EN PERSPECTIVA

Por Omar Orlando Guajardo López

– Morena enfrenta un desafío distinto al de 2018

– Las benditas redes sociales ya no son las mismas

– La izquierda puede volver a perder el norte

Morena ya no está peleando la elección que ganó. Está peleando algo más difícil: la facultad de seguir nombrando el país.

Porque los proyectos políticos no empiezan a vaciarse cuando pierden el presupuesto o cuando abandonan el poder. Empiezan a vaciarse cuando otros les explican a los ciudadanos qué está ocurriendo, cuando otros organizan sus miedos y cuando otros terminan redactando la realidad.

En 2018 la pregunta era cómo llegar al poder. En 2026 la pregunta es cómo no dejar vacante la conversación pública. Ganar elecciones no es lo mismo que ganar la conversación pública. La experiencia latinoamericana muestra que muchos gobiernos comenzaron a perder fuerza mucho antes de abandonar el poder, cuando dejaron de disputar el espacio donde se construyen las certezas, las emociones y el sentido común de una sociedad.

López Obrador entendió eso antes que nadie y por eso habló de las benditas redes sociales: eran la grieta por la que podía entrar una conversación que los viejos medios no querían abrir. Pero aquellas benditas redes ya no son estas. Hoy el negocio ya no consiste en explicar la realidad, sino en provocar reacciones. Ya no se trata de ordenar hechos, sino de convertirlos en proyectiles emocionales. La atención se volvió mercancía y la indignación su combustible más rentable.

La mentira viaja más rápido que la verificación y la inteligencia artificial volvió más barato fabricar voces, videos, agravios y certezas de utilería.

Por eso importa lo que acaba de pasar.

Ricardo Salinas Pliego habló de que «va a tener que ser otra cosa más ruda». Y, en otra conversación reportada esta semana, soltó: «estos desgraciados zurdos de mierda no se van por la buena, entonces se van a tener que ir por la mala».

La Presidenta llevó uno de esos fragmentos a la mañanera del 9 de junio, dijo que no tenía pruebas de un vínculo directo con los explosivos hallados rumbo a las protestas de la CNTE y advirtió un intento por instalar la idea de caos en vísperas del Mundial.

Ahí está el punto.

No en el escándalo pasajero, sino en el mecanismo.

Salinas Pliego no aparece aquí como personaje. Aparece como síntoma.

No estamos oyendo a un usuario anónimo perdido en el timeline. Estamos oyendo a un actor con capacidad de amplificar conflictos, instalar climas de opinión y moldear percepciones. Y cuando desde ese tamaño se normaliza la idea de que la confrontación debe escalar, la conversación pública deja de ser discusión y empieza a parecerse a un campo minado.

Las benditas redes sociales se vuelven malditas cuando la furia ocupa el lugar del argumento y cuando lo falso no sólo circula: se instala.

Morena haría mal en subestimar eso.

La oposición todavía no construye una mayoría electoral capaz de disputar el poder nacional. Pero sí viene aprendiendo algo decisivo: antes de ganar votos hay que erosionar certezas; antes de construir programa hay que sembrar reflejos; antes de convencer hay que contaminar el sentido común del adversario.

Esa batalla no se libra sólo en el Congreso ni en campaña. Se libra todos los días en el teléfono de millones de personas, en clips de veinte segundos, en titulares furiosos, en rumores que cruzan más rápido que los hechos.

Brasil, Argentina, Bolivia y Perú muestran variantes distintas de un mismo fenómeno. Ninguno siguió exactamente la misma ruta, pero todos dejaron una lección: los proyectos políticos rara vez comienzan a perder cuando abandonan el gobierno. Empiezan a perder cuando dejan de disputar la interpretación de la realidad cotidiana.

Brasil pasó de trece años del Partido de los Trabajadores a la destitución de Dilma Rousseff; después vio volver a Lula, pero también vio al bolsonarismo asaltar Congreso, Palacio y Supremo. Argentina, tras más de una década de kirchnerismo, terminó entregándose a Javier Milei. Bolivia sigue recordando que una fractura interna puede desgastar incluso al movimiento popular más sólido. Perú, con una década marcada por presidentes efímeros y crisis recurrentes, muestra lo que ocurre cuando nadie consigue ordenar el sentido común nacional.

Los contextos son distintos. Las causas también.

Pero todos esos casos comparten una advertencia para México: la derecha latinoamericana aprendió a reorganizarse después de perder. Aprendió a construir narrativas capaces de convertir problemas concretos en identidades políticas, a disputar emociones antes que programas de gobierno y a operar simultáneamente desde medios de comunicación, plataformas digitales, instituciones, liderazgos de opinión y redes sociales.

No regresó siempre por la misma puerta, pero sí desarrolló una capacidad creciente para influir en la manera en que amplios sectores de la sociedad interpretan la realidad.

México todavía no está ahí.

Pero tampoco está completamente fuera de esa dinámica.

Y aquí entra el norte.

Coahuila acaba de recordarle a Morena que una fuerza dominante a nivel nacional puede chocar con estructuras locales profundamente arraigadas. El PRI conservó su bastión y mostró que una mayoría nacional no garantiza victorias territoriales.

Tamaulipas plantea una advertencia distinta.

Morena gobierna el estado con Américo Villarreal hasta 2028, pero la frontera vive sometida a una velocidad narrativa diferente. Información que cruza desde Estados Unidos, agendas que se contaminan en horas, señalamientos y desmentidos que jamás viajan a la misma velocidad.

Las últimas semanas, alrededor de Américo Villarreal, mostraron exactamente eso.

Las narrativas llegan antes que las conclusiones.

La percepción suele instalarse antes que las pruebas.

Y cuando eso ocurre, la discusión deja de ser sobre hechos y empieza a ser sobre interpretaciones.

Si Morena no logra convertir gobierno y bienestar en identidad política duradera en Reynosa, Nuevo Laredo, Matamoros o Tampico, puede comenzar a desgastarse mucho antes de encontrar enfrente una oposición realmente competitiva.

América Latina lleva años enseñando que los gobiernos no siempre son derrotados por sus adversarios. Muchas veces son derrotados por la versión de la realidad que esos adversarios consiguen imponer.

Los proyectos políticos no empiezan a vaciarse cuando pierden el presupuesto o cuando salen de Palacio. Empiezan a vaciarse cuando otros les nombran el país, les ordenan el miedo y les redactan la realidad.

Si la izquierda latinoamericana no empezó a perder en las urnas sino en la conversación cotidiana de millones de personas, la pregunta para Morena ya no es si puede seguir ganando elecciones.

La pregunta es si podrá seguir nombrando el país antes de que alguien más lo haga por él.