CRÓNICAS DEL DESCARO:

Septiembre 25, 2026

Antes para ser de izquierda tenías que haber leído aunque sea un folleto, haber marchado bajo el sol, haber defendido una causa y haberte peleado con el poder. Te costaba. Te tachaban de revoltoso, de comunista, de loco.

Hoy no. Hoy ser de izquierda es ponerse una cachucha guinda y haber gritado: «¡es un honor estar con Obrador!» y serás bien recibido, sobre todo si provienes del PRI.

El fenómeno del chapulineo ya no es anécdota, es el modelo de negocios de Morena. El PRI no murió, se mudó. El PAN no fue derrotado, se pintó de guinda. Los mismos que ayer despotricaban contra los «chairos», que repartían despensas tricolores, que firmaban pactos con el diablo azul, hoy dan cátedra de marxismo en la mañanera y te explican qué es el pueblo.

Brincan no por convicción, brincan por nómina.

Brincan porque donde antes había moches ahora hay sobres, donde antes había delegaciones ahora hay «bienestar», donde antes había un gobernador que los regañaba ahora hay un partido que les perdona todo con tal de que traigan votos.

Y lo más descarado no es que brinquen, lo más descarado es que llegan y quieren dar clases de pureza. El chapulín recién llegado es más obradorista que Obrador, más radical que el Che y más honesto que Juárez. Te acusa de traidor, de conservador, de fifí… él, que hace tres años era operador del PRIAN más rancio.

Nos vendieron la idea de la transformación, pero lo que transformaron fue el color de la credencial. Cambiaron de logo pero no de mañas. El hambre de dinero y de poder es la misma, solo que ahora se justifica diciendo que es «por el bien del pueblo».

Al final, la izquierda se volvió un disfraz muy rentable. Un disfraz que cualquiera se pone, porque ser de izquierda hoy no exige pensar como izquierda, solo exige brincar a tiempo.

Y mientras los que sí creyeron se quedan afuera, los chapulines ya están adentro, con charola, con fuero y con la mano estirada.

Eso sí que es descaro.

 Y ojo, que en México sí ha habido izquierda de a de veras.

La de los maestros rurales que dieron su vida en la sierra, la de los ferrocarrileros de Vallejo, la de los estudiantes del 68 que no brincaron por hueso sino que pusieron el pecho a las balas. La de Heberto Castillo, la de Doña Rosario Ibarra que buscó a su hijo hasta la muerte, la de los que marcharon con AMLO en el 88, en el 94, en el 2006 cuando no daba ni un peso estar ahí, cuando ser de izquierda era perder, no ganar.

Esa izquierda no usaba la ideología como salvoconducto para la tranza. La vivía. Aguantaba hambre, cárcel, difamación. No pedía secretarías, pedía justicia. Por eso duele más ver hoy a tanto vividor con la playera del Che que ni siquiera sabe quién fue el Che, pero eso sí, ya tiene notaría, constructora y candidatura pluri.