

Porque nuestros funcionarios nunca cambian de opinión.

Lo que cambia es la profundidad de sus reflexiones.

La historia se repite una y otra vez.

«No tengo nada que ocultar”.

«Que se investigue”.

«No voy a renunciar”.

«Me mantengo firme”.

«Después de una profunda reflexión…»

Y listo.

Se acabó la firmeza.

Lo curioso es que casi nunca explican cuál fue exactamente el momento de iluminación.

¿Cuál fue el dato nuevo?

¿Qué ocurrió entre una declaración y la otra?

¿Qué elemento apareció de pronto para modificar una postura que parecía inamovible?

Silencio.

La respuesta suele perderse en algún rincón donde habitan las explicaciones pendientes y las conferencias canceladas.

Lo más irónico es que los ciudadanos ya conocen perfectamente el libreto.

Lo han visto en alcaldías.

Lo han visto en gobiernos estatales.

Lo han visto en organismos autónomos.

Lo han visto en secretarías.

Y ahora lo observan nuevamente.

Siempre la misma película.

El funcionario llega convencido de quedarse.

Y termina convencido de que lo mejor para la institución es que se vaya.

Por supuesto, nunca porque la presión política aumentó.

Nunca porque el costo se volvió insostenible.

Nunca porque alguien levantó el teléfono correcto.

No.

Siempre por amor a la institución.

Porque en México la institución siempre aparece justo cuando alguien prepara las maletas.

Al final, el verdadero problema no es que los políticos cambien de opinión.

Todos tenemos derecho a hacerlo.

El problema es que pasan de una certeza absoluta a una decisión completamente distinta en menos tiempo del que tarda en terminar un fin de semana.

Y eso no habla de profundidad.

Habla de credibilidad.

Porque entre el «no me voy» y el «ya me fui» suele existir una distancia muy corta.

Pero también una explicación muy larga