COLUMNA

Crónicas del Descaro:

Por José Gregorio Aguilar

El gobierno federal presume con orgullo una inversión histórica de 181 mil millones de pesos al 2030 para el Plan Nacional de Infraestructura Hospitalaria; son miles de millones de pesos, decenas de hospitales nuevos, camas que se multiplican como si fueran panes y peces.

El discurso suena tan bonito que ni en Dinamarca estarían más felices de tener los servicios de salud de Tamaulipas. Es más, hasta Bukele y su hospital ultra moderno “Rosales”  en El Salvador envidiaría a México… aunque aquí la modernidad se mide en hospitales que se caen y medicinas que se pudren.

Porque mientras se anuncian hospitales de última generación, en los almacenes se pudren medicamentos contra el cáncer. Universalización sí, pero del desabasto y la negligencia.

El escándalo de los 18 millones de piezas caducas es la prueba de que la corrupción sigue viva y coleando. ¿De qué sirve construir hospitales si los insumos se pierden en bodegas como si fueran basura?

En Tamaulipas, la historia es igual de grotesca. La Secretaría de Salud ha sido un desfile de titulares que duran menos que un tratamiento médico contra la gripa. Adriana Hernández Campos apenas sobrevivió tres meses en el cargo, y Ricardo Guerrero Morales heredó un mugrero administrativo digno de museo; eso, sin contar con la supuesta investigación que se está haciendo por contratos irregulares, compras simuladas, etc. Etc.

Los trabajadores lo dicen sin rodeos: algunos hospitales se están cayendo a pedazos. Techos que gotean, paredes agrietadas, elevadores que no sirven, falta de aire acondicionado y quirófanos que parecen ruinas arqueológicas. La infraestructura que debería salvar vidas se convierte en escenario de riesgo.

Y cuando el paciente llega, el doctor le entrega la receta como souvenir: “Aquí tiene, vaya a comprarla afuera porque aquí no hay nada.” Universalización de la salud, sí, pero universalización del gasto de bolsillo.

El sindicato de salud en Tamaulipas lo repite como mantra. Adolfo Sierra Medina maldice la “maléfica idea” de la universalización, porque lo único que universalizó fue la precariedad.

“Extrañamos a la Secretaría de Salud”, dice Sierra, porque al menos ahí había juntas de gobierno y presupuestos colegiados. Hoy, con Bienestar, lo que hay es una figura decorativa que presume logros mientras los hospitales se derrumban.

Pero eso no es todo, Miguel Ángel Martínez, representante de vectores, denuncia el manoseo en las bases: quince años de antigüedad y nada de plaza, mientras recomendados obtienen base en un año. La meritocracia aquí se mide en apellidos, no en experiencia.

El descaro está en presumir productividad con cifras millonarias, mientras la impunidad se recicla en cada nivel. Se construyen hospitales de papel, se anuncian leyes de cartón, pero la realidad se mide en medicinas podridas y trabajadores olvidados.

Porque al final, la universalización de la salud en México es tan exitosa que universalizó el desabasto, la corrupción y la precariedad. Y claro, los funcionarios esperan aplausos… como si hubieran descubierto el hilo negro.

El gobierno presume productividad con cifras millonarias, pero la verdadera cuenta está en hospitales que se caen, medicinas que se pudren y trabajadores que esperan justicia mientras los recomendados se reparten las bases. Ni Dinamarca, ni Bukele: el descaro es cien por ciento mexicano.