CONFIDENCIAL
Por ROGELIO RODRÍGUEZ MENDOZA.
Abelardo Ibarra Villanueva, uno de los aspirantes —o suspirantes— a la Secretaría General de la Sección 30 del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), anda entusiasmado con la idea de construir una planilla de unidad para renovar el comité seccional que actualmente encabeza Arnulfo Rodríguez Treviño.
Optimista, habla de integrar una especie de “megaplanilla” en la que tengan cabida las distintas corrientes del magisterio tamaulipeco. En ese proyecto podrían coincidir personajes como Enrique Meléndez y Naif Hamscho, quienes también tienen puesta la mirada en la silla que dejará el profe Arnulfo, y que llevan meses haciendo mucho ruido mediático exigiendo que se emita la convocatoria respectiva.
Aunque no lo diga abiertamente, resulta lógico suponer que Abelardo quiere encabezar esa planilla. Dicho en palabras llanas, difícilmente alguien promueve una candidatura de unidad pensando en entregar la candidatura principal a otro. Ya lo dice el viejo refrán: el que parte y reparte, se queda con la mejor parte.
Y hay que reconocerlo. Ibarra Villanueva tiene capital político para intentarlo. Ha buscado dos veces la dirigencia de la Sección 30 y en ambas se quedó en la orilla. En 2022 estuvo particularmente cerca: obtuvo 16 mil 687 votos, apenas 2 mil 217 menos que Arnulfo Rodríguez Treviño.
El problema comienza cuando se pretende sentar en una misma mesa a todos los que aspiran al mismo cargo. Ahí la unidad se pone en chino. Sería algo parecido a intentar mezclar el agua con el aceite, porque cada uno de los aspirantes considera que tiene méritos, estructura y posibilidades suficientes para ganar.
Al final, todos enfrentarán una disyuntiva tan vieja como la política misma: decidir si prefieren ser cabeza de ratón o cola de león. Porque una cosa es hablar de unidad y otra muy distinta aceptar que la encabece alguien más. En política sindical, como en la partidista, abundan quienes están dispuestos a sumar, siempre y cuando sean ellos quienes manden.
Además, aquí no está en disputa cualquier cartera del comité seccional. Lo que todos quieren es la Secretaría General. Ahí radica el verdadero poder de la organización, por su interlocución con las autoridades educativas, su influencia política y el peso que representa llevar mano en la administración de las multimillonarias cuotas sindicales.
Por eso la propuesta de Abelardo suena atractiva en el papel, pero llevarla a los hechos parece una tarea cuesta arriba. La fotografía de todos juntos puede ser sencilla; conseguir que uno sea candidato y los demás acepten acompañarlo será otra historia.
Ese es, precisamente, uno de los grandes males que han acompañado durante años a la política sindical. Con demasiada frecuencia, las aspiraciones personales terminan colocándose por encima del objetivo que debería justificar cualquier dirigencia: defender los derechos y mejorar las condiciones laborales de los trabajadores de la educación.
En campaña todos aparecen como salvadores. Prometen recuperar la dignidad del magisterio, defender al maestro, abrir las puertas del sindicato y terminar con viejos vicios. El discurso cambia de nombre cada elección, pero casi siempre conserva las mismas promesas.
Arnulfo Rodríguez Treviño es un referente cercano. Llegó nuevamente a la dirigencia arropado por miles de votos y por la esperanza de muchos profesores que vieron en él una opción distinta. Cuatro años después, hay un enorme desencanto en el magisterio tamaulipeco hacia su persona. Ya quieren que se vaya.
Por eso, cuando llegue la hora de las definiciones, veremos cuánto pesa realmente el discurso de la unidad y cuánto las ambiciones personales. El periodo de Arnulfo concluye en diciembre y el reloj sindical ya comenzó a correr. Entonces sabremos quién acepta ser cola de león y quién insiste en convertirse, a cualquier precio, en cabeza de ratón.
EL RESTO.- El exdiputado, Alfonso de León, anda desesperado tratando de congraciarse con la dirigencia nacional y estatal de Morena.
Desde sus redes sociales, se presume como “Obradorista desde el 2007” y “Fundador del Movimiento (Morena) en 2011”, aunque luego se contradice a si mismo al recodar haber sido diputado por Movimiento Ciudadano (MC), “del cual me separe en 2015 cuando renegaron de la doctrina Obradorista”.
“Cuento con mi credencial de “Protagonista del Cambio Verdadero”, remata.
¿Y todo ello sabe por qué tanto afán por acreditar su obradorismo? Sencillo: porque quiere ser candidato a diputado local.
Así suelen operar muchos políticos cuando quieren aparecer en la boleta electoral. De pronto afloran convicciones, credenciales y lealtades, aunque sean inventadas.
ASÍ ANDAN LAS COSAS.