Por La Libre
Por Edelmira Cerecedo Garcìa.
Lo de Morena ya no es solamente una disputa por candidaturas. Lo que dejaron las decisiones de Ariadna Montiel y Citlali Hernández puede convertirse en una factura política que empiece a cobrarse en 2027 y llegue hasta 2030.
Porque cuando un partido empieza a fracturarse por sus propias decisiones, el problema deja de ser quién ganó una candidatura y quién perdió. El verdadero problema es qué tanta inconformidad termina convirtiéndose en votos que se van, estructuras que se mueven y grupos que dejan de caminar en la misma dirección.
Morena tiene dos caminos: corregir sus métodos y replantear su relación con el legado de López Obrador, o seguir administrando cuotas, grupos y negociaciones internas esperando que la marca alcance para todo.
Y aquí conviene mirar un poco más lejos de México.
Brasil acaba de poner el espejo.
La derecha fortaleció su presencia presidencial y, sobre todo, su peso en el Congreso. La lección no está solamente en quién ganó o perdió una elección. Está en cómo un partido o un movimiento puede conservar fuerza nacional y, al mismo tiempo, comenzar a perder territorio, estructura y confianza.
Ese es el verdadero riesgo para Morena: creer que conservar el poder arriba significa automáticamente conservarlo abajo.
Y si una estrategia nacional termina priorizando acuerdos internos sobre la fuerza territorial, estados como Nuevo León, Chihuahua, San Luis Potosí o Guerrero pueden convertirse en piezas de una negociación política mayor. No porque exista hoy una decisión comprobada de entregarlos, sino porque cuando las decisiones se toman lejos del territorio, los costos terminan pagándose en el territorio.
Y ahí aparece una paradoja que México debería discutir sin miedo:
En México la izquierda puede terminar siendo más derecha que la derecha.
No por el discurso, sino por las prácticas: decide arriba, negocia adentro, acomoda grupos y termina reproduciendo mecanismos que alguna vez prometió combatir.
La pregunta entonces es brutalmente sencilla:
¿La transformación cambió al sistema o el sistema terminó cambiando a la transformación?
Y no hay que irnos tan lejos para encontrar un ejemplo de lo que podría ser una mala decisión política.
Tamaulipas todavía no pone en juego la gubernatura, pero 2027 será clave para preparar el terreno. Ahí se verá quién tiene estructura, quién tiene territorio y quién consigue que la gente vuelva a confiar en el partido que gobierna.
El Mante puede ser precisamente el ejemplo de lo que Morena no debería hacer.
Paty Chío puede tener estrategia de medios, imagen y presencia digital, pero ningún equipo de comunicación sustituye la percepción cotidiana de una ciudad. Si el ciudadano sigue reclamando agua, drenaje, calles y servicios, la realidad termina pesando más que cualquier campaña de imagen.
La política no se gana con cámara.
Se gana con calle.
Y precisamente en esa calle aparece Astrid Sontoya, quien no comenzó a construir presencia cuando apareció la elección en el calendario. Su trabajo con jóvenes, deportistas, familias y comunidades le ha permitido mantener contacto directo con sectores donde la política se mide de otra manera: por presencia, cercanía y resultados.
Ahí está la diferencia.
Hay quienes buscan territorio cuando necesitan votos y quienes construyen territorio antes de necesitarlos.
Astrid está construyendo desde ahí.
Por eso, si Morena realmente quiere conservar El Mante, tendría que mirar más allá de la comodidad de una candidatura conocida y preguntarse quién puede representar una renovación real de la confianza.
Porque una cosa es defender una administración y otra muy distinta defender una elección.
Si el partido se encapricha con nombres desgastados, el problema puede dejar de ser una candidatura para convertirse en una desbandada. Primero se mueve la inconformidad, después los grupos, luego los operadores y finalmente los votos.
Y ahí está el verdadero riesgo para Morena: confundir continuidad con competitividad.
El Mante puede terminar siendo el ejemplo perfecto de una decisión tomada desde arriba que no necesariamente conecta con lo que está pasando abajo.
Por eso 2027 no será solamente una elección municipal.
Será el primer aviso serio de lo que puede ocurrir en 2030.
Y Morena tendrá que decidir si sigue apostando por los nombres que ya conoce o si abre espacio a quienes están construyendo territorio, confianza y liderazgo desde ahora.
Porque ningún partido es dueño para siempre del voto de la gente.
Primero se pierde la confianza. Después llega la elección a cobrarla.
Desde el Congreso.
Prieto pone la mesa rumbo a 2027
Humberto Prieto salió este lunes con varios mensajes que, juntos, dicen más de lo que parecen: el Congreso ya está mirando hacia 2027, aunque todavía nadie quiera decirlo demasiado fuerte.
El primer aviso fue para los alcaldes. Si quieren más recursos el próximo año, tendrán que demostrar austeridad, orden financiero y cuentas públicas sin problemas. En política presupuestal, eso significa una cosa muy sencilla: el dinero también puede convertirse en mecanismo de presión para que los gobiernos municipales rindan cuentas.
Y ahí Reynosa volvió a aparecer. Prieto no solamente habló de recursos; respondió a los señalamientos de Carlos Peña Ortiz sobre presuntos vínculos de proveedores del Congreso con el crimen organizado. Su respuesta fue directa: que presente pruebas y, si existen, se denuncien.
La jugada política es clara: sacar la acusación del terreno de la declaración pública y llevarla al terreno donde importan las pruebas. Si hay elementos, que se investigue; si no, el señalamiento queda en eso, en un señalamiento.
Pero el tema que termina de darle dimensión electoral a la mañanera fue el llamado de Prieto a los diputados de Morena para no adelantar los tiempos y mantener la grilla fuera del trabajo legislativo. Hasta ahora, dijo, ningún diputado ha solicitado licencia y él mismo no define todavía si lo hará.
Traducido: la carrera por 2027 ya está en el ambiente, pero Prieto no quiere que el Congreso se convierta desde ahora en sala de espera de candidaturas.
Y ahí está la lectura política completa: presupuesto para los municipios, cuentas públicas bajo la lupa, Reynosa en el centro de la discusión y Morena acomodando sus piezas sin abrir todavía todas las cartas.
Porque en política hay dos tipos de cuentas que tarde o temprano llegan: las que se presentan ante el Congreso y las que se presentan ante los electores.
Y rumbo a 2027, parece que Prieto quiere que ambas empiecen a cuadrar desde ahora.
Dámaso Anaya: una UAT que crece con Tamaulipas.
La UAT está creciendo porque Tamaulipas también está cambiando. Con una matrícula histórica cercana a los 45 mil estudiantes, Dámaso Anaya Alvarado ha colocado a la Universidad en una dinámica de expansión, investigación y vinculación que rebasa las aulas.
La relación con el Gobierno de Américo Villarreal no es de fotografía: es de trabajo. La UAT participa con alrededor del 70% de las secretarías estatales en proyectos ligados al desarrollo económico, turismo, campo, infraestructura y nuevas oportunidades para Tamaulipas.
Y ahí está lo importante: mientras el estado abre puertas en puertos, litorales, turismo y desarrollo industrial, Dámaso está haciendo que la Universidad tenga estudiantes e investigadores preparados para entrar por ellas.
La apuesta es clara: un Tamaulipas que genera desarrollo y una UAT que genera talento para sostenerlo. Y eso, políticamente, también cuenta.
Se lo dejo de tarea.