Crónicas del Descaro:

Por José Gregorio Aguilar

En México la sátira política fue durante años un respiro democrático. Vicente Fox en el 2000, con todo y su estilo ranchero, se convirtió en personaje recurrente de El Privilegio de Mandar, un programa que lo ridiculizaba, al igual que a los políticos de su época, semana tras semana.

Aguantó vara: nunca mandó al Congreso a censurar chistes ni caricaturas. La risa era parte del juego, y aunque le incomodara, entendía que la burla no lo debilitaba, lo volvía humano.

Hoy el escenario es otro. Claudia Sheinbaum enfrenta críticas y memes, pero la respuesta oficial no es tolerancia, sino listas y advertencias. En agosto se exhibió públicamente a más de cincuenta periodistas y comunicadores como “críticos” del gobierno. No se le llamó lista negra, pero el efecto fue el mismo: ponerlos en la mira. La sátira dejó de ser un recurso de libertad para convertirse en un riesgo.

Hablamos, de nuevo, de una reforma a la Ley Federal de Protección a la Propiedad Industrial y al Código Penal Federal en México. Ya en columna anterior dejamos en claro que no es muy clara y que, aunque no es un atentado a la libertad de expresión, sí abre la puerta a limitar ese derecho, no solo de periodistas y comunicadores, sino de la ciudadanía en general.

La ironía es evidente: antes un cartón político podía ridiculizar a un secretario con un dibujo; hoy ese mismo cartón podría enfrentar sanciones si usa logos oficiales. Un meme sobre la mañanera podría ser considerado “uso indebido de imagen gubernamental”. La diferencia es brutal: de la risa compartida pasamos al miedo de compartir.

Los caricaturistas, que antes eran celebrados por su ingenio, ahora deben medir cada trazo. Los periodistas críticos, que antes se defendían con argumentos, ahora se defienden de ataques digitales y físicos tras ser mencionados en listas oficiales. Y los ciudadanos comunes, que antes hacían memes para reírse del poder, ahora leen que podrían enfrentar multas millonarias por “parodiar símbolos nacionales”.

En Tamaulipas la sátira política no es ajena. Los comunicadores locales han usado la ironía en radio y prensa para desnudar incongruencias oficiales. En ciudad Victoria, algunas  columnas mordaces y ciertos  programas de radio y de redes sociales con humor político son parte del aire cotidiano. Pero la amenaza de censura se siente cercana: ¿qué pasará con los comunicadores que usan sarcasmo para exhibir la falta de maestros, la incongruencia de Morena y sus políticos,  y/o el silencio de los partidos políticos ante los excesos del gobierno? ¿Se volverán blanco de listas y sanciones?

La historia enseña que la sátira no se mata con leyes. Puede incomodar, puede irritar, pero siempre encuentra la forma de sobrevivir. Fox lo entendió: la burla no lo debilitó, lo convirtió en personaje. Sheinbaum parece optar por el camino contrario: convertir la burla en enemigo.

El riesgo es que, al intentar controlar la risa, el gobierno termine generando más indignación que respeto. Porque en México la sátira no es solo entretenimiento: es un espejo incómodo que refleja lo que el poder quiere ocultar