Palabras libres
Por Edgar Joel Yépez Ibarra
No olvidemos que el alma de las niñas y los niños florece y se fortalece con la belleza de los valores cotidianos: con el abrazo y el tiempo dedicado en familia, con la guía amorosa y paciente de maestras y maestros que les descubren la magia de la lectura, de los números y de las historias, y con el contacto vivo con la naturaleza.
Recientemente, se ha abierto una consulta a nivel nacional sobre el uso de teléfonos celulares en las escuelas de nuestro país. Ojalá que este ejercicio refleje el profundo deseo de proteger las infancias, y que esta iniciativa sea abrazada con seriedad, amor y determinación desde el hogar.
Urge volver la mirada hacia nuestras casas para sembrar comunicación, sensibilidad y nobleza. Acompañemos su crecimiento recomendándoles buena música, fomentando el juego al aire libre, estando atentos a sus tareas y brindándoles un puerto seguro de confianza, para que no busquen en la tecnología un refugio vacío.
El alma de las infancias necesita paz para escuchar a quienes los aman y enseñan, para conservar la risa espontánea y mágica que surge al jugar sanamente con otros niños.
La pantalla corta el abrazo, frena la risa compartida, acelera la ansiedad, intoxica las horas y roba la calma, convirtiéndose en un desafío urgente de salud pública que debemos atender unidos; puesto que también en madres y padres de familia es excesivo el uso del celular, situación que nos vulnera a todos en el carácter, en la ansiedad.
Por supuesto, la tecnología tiene un valor inmenso cuando se acerca con sentido humano, consolidar valores, sumar conocimiento y fortalecernos todos.