Por Jaume Osante.
Después de muchos años viendo pasar gobiernos, campañas, crisis y promesas de todos los colores, hay algo que sigo creyendo: la libertad de expresión vale más cuando incomoda que cuando coincide con el discurso oficial.
Se habla mucho de este derecho, pero pocas veces se habla de la responsabilidad que lo acompaña. Porque informar no es solamente publicar. Informar implica verificar, contrastar, investigar y, sobre todo, asumir las consecuencias de lo que se difunde.
Las redes sociales cambiaron por completo la forma en que nos comunicamos. Eso es innegable. Hoy cualquier persona puede transmitir información en tiempo real y existen cientos de páginas, portales y perfiles que participan diariamente en la conversación pública. Y eso tiene cosas positivas.
La información circula más rápido, hay más voces y la ciudadanía tiene más herramientas para expresar lo que piensa.
Pero también tiene riesgos. Porque junto a quienes hacen un trabajo serio y profesional, también aparecen quienes confunden información con especulación, rumores con hechos y opiniones con noticias.
Y ahí es donde surge algo que ninguna tecnología ha podido reemplazar: LA CREDIBILIDAD.
La credibilidad no se compra, no se hereda, no se decreta desde una oficina y tampoco se presume. Se construye durante años, con trabajo constante, y puede perderse en cuestión de minutos.
Por eso, en este Día de la Libertad de Expresión, también vale la pena dirigir unas palabras a la clase POLÍTICA MEXICANA, sin importar colores, partidos o niveles de gobierno.
A veces pareciera que algunos olvidan para qué existe la PRENSA.
Los medios no fueron creados para aplaudir boletines ni para convertirse en extensiones de las oficinas de comunicación social.
Criticar no es ATACAR.
Preguntar no es OFENDER.
Investigar no es CONSPIRAR.
Y publicar información comprobable jamás debería interpretarse como una agresión.
Nuestra Constitución protege el derecho a difundir ideas e información sin censura previa y garantiza el ejercicio de profesiones lícitas. El PERIODISMO, por lo tanto, no es una concesión otorgada por los gobiernos en turno. Es un derecho que existe independientemente de quién ocupe el poder.
Claro que los medios también tenemos responsabilidades. Nadie está exento de errores. Cuando nos equivocamos, corresponde corregir. La ÉTICA, el profesionalismo y el compromiso con la verdad no son opcionales; son parte esencial del oficio.
Pero la responsabilidad también alcanza a quienes gobiernan.
La crítica no debería verse como amenaza. La pregunta incómoda no debería convertirse en enemiga. Una democracia madura necesita gobiernos capaces de escuchar incluso aquello que preferirían no escuchar.
Al final del día, los medios somos un puente entre las instituciones y la ciudadanía. A través de nuestro trabajo la gente conoce avances, programas y obras públicas, pero también reclamos, problemas y asuntos que requieren atención.
Nos guste o no, formamos parte de los contrapesos que ayudan a mantener viva una DEMOCRACIA.
Porque una sociedad bien informada fortalece a sus instituciones. Una sociedad desinformada termina fortaleciendo intereses particulares.
Por eso, más que celebrar la libertad de expresión, hay que defenderla todos los días. Cuando es cómoda, pero sobre todo cuando INCOMODA.
Porque cuando una voz es silenciada, el problema nunca termina ahí. Tarde o temprano, la siguiente voz podría ser la nuestra.
Porque callar también es decidir… ahí se los dejo, para pensarlo con calma o con coraje.
Saludos cordiales.