Palabras libres

Por Edgar Joel Yépez Ibarra

Durante años, los mexicanos hemos esperado un mensaje genuinamente humanista que convoque a todas las fuerzas políticas y económicas con el noble propósito de conciliar y unir voluntades frente a los grandes retos de la nación, comenzando así a sanar nuestras profundas heridas sociales.

Vivimos confrontados. Con frecuencia atestiguamos cómo los políticos de todos los colores intentan denigrarse mutuamente, mientras se endulzan la boca llamándose humanistas. Hemos normalizado un discurso que genera profunda desconfianza porque choca violentamente con la realidad, evidenciando una dolorosa incongruencia entre el decir y el hacer.

Lamentablemente, en la mayoría de quienes usan la tribuna para defender posturas partidistas, notamos escasa preparación; tanta, que a falta de argumentos acuden a la ofensa. No defienden a la sociedad: defienden sus privilegios y sus cuotas de poder. Olvidan que el sustento que se lleva a casa se gana y se defiende con honor, con valores, con la fuerza de la razón y el respeto; con todo aquello que nos permite mirar de frente a la familia y a los demás, jamás denigrando al prójimo.

Es imperativo elevarnos por encima de los colores partidistas, apartarnos de las ambiciones personales y de un protagonismo estéril que solo desnuda las carencias éticas y morales de quienes lo ejercen y deja al descubierto la ambición.

Debemos apostar sin reservas por la regeneración de nuestras instituciones, confiándolas a personas íntegras, verdaderamente éticas y preparadas para devolvernos la paz, la confianza y la humanidad. Transformar las instituciones es, sin duda, el gran cambio que anhelamos para sanar y recuperarnos como la gran nación que merecemos ser.