El Patinadero

Juan Antonio Montoya Báez

En la Auditoría Superior del Estado (ASE) todo es felicidad y complacencia. Su titular, Francisco Noriega, se mantiene sospechosamente tranquilo, agazapado a la espera de instrucciones superiores; no podría ser de otra manera ante la extraña calma con la que opera.

No trabaja bajo presión; por el contrario, disfruta de la comodidad de su silla y del aire acondicionado de su oficina mientras calcula minuciosamente cómo dosificar su responsabilidad.

Por lo pronto, el auditor consintió al personal de la ASE con un generoso reparto de boletos para presenciar el partido entre las Chivas Rayadas del Guadalajara y los Correcaminos de la Universidad Autónoma de Tamaulipas (UAT) en el estadio Marte R. Gómez de Ciudad Victoria.

Las entradas escaseaban en taquilla, pero ¿quién tiene el valor de negarle boletos al auditor del estado? Hablamos del hombre que analiza y desaprueba cuentas públicas, poniendo el menú de la fiscalización a disposición de un comensal muy exclusivo en el tercer piso de Palacio de Gobierno.

Es evidente que los servicios de la dependencia ya se utilizan para cazar a las presas políticas que resultan incómodas para la llamada Cuarta Transformación, el objetivo es meramente político. Mientras unos elegidos se salvan, otros son colocados bajo la mira telescópica de Francisco Noriega, quien recibió la orden de buscar anomalías hasta por debajo de las uñas para poder proceder con certeza judicial.

En la administración pública abundan los seres humanos con defectos y virtudes, pero en la ASE lo único que conocen a la perfección es la obediencia ciega y la disciplina facciosa.

Hoy, Paco Noriega es la herramienta de presión predilecta cada vez que se aproximan procesos electorales, no importa qué siglas estén en el poder, la consigna es la misma: lanzarse con todo el peso del aparato en contra de los enemigos del sistema, mientras se hacen de la vista gorda con los aliados del régimen sin importar el tamaño de sus pecados financieros.

El ejemplo más cínico de esta impunidad lo encarna el exalcalde de Ciudad Victoria, Xico González Uresti, quien encabezó una administración del terror caracterizada por el saqueo institucional.

Su gestión fue tan deficiente y descarada que su propio amigo y hacedor político, el exgobernador Francisco Javier García Cabeza de Vaca, no tuvo más remedio que sacrificarlo mediáticamente: le ordenó pedir licencia y lo premió enviándolo a una Subsecretaría de Salud.

A pesar de que el desfalco en la alcaldía capitalina fue millonario, la Auditoría Superior no encuentra —o simplemente no quiere buscar— el hilo negro para denunciar penalmente el atraco.

El pretexto para la inacción es de una flojera legal tremenda: alegan que las legislaturas anteriores ya le aprobaron sus cuentas públicas y que no hay delito que perseguir. Así, lo convirtieron en un auténtico santo de la cofradía azul.

Pero el colmo del descaro es que, en la actual administración morenista, Xico González Uresti no solo goza de una insultante impunidad, sino también de protección oficial. Le otorgan distinciones públicas, como el reconocimiento por haber sido director del Hospital General, también lo sacan a cuadro encabezando bailes del mundial y le permiten promoverse cínicamente en las redes sociales.

Resulta increíble que se le otorguen tales libertades y un blindaje total para que no se preocupe por problemas legales, por si fuera poco, el erario lo sigue cobijando: cobra casi 100 mil pesos mensuales por su plaza de médico especialista. Xico disfruta el cobijo de la 4T a pesar de que mantiene el corazón azul, apoyando con fervor las aspiraciones de César Augusto Verástegui Ostos, el famoso «Truco», rumbo a la gubernatura.

En contraste, el garrote de la ASE se deja sentir con furia en otros municipios. En Tampico, ante el pánico electoral que despierta la candidatura de Jesús Nader Nasrallah, conocido como “Chucho”, comenzaron a revisar sus números con lupa de aumento.

Lo mismo se observa en Ciudad Madero con Adrián Oseguera Kernión, donde el alcalde Erasmo González Robledo empezó a soplarle a la lumbre —con el evidente visto bueno de la ASE— para cerrarle el paso y descarrilar sus aspiraciones políticas.

El trasfondo es el miedo: «Chucho» Nader ganaría sin problemas la alcaldía de Tampico, un dato ya medido en las propias encuestas de Morena, mientras que Oseguera conserva mayor simpatía popular que el propio Erasmo.

Tampoco escapa de las sospechas el caso de Yahleel Abdalá Carmona en Nuevo Laredo, donde el aparato estatal actuó de manera exprés, aunque ahora el asunto se encuentre entrampado en otras instancias judiciales debido al desaseo del proceso.

El tablero político es pequeño y las instrucciones se repiten. La historia es constante y cíclica: mientras Francisco Noriega finge demencia repartiendo boletos para el juego de las Chivas, la dependencia a su cargo sigue repartiendo patadas, goles, autogoles y penaltis directos a las escuadras de los partidos contrarios.

Bueno, por hoy es todo.
Adiós y aguas con los patinazos…

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