Victoria y Anexas/Ambrocio López Gutiérrez/
Mi primera nota periodística apareció hace más de cuarenta años en El Bravo de Matamoros donde ejercía como director Don J Natividad Alemán (nacido en Güémez); ahí estuve un tiempo, en la sección de Río Bravo-Reynosa, bajo la conducción de mi querido camarada Ángel Alberto Guerra. Tuve un breve receso en mi prometedora carrera de reportero mientras colaboraba en uno de los programas de Coplamar, era presidente de la república Don José López Portillo Pacheco. Luego de mi brevísima incursión en las nóminas de la federación, retomé mi deambular por distintas redacciones conociendo a hombres y mujeres destacados en lo que hacían. Un buen día vine a esta capital con mi familia y me enteré que acababan de inaugurar La Verdad de Tamaulipas, donde reanudé mi ya larga permanencia en los medios.
Aquí nadie me conocía pero tuve la fortuna de que el contador Gabriel era de Matamoros, había sido gerente de El Bravo de Matamoros y admirador de Don J Natividad. Le dije que yo había estado en ese medio y sin hacerme preguntas ni hacerme prueba alguna me puso en la nómina de Periodística del Golfo SA donde permanecí; ahí di a conocer mis fortalezas y debilidades hasta que me despidieron pero esa historia la contaré después más ampliamente (si me alcanza el tiempo de vida). Luego de la Verdad colaboré en la Agencia de Servicios Informativos (ASI), propiedad de mi querido amigo Alberto Guerra Salazar; El Diario de Ciudad Victoria; fui corresponsal de El Financiero por varios años hasta que Alfonso Pérez Vázquez, entonces director general de Prensa y Relaciones Públicas de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, me contrató como redactor, algo que siempre le agradecí, en vida y ahora también. Poncho o El Yuca como se le conocía, dirigió durante años el grupo hegemónico en Derecho-Victoria.
Antes de seguirme inspirando en la nostalgia, arriesgándome a llegar a la tristeza y la depresión, dejaré de ponerme dramático para redactar acerca del tema que hoy me interesa compartir. En las recientes cuatro décadas fui a una buena cantidad de festejos del Día de la Libertad de Prensa (siete de junio) y recuerdo que eran verdaderas fiestas no exentas de excesos desde rifas de regalos (parecía navidad) y los servidores públicos de todos los niveles convivían con reporteros y directivos de medios informativos. Recuerdo en especial el festejo de junio de 1996, fue en un amplio salón del norte de la ciudad donde hubo bebida fuerte y de moderación, mucha comida y, cuando algunos queridos colegas se comenzaron a poner necios, los organizadores de Comunicación Social del gobierno del estado, nos exhortaron a dar por terminada la fiesta no sin antes dar indicaciones de que podíamos llevar la cantidad de bebida que se nos antojara.
A finales del siglo anterior yo era peor de soberbio que hoy y sugerí discretamente a los compañeros reporteros más cercanos que no se llevaran botellas porque nosotros ganábamos lo suficiente para pagarnos nuestros tragos lo cual, en la mayoría de los casos, no era cierto. De nada sirvieron mis mamones comentarios porque algunos tundeteclas (así se nos decía entonces a los que aporreábamos una Olivetti o una Olimpia) ya tenían abrazadas varias botellas de distintas marcas de bebidas espirituosas y enfilaban apresuradamente hacia la salida del recinto para seguir la fiesta por la libertad de prensa. Yo salí también muy orondo, no recogí ninguna botella de licor, ni un bote de cerveza; hipócritamente vociferé que ya había tomado suficiente alcohol pero, como todavía podía manejar, me dirigí a un famoso bar del centro de la ciudad donde podía ir aunque no trajera dinero porque los dueños me conocían y hasta tenía crédito. Bebí lo que quise brindando por el trabajo de los reporteros y la libertad de expresión.
Los recuerdos de mi vida reporteril se hicieron presentes porque aquel festejo del siete de junio de 1996 fue quizá mi última parranda. Digo quizá porque sigo vivo, aunque en estos días completé treinta años sin beber una gota de alcohol y sin fumar cigarrillos que eran mi debilidad; mi vida cambió radicalmente desde que dejé el alcohol y la nicotina, aunque debo reconocer que durante algún tiempo añoré las fiestas en general, particularmente los festejos de periodistas donde pasé algunos de los momentos más agradables de mi vida. Soy diabético, soy abstemio, trato de alimentarme sanamente el cuerpo y el espíritu, sin embargo, soy muy feliz de que muchos de mis amigos y colegas disfruten de un buen vino, un saludable licor o una cerveza helada.
He insistido en que antes eran festejos para la prensa en junio (también en enero) pero en los años recientes, más que fiestas se hacen ceremonias, generalmente por la mañana, así el Estado se ahorra el costo de las bebidas. Lo bueno de todo esto es que hay más libertad de expresión. Sin beber alcohol los reporteros pueden hacer las críticas que deseen. No hay necesidad de emborracharse para increpar a los funcionarios deshonestos o a los políticos corruptos. Una idea que crece en fechas recientes es que en la comunicación institucional terminó la era escrita. Hemos entrado de lleno a la era digital. No se sabe si eso es bueno o malo pero los cambios ahí están. El exresponsable de la imagen de Américo Villarreal Anaya, mi viejo excompañero de lucha gremial, Francisco Cuéllar Carmona, fue el último comunicador oficial cuyo origen laboral fue utilizar durante décadas la palabra como herramienta privilegiada del oficio. Ha llegado la era digital a las oficinas gubernamentales; a los nuevos “comunicólogos” les importa poco lo que digan los medios, los opinadores, ellos se conforman con los likes.
Correo: [email protected]