DE PRIMERA …..LA DAMA DE NOTICIA

POR ARABELA GARCIA …..

Los datos del Banco Mundial y de la UNESCO dan coraje: uno de cada dos niños de diez años lee un texto y no entiende ni un pito de lo que dice. La cifra asusta en el papel, pero a los políticos les da exactamente lo mismo; para ellos es solo un número más en su hoja de cuentas. Qué retratadito está el país: tenemos salones llenos de chamacos capaces de juntar sílabas para formar palabras, gobernados por políticos que echan discursos larguísimos pero no entienden la bronca en la que nos tienen metidos.

El problema no es que a los niños les falte seso ni que a los jóvenes les falte talento. La falla viene de origen, de la pura fábrica del sistema. Se nos olvida algo bien básico que aplica para cualquier trabajo: para mandar, primero hay que saber hacer. O de perdida haberle sudado en el terreno de combate. En la educación pública de México se confunde dirigir la Secretaría de Educación con administrar una campaña de votos.

Sumas, restas y votos: El perfil del escritorio

Hoy la educación del país está en manos de Mario Delgado Carrillo. Economista del ITAM, político de oficio y exdirigente de partido. Nadie le quita su mérito para hacer cuentas electorales o arreglar presupuestos en las cúpulas; pero dirigir no es lo mismo que enseñar.

Un economista solo ve números, cuántos alumnos se inscribieron, cuánto dinero hay y cómo taparle la boca a la prensa. Un maestro ve cómo aprenden los muchachos, cómo van madurando sus mentes y cómo enseñarles a pensar por sí mismos. Poner a un político financiero al frente de la educación es como pedirle a un contador que haga una cirugía de corazón abierto: sabrá cuánto cuesta el quirófano y las herramientas, pero se le va a morir el paciente en la mesa.

Ya lo advertía el investigador de la UNAM, Ángel Díaz Barriga: «El problema es que hemos confundido repartir apoyos con dar educación de calidad, y controlar papeles con enseñar bien». El gobierno se volvió experto en la burocracia mientras las escuelas se caen a pedazos.

El cuento chino de la tecnología

A toda esta improvisación ahora le suman el cuento moderno de las pantallas y las inteligencias artificiales. Nos quieren vender la idea de que regalar tabletas o poner internet en las escuelas va a resolver el problema como por arte de magia. Nos dicen que la tecnología vino a «ayudar», pero cuando la mitad de los muchachos no entiende un párrafo sencillo, la tecnología solo sirve de muleta para volverlos más flojos para pensar.

El experto en educación Cristóbal Cobo lo dijo clarito: «Si le das internet a un niño que no entiende lo que lee, solo le pierdes el tiempo; si se lo das a un niño que sabe pensar, se come al mundo». El aparato no reemplaza al cerebro. Si por dentro no hay bases sólidas porque los programas de gobierno son una llamarada de petate, el resultado no es avance, sino un freno de mano para el país.

Hasta el pensador Noam Chomsky ha avisado lo peligroso que es dejarle todo a la máquina: usar la tecnología sin pensar solo sirve para copiar y pegar de forma sofisticada, dejando el cerebro atrofia’o por no ejercitar la lectura profunda.

El costo de ir para atrás

Aquí no hay pierde. Los exámenes internacionales ya nos traían con focos rojos, y la respuesta del gobierno no puede ser esconder la cabeza como el avestruz o maquillar los datos para que todo se vea bonito en la mañanera. Andreas Schleicher, de la OCDE, siempre recuerda que la educación no es repetir datos como pericos, sino saber qué hacer con lo que se aprende. Si un alumno no entiende lo que lee, el sistema educativo no sirve para nada.

Seguir inventando el hilo negro cada seis años, donde cada gobierno llega a cambiar los planes a su antojo y quita a los que saben para poner a sus compadres políticos, nos lleva directito al barranco.

El talento de nuestros niños ahí está, listo para salir adelante. Pero el gobierno parece estorbo en lugar de ayuda, ahogando todo en discursos y papeleo. Si el mero mero de la educación sigue midiendo las escuelas como si fueran votos para su partido, la suerte está echada: seguiremos teniendo millones de chamacos capaces de juntar las letras de su propio rezago, pero sin entender por qué su país no avanza.

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