Palabras libres
En la terca lucha por el “tener”, por acumular riquezas a costa de lo que sea y por caminos deshonestos, se va ascendiendo en la escala del poder. Sin embargo, mientras más se sube por la vía del egoísmo y la enfermiza ambición, el alma se va dañando, se va destruyendo hasta perder por completo la capacidad de sentir el dolor ajeno que la propia codicia ocasiona: los sentimientos buenos se agotan.
Quienes eligen ese destino terminan convirtiéndose en cuerpos vacíos. Podrán amasar fortuna, pero no la disfrutaran; vagan como seres errantes que, un día, al asomarse a su propio interior y no hallar más que un enorme vacío, se preguntarán tal vez con tardía tristeza, melancolía: ¿Qué he hecho conmigo, con mi vida, qué he hecho con los demás?
En ese cuerpo hueco ya no hay nada; y cuando el poder se extingue, tampoco queda tiempo ni forma humana de resarcir el daño causado. Solo queda el frío de la nada, el triste vacío del alma. Pero ya es demasiado tarde para comprender que lo verdaderamente importante, lo que en realidad tiene esencia de humanidad es pasar por la vida sin ocasionar heridas sociales y haciendo el bien de corazón.