El Patinadero

Juan Antonio Montoya Báez

El teatro de la política tamaulipeca siempre nos regala puestas en escena memorables. La más reciente se vivió como un derroche de caballerosidad y cortesía institucional: el gobernador Américo Villarreal Anaya asistió como el invitado de honor al segundo informe de gobierno de la alcaldesa de Nuevo Laredo, Carmen Lilia Canturosas Villarreal. Una estampa perfecta donde el mandatario, con desbordada generosidad, le acomodó la silla a la dama y se mantuvo a su lado durante el protocolo de rendición de cuentas.

Sin embargo, en política los gestos idílicos rara vez son gratis. Américo se ha echado a cuestas un maratónico recorrido por el estado con la promesa de asistir a todos los informes municipales, programando dos eventos diarios: uno por la mañana y otro por la tarde.

Los ediles, por supuesto, están extasiados. Nunca imaginaron tener el privilegio de un testigo de honor de ese calibre en su fotografía oficial. Pero detrás del mensaje de «unidad» que el Ejecutivo pasea por las regiones, lo que realmente se esconde es un frío diagnóstico de territorio. Es una gira de auscultación pura y dura, diseñada para medir la aceptación real de sus favoritos y descifrar quiénes tienen verdaderamente la musculatura para retener el poder.

En Nuevo Laredo la vara quedó colocada en una altura tan ambiciosa que cualquier aspirante requerirá una escalera gigante si pretende alcanzarla. Las medallas que se colgó la administración local en materia de seguridad —presumidas con bombos y platillos recurriendo a los datos expuestos por la propia presidenta de la República, Claudia Sheinbaum Pardo— fueron el eje del discurso.

“Hoy puedo decirlo con orgullo, con humildad y con la frente en alto: Nuevo Laredo cambió. Cambió porque dejamos atrás la simulación y construimos un gobierno de resultados”, exclamó la alcaldesa ante una audiencia meticulosamente seleccionada: la plana mayor de los poderes Ejecutivo y Legislativo, un séquito de 18 diputados del Congreso de Tamaulipas, alcaldes vecinos, diplomáticos y, por si faltara peso político en primera fila, las senadoras Maki Ortiz y Olga Sosa y el alcalde victorense Lalo Gattás.

La danza de las cifras oficiales fue deslumbrante. El logro estrella de la tarde fue la liquidación total de una deuda histórica de 580 millones de pesos arrastrada desde 2021. Una promesa financiera que supuestamente vencería en 2027 y que se finiquitó un año antes, presumiendo además que no se frenó el gasto social ni la obra pública.

A esto le sumaron una inversión de 7 mil 455 millones de pesos para presumir un catálogo de mil 690 obras públicas, blindando el discurso con las encuestas de la ENSU del INEGI que posicionan a Nuevo Laredo entre los municipios con mejor percepción de efectividad urbana en el país.

Pero el verdadero reto de gobernar la frontera más importante del estado no se soluciona con discursos de relumbrón. Carmen Lilia insistió en que su dinero ha ido a parar a las fallas estructurales que otros postergaron por décadas: más de 60 kilómetros de colectores y drenajes con un costo de 2 mil 500 millones de pesos, cuya máxima promesa es el saneamiento integral del Río Bravo.

“No venimos a maquillar la ciudad. Venimos a transformarla desde sus cimientos”, sentenció con firmeza. La lista de despensa electoral se completó rápido: 13 clínicas UNE, 315 espacios públicos recuperados, 54 mil becas y el lanzamiento del programa CONECTAT: Al futuro para regalar internet a universitarios.

Toda esta numeralia sirvió como el escenario ideal para el «espaldarazo» del gobernador, quien no dudó en subir la apuesta ofreciendo nuevos proyectos de inversión compartida. «El objetivo es claro: que la fortaleza logística y económica de Nuevo Laredo se traduzca en más inversión y en una prosperidad compartida», recitó Américo. Y cómo no iba a ponerse espléndido el mandatario, si la Federación y el Estado han inyectado cerca de 8 mil 900 millones de pesos en la región, mientras los programas de Bienestar social aumentaron su derrama anual en un 190 por ciento.

Al final del día, el Polyforum se convirtió en una auténtica arena de ovaciones cruzadas. Los gritos de “¡gobernador, gobernador!” y “¡presidenta, presidenta!” se entrelazaron sin el menor recelo. Las dos figuras estelares del escenario se retiraron arropadas por el aplauso de una militancia que prefiere tener fe en el porvenir. Américo cumplió como el caballero que acomoda la silla, pero sobre todo, como el ajedrecista que analiza su tablero.

Bueno, por hoy es todo.
Adiós y aguas con los patinazos…

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