POR LA LIBRE
Por Edelmira Cerecedo García.
Registrarse es una decisión; conocer las consecuencias de hacerlo es una obligación política.
Morena abre la puerta a sus aspirantes, pero antes de correr a registrarse, cada uno debería preguntarse qué pasará con su proyecto político si no resulta seleccionado. La convocatoria para las coordinaciones municipales coloca a decenas de interesados frente a una decisión que va más allá de conseguir una posición interna: competir por una designación sin tener asegurado el siguiente paso rumbo a 2027.
Pongamos el escenario en números. Si se registran 80 aspirantes para una coordinación municipal, solamente uno obtendrá esa designación. Los otros 79 tendrán que decidir qué hacer con sus aspiraciones, sus estructuras y el capital político que hayan construido. La pregunta no es quién se inscribe, sino qué margen de maniobra conserva quien pierde y descubre que su partido ya eligió a otra persona.
Ahí está el conflicto que Morena debe aclarar. La Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales, en su artículo 227, numeral 5, prohíbe participar simultáneamente en procesos internos de selección de candidaturas de distintos partidos, con la excepción prevista para los convenios de coalición. Pero esa disposición no establece que perder una selección interna produzca, por sí solo, una inhabilitación automática para competir por otra fuerza política. Confundir ambas cosas sería jurídicamente incorrecto; ignorar las restricciones que sí puedan resultar aplicables también sería un error.
El problema político aparece cuando los aspirantes empiezan a hacer cuentas con las siglas del Partido Verde o del Partido del Trabajo como posibles alternativas, sin tener la certeza de que podrán encontrar allí una candidatura. Las alianzas no garantizan espacios para quienes se quedan fuera de la selección de Morena, ni los partidos aliados están obligados a resolver las aspiraciones de quienes no consiguieron la designación que buscaban.
Por eso, antes de registrarse, cada interesado debería conocer las condiciones de la convocatoria, las obligaciones que asume y las posibilidades reales que conserva si no resulta seleccionado. No basta con confiar en que la popularidad, los acuerdos políticos o los años de militancia terminarán por abrir otra puerta. En una contienda interna, la expectativa de obtener una candidatura no equivale a tener un derecho adquirido sobre ella.
La convocatoria municipal llega, además, después del proceso relacionado con las diputaciones, en una etapa en la que las decisiones partidistas empiezan a ordenar las aspiraciones rumbo a 2027. Para quienes ya se ven en una boleta electoral, la diferencia entre participar en una coordinación y obtener una candidatura debería estar perfectamente clara. Una designación interna puede marcar el rumbo de un proyecto, pero no garantiza que ese proyecto llegue a la elección.
Morena tiene derecho a establecer sus mecanismos de selección conforme a sus estatutos y a la legislación aplicable. Los aspirantes, por su parte, tienen la responsabilidad de conocer las reglas antes de entrar. Lo que merece una explicación clara es qué consecuencias concretas tiene el registro, qué derechos conservan quienes no son seleccionados y cuáles son los límites para buscar una postulación por otra vía.
La pregunta que debería recorrer los comités municipales no es cuántos aspirantes consiguieron registrarse, sino cuántos conocen las consecuencias de no ser elegidos. Porque si 80 personas compiten por una sola coordinación, el proceso no termina cuando se anuncia al ganador: para los otros 79 comienza el momento de decidir si aceptan el resultado, permanecen en Morena o exploran las alternativas que legalmente tengan disponibles.
Rumbo a 2027, la disciplina partidista y las aspiraciones personales volverán a ponerse a prueba. Lo sensato es leer las reglas antes de competir, no descubrirlas después de perder. Y para quienes apuestan a que siempre habrá otra sigla dispuesta a recibirlos, conviene recordarles que una alternativa política no se construye con suposiciones.
Registrarse es una decisión; conocer las consecuencias de hacerlo es una obligación política.
Se lo dejo de tarea.
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¡TAREAAAA!
La quinceañera sin quinceañeros
Los quince años de MORENA y los priistas que hoy desprecian a los de raíz
Morena celebró sus quince años con una paradoja brutal: los expriistas presumieron la fiesta, mientras los morenistas de raíz ni siquiera tuvieron silla en la mesa. Los que ayer defendían otros colores hoy posan como orgullosos invitados del poder, mientras quienes se la jugaron por el movimiento cuando no había cargos, presupuesto ni promesas de triunfo miran desde afuera. ¡Vaya quinceañera! Los recién llegados presumen la casa y los que levantaron sus paredes ni siquiera aparecen en la lista de invitados.
En Tamaulipas conocemos esa historia. Cuando el PRI dejó de garantizarles futuro, algunos cuadros encontraron en Morena una nueva camiseta para seguir en la jugada. Cambiar de partido es legítimo; lo cuestionable es llegar con ínfulas de dueño, mirar por encima del hombro a quienes construyeron el movimiento y desplazar a quienes defendieron el proyecto cuando no había candidaturas que repartir ni posiciones que presumir.
Los de raíz caminaron colonias, tocaron puertas, soportaron burlas y defendieron una causa porque creyeron en ella. Muchos de los recién llegados encontraron una nueva oportunidad cuando el guinda se convirtió en una opción de poder. Ahora, en una contradicción que lastima a la militancia, algunos pretenden darles lecciones de morenismo a quienes estuvieron antes, reclamar espacios y hacer a un lado a los que levantaron el movimiento desde abajo.
¡Vaya transformación! Cambiar el color de la camisa no significa cambiar las prácticas políticas. El problema no es haber militado en el PRI; es llegar a Morena y reproducir las viejas formas de ejercer el poder: imponer, desplazar y cerrarles el paso a quienes no tienen padrinos ni apellidos políticos, pero sí años de trabajo y lealtad al movimiento.
Y en Tamaulipas, con la disputa por las candidaturas de 2027 en el horizonte, la pregunta es inevitable: ¿quiénes decidirán el futuro del movimiento?, ¿los militantes que lo construyeron desde abajo o quienes encontraron en el guinda una nueva oportunidad para conservar posiciones? Porque la unidad no puede significar que los recién llegados se repartan los espacios mientras los fundadores reciben discursos de agradecimiento y quedan relegados cuando llega la hora de decidir.
Morena no puede convertirse en refugio de las viejas élites del PRI mientras margina a su propia base. Los fundadores no necesitan invitaciones de cortesía ni discursos para la fotografía: merecen respeto y participación real en las decisiones. Si los reciclados ocupan los lugares y los de raíz se quedan afuera, la transformación habrá terminado convertida en una fiesta de poder a la que no invitaron a quienes hicieron posible llegar hasta ella. Y que quede claro: las puertas están abiertas para sumar, no para desplazar; quien pretenda arrebatarles su lugar a los que construyeron Morena tendrá que responder políticamente por ello.
Se lo dejo de tarea.