Por: René Martínez Bravo
Hay hombres que llegan al poder buscando el poder, y hay quienes llegan a él con la convicción de servir. En mi apreciación personal, el gobernador Américo Villarreal Anaya pertenece a la segunda categoría.
Médico por vocación y convicción, formado en el servicio a la salud y con una visión profundamente humanista, Américo Villarreal ha construido buena parte de su trayectoria alrededor de una idea sencilla pero fundamental: cuidar al ser humano.
Lo digo también desde una referencia personal. Allá por 1992 conocí de su existencia cuando su padre, el ingeniero Américo Villarreal Guerra, gobernaba Tamaulipas. El entonces joven médico comenzaba su camino profesional en el área de la salud, mientras quien esto escribe iniciaba también su propia trayectoria como periodista y editor independiente. Nunca lo vi entonces buscando reflectores políticos ni posiciones dentro del gobierno de su padre. Era, simplemente, el médico que comenzaba a construir su propia historia.
Por eso, ahora que ocupa la gubernatura, puedo afirmar que no percibo en Américo Villarreal al político que llegó únicamente para administrar poder. Percibo al hombre que intenta hacer gobierno desde una concepción humanista.
¿Que existen problemas? Por supuesto.
¿Que hay pendientes? Muchos.
¿Que Tamaulipas necesita todavía mejores resultados en seguridad, bienestar, infraestructura y desarrollo? Sin duda.
Pero también sería injusto ignorar el contexto en el que recibió la administración estatal y el esfuerzo que ha significado reconstruir instituciones, atender rezagos y recuperar una dinámica de gobierno que, durante años, estuvo marcada por decisiones que dejaron profundas heridas en el estado.
El verdadero problema puede estar en algunos de quienes rodean al gobernador.
Porque una cosa es que un gobierno tenga dificultades y otra muy distinta que algunos funcionarios estén utilizando el gobierno para construir su propio proyecto, proteger intereses particulares o llevar agua a su propio molino.
Ahí es donde se vuelve necesaria una reflexión seria.
Hay secretarios y funcionarios que parecen no haber entendido que llegaron al servicio público precisamente para servir.
No llegaron para servirse.
No llegaron para utilizar el cargo como plataforma personal.
No llegaron para formar pequeños grupos de poder.
Y mucho menos llegaron para tomar decisiones que terminen perjudicando la imagen política de quien les otorgó la confianza.
Porque cuando un funcionario se equivoca, el costo político rara vez se queda en su escritorio.
El golpe alcanza al gobernador.
Y cuando la sociedad percibe simulación, arrogancia, indiferencia o intereses personales detrás de una dependencia, no distingue entre el secretario y el jefe del Ejecutivo.
Para el ciudadano, todo es gobierno.
Por eso resulta preocupante que mientras el gobernador intenta caminar por una ruta humanista, de cercanía y atención a la gente, algunos de sus colaboradores parezcan caminar en dirección contraria.
¿Qué hace falta?
Hace falta que el gobernador deje perfectamente claro que en su administración no hay espacio para proyectos personales disfrazados de función pública.
Y no necesariamente significa correr a todos.
Significa algo todavía más importante: poner orden.
Que cada secretario entienda que forma parte de un equipo.
Que cada funcionario comprenda que su responsabilidad es con Tamaulipas y no con su grupo político.
Que quienes tengan aspiraciones legítimas esperen los tiempos y no utilicen las estructuras gubernamentales para adelantarse.
Y que quienes no estén dispuestos a seguir la línea institucional del gobernador tengan la libertad —y también la responsabilidad— de hacerse a un lado.
Porque en política hay una regla elemental: quien no está dispuesto a caminar en la misma dirección del proyecto, termina convirtiéndose en un obstáculo para el propio proyecto.
Y aquí hay algo todavía más delicado.
Los más peligrosos no siempre son los que abiertamente confrontan.
A veces son los agazapados.
Los que sonríen frente al jefe, dicen sí a todo y por debajo construyen otra realidad.
Los simuladores.
Los que engañan.
Los que se presentan como leales mientras llevan agua a su propio molino.
Esos son los que más daño pueden hacerle a un gobierno.
Porque el enemigo visible se identifica.
Al simulador hay que descubrirlo.
Y todavía hay tiempo para corregir.
El último tramo de una administración no debe convertirse en una lucha interna por posiciones, candidaturas o cuotas de poder. Debe ser precisamente el momento de redoblar esfuerzos, entregar resultados y demostrarle a la sociedad que el gobierno está por encima de intereses personales.
La reciente visita de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo Claudia Sheinbaum Pardo a Tamaulipas dejó, además, señales políticas importantes: respaldo, cercanía y confianza en el gobernador Américo Villarreal Anaya.
Ese respaldo debe entenderse en toda su dimensión.
No es una licencia para que algunos funcionarios hagan lo que quieran.
Al contrario.
Es una oportunidad para cerrar filas, corregir errores y trabajar coordinadamente por Tamaulipas.
Por eso, si el gobernador tiene que hacer cambios, que los haga.
Si tiene que llamar la atención, que la llame.
Si tiene que sacudir nuevamente el árbol, que lo sacuda.
Y si alguien no entiende que el gobierno es para servir y no para servirse, entonces la conclusión debe ser sencilla:
El que no se alinee, que se vaya.
Porque Américo Villarreal Américo Villarreal todavía tiene tiempo para consolidar su proyecto.
Pero necesita que quienes están a su lado entiendan algo fundamental:
El poder no es propiedad de nadie. Es una responsabilidad temporal frente al pueblo.
Y Tamaulipas merece funcionarios que estén a la altura de esa responsabilidad.
Los que quieran servir, que se queden y trabajen.
Los que quieran servirse, que busquen otro camino.
Porque un buen gobernador, puede ser un amable jefe, pero igual, con toda la capacidad de poner orden en su propia casa.
Y en esta casa llamada Tamaulipas, es tiempo de que todos entiendan quién marca la ruta.
El pueblo primero. El interés personal, después.
Así de sencillo.
Así de contundente.
Hasta la próxima
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