El Patinadero
Juan Antonio Montoya Báez
El reciente y grotesco caso de negligencia en un hospital del IMSS-Bienestar en Tamaulipas no es un hecho aislado; es la radiografía perfecta del avanzado estado de descomposición, abandono y cinismo con el que la Federación administra la salud pública.
La realidad es aplastante y no admite otros datos: el sector salud era infinitamente más eficiente cuando lo manejaba el Gobierno del Estado, con todo y sus tropiezos. Sin embargo, la soberbia centralista se niega a reconocer el rotundo y costoso fracaso de su utopía sanitaria.
Esta debacle no es exclusiva de Tamaulipas, pero aquí duele más, mientras el discurso oficial presume un sistema idílico que solo existe en la imaginación gubernamental —desatando burlas y memes a nivel internacional—, los pacientes mexicanos pagan los platos rotos de una transición improvisada. El IMSS-Bienestar nació herido de muerte por fallas estructurales crónicas: desabasto criminal de medicamentos oncológicos y especializados, falta de insumos de primera necesidad, infraestructura en ruinas y un maltrato laboral sistemático hacia el personal médico.
Cruzar la puerta de estas clínicas es jugar a la ruleta rusa. No hay material de curación, faltan oxímetros y baumanómetros, y la escasez de ropa hospitalaria es la norma. Al grado del absurdo, los médicos se ven obligados a improvisar intervenciones utilizando vasos de unicel para salvar vidas, con el colmo de que la burocracia los amenaza con sanciones por usar material no autorizado.
A esto se suman quirófanos inhabilitados, bancos de sangre desiertos, equipos mayores averiados y elevadores que se convierten en trampas mortales para los pacientes.
En Tamaulipas, el panorama se tiñe de insalubridad y desvergüenza. Las denuncias por plagas de mapaches, cucarachas y roedores en los hospitales de Ciudad Madero y Matamoros ya eran una burla, pero la gota que derramó el vaso —literalmente— ocurrió en el Hospital General de Zona de Nuevo Laredo, donde un paciente postrado en su cama fue bañado por una asquerosa fuga de aguas negras filtrada desde el techo de su habitación.
Esa es la «transformación» de la salud: obligar a los enfermeros a hacer malabares médicos entre aguas fecales mientras el personal de intendencia intenta contener el desastre. Las fallas de mantenimiento no son omisiones; son un atentado diario contra los derechohabientes.
Si la Federación o la presidenta Claudia Sheinbaum pretenden rescatar este barco hundido, deben dejarse de simulaciones, purgar la operatividad, inyectar recursos reales de manera urgente y reconstruir los hospitales de la frontera. Pero, sobre todo, deben extirpar la corrupción galopante que infecta al sistema, un mal en el que Tamaulipas tiene a sus propios «reyes de la impunidad».
Ahí está el indignante caso del delegado federal José Luis Aranza Aguilar. Detenido en flagrancia por la Policía Estatal Preventiva en posesión de cientos de miles de pesos en efectivo, armado y prepotente, su castigo no fue el cese ni la cárcel; al contrario, fue cobijado por el manto protector del poder.
Su cinismo llegó hasta la conferencia mañanera, donde fue defendido como un héroe de la honestidad, mientras que los policías que cumplieron con su deber terminaron regañados por «molestar» a tan distinguido funcionario. Frente a las corruptelas en su gestión, Aranza se limita a soltar una justificación que raya en el descaro: “somos humanos”.
La otra mitad de la culpa y el peso del fracaso del IMSS-Bienestar en el estado recae directamente sobre las espaldas del Dr. Marggid Antonio Rodríguez Avendaño. Sobre él pesan los pecados, la parálisis y el desastroso funcionamiento de los nosocomios tamaulipecos.
Es hora de un replanteamiento de raíz. Los servicios de salud en el país y en Tamaulipas jamás habían caído en un bache tan profundo y miserable. Defender lo indefendible ya no es una postura política; es una complicidad criminal.
Bueno, por hoy es todo.
Adiós y aguas con los patinazos…
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