CRÓNICAS DEL DESCARO.
Por José Gregorio Aguilar
Octubre 23, 2026
Hubo un tiempo en que la Feria de Tamaulipas entendía algo elemental: para bien o para mal, necesitaba de los medios de comunicación.
No para regalar boletos.
No para repartir favores.
No para comprar elogios.
Simplemente porque toda feria necesita que alguien le cuente a la gente qué está pasando dentro de ella.
Durante años hubo ruedas de prensa, conferencias con artistas, información oportuna y una relación cordial entre organizadores y medios. No era perfecta, pero existía.
Hoy parece que las cosas funcionan distinto.
La operación quedó en manos de particulares y eso, en sí mismo, no tiene nada de malo. Quien invierte tiene derecho a organizar, administrar y tomar decisiones.
El problema aparece cuando algunos terminan confundiendo independencia con soberbia.
Porque una cosa es no deberle nada a la prensa.
Y otra muy distinta es actuar como si la prensa no existiera.
Lo curioso es que mientras algunos medios de comunicación con décadas de trayectoria, empresas que pagan impuestos, nómina, prestaciones y cumplen obligaciones legales, parecen recibir un trato cada vez más distante, la moda ahora consiste en apostar por influencers, transmisiones improvisadas y la dictadura del like.
Nada en contra de ellos.
Cada quien hace su trabajo.
Pero una transmisión en vivo no sustituye al periodismo.
Un reel no sustituye a una cobertura.
Y diez mil reacciones no sustituyen la credibilidad construida durante décadas.
Lo más extraño es que esa estrategia termina perjudicando a la propia Feria.
Porque cuando existe comunicación con los medios, los problemas pequeños suelen quedarse en pequeños.
Cuando no existe comunicación, cualquier detalle crece.
Un comentario sobre la organización.
Una queja por los precios.
Una crítica a los artistas invitados.
Un señalamiento de comerciantes.
Todo escala.
Todo se multiplica.
Todo termina convirtiéndose en tema de conversación.
Y entonces aparecen las frases que cada año se escuchan en las calles:
«Siempre es lo mismo».
«Traen a los mismos artistas».
«La feria ya no es como antes».
«Está muy pobre».
«Cobran demasiado a los expositores».
Quizá algunas sean ciertas.
Quizá otras no.
Pero cuando los organizadores renuncian a comunicarse, dejan que otros construyan la narrativa por ellos.
Y eso casi nunca termina bien.
Por eso el problema no es la falta de cortesías.
Ni de boletos.
Ni de privilegios.
El problema es creer que una feria puede prescindir de los medios tradicionales y aun así conservar intacta su imagen pública.
Los espejos pueden ser incómodos.
Pero romperlos nunca ha sido una buena estrategia para verse mejor.
Porque al final, una feria que deja de escuchar a quienes informan corre el riesgo de dejar de escuchar también a quienes la visitan.