Crónicas del Descaro:
Por José Gregorio Aguilar
Septiembre 02 del 2026
Un billón de pesos en pensiones. Suena monumental, histórico, casi épico. Pero en la farmacia de la esquina ese billón se evapora: los adultos mayores terminan gastando buena parte de su apoyo en medicinas que no hay en el IMSS-Bienestar. El Estado presume transferencias, pero no garantiza servicios. Es como regalar paraguas en un desierto.
El salario mínimo, dijo la presidenta Claudia Sheimbaum en su segundo informe de gobierno, ha tenido incrementos nunca vistos. Y sí, en el papel luce bien. Pero la canasta básica sigue subiendo, la gasolina no baja y los servicios se devoran cualquier aumento. El discurso oficial habla de justicia laboral, mientras el bolsillo del ciudadano se vacía más rápido que nunca.
En salud, el contraste es brutal. Se anuncian 12 mil consultorios para 2027, pero hoy mismo los médicos protestan en Reynosa por falta de insumos y medicamentos. El informe presume futuro, la calle exige presente.
Y cuando la crítica arrecia, aparece la palabra mágica: soberanía. El escudo discursivo que sirve para todo: para defenderse de visas canceladas, de gobernadores incómodos, de acusaciones de incapacidad. La soberanía se invoca como conjuro, aunque la gente siga pagando medicinas, gasolina y tortillas cada vez más caras.
El informe presidencial fue un catálogo de promesas: agua duplicada en Ciudad Victoria, trenes que conectarán la frontera, proyectos energéticos en la Cuenca de Burgos. Todo para 2027. Mientras tanto, los tamaulipecos siguen esperando que el IMSS tenga jeringas, que la farmacia tenga antibióticos y que el salario alcance para llenar la despensa.
Morena presume mayorías legislativas, pero las usa para blindarse políticamente. Lo dijo Bruno Díaz Lara: esas mayorías deberían servir para penalizar a quienes fallan en salud, no para perseguir adversarios. El informe confirma esa lógica: grandes cifras, poca respuesta inmediata.
El descaro está en la distancia entre el discurso y la vida diaria. Entre el billón de pesos en pensiones y la fila en la farmacia. Entre el salario histórico y la canasta básica que no perdona. Entre la soberanía invocada y la soberanía que se diluye cuando la gente no puede pagar la gasolina.
Porque al final, el informe no se mide en páginas ni en aplausos. Se mide en tortillas, medicinas y gasolina. Y ahí, la soberanía no alcanza para llenar la despensa.