Reflector/Gilda R. Terán.

A través de la historia de la humanidad, se cuenta la gloria de Dios, en donde la fe es el
antídoto espiritual que nos fortalece para enfrentar días grises y así seguir acrecentado en
nuestro diario vivir esta fuerza alentadora.
En Josué 6:1-27, se describe la caída de los muros de Jericó, es un episodio en el que nunca
perdieron los israelitas la comunión con Dios, pero más allá de eso, la destrucción de ese
lugar nos enseña varias verdades importantes acerca de la fe inquebrantable.
Cuenta la historia, que el pueblo de Israel acababa de cruzar el río Jordán y se dirigían a
Canaán (Josué 3:14-17) que era la tierra de leche y miel que Dios había prometido a
Abraham más de 500 años antes.
Y después de pasar cuarenta difíciles años por el desierto del Sinaí, el pueblo de Israel se
encontraba ahora en la orilla oriental del Jordán, su meta era conquistar la tierra de Canaán,
la Tierra Prometida.
Sin embargo, Jericó, era una ciudad amurallada e impenetrable, las excavaciones
realizadas allí revelan que sus fortificaciones contaban con una muralla de piedra de 3,3
metros de alto y 4,2 metros de ancho.
En lo alto de estos cercos había una pendiente de piedra lisa, donde se unía a enormes
muros de piedra que se elevaban aún más, era a grandes luces impenetrable.
En las luchas antigua, estas ciudades eran tomadas por asalto o rodeadas y sus habitantes
eran sometidos por hambre y los invasores podían intentar debilitar los muros de piedra con
fuego o excavando túneles, o simplemente amontonando tierra para construir una rampa.
Cada uno de estos métodos de asalto llevaba semanas o meses, y las fuerzas atacantes
solían sufrir grandes pérdidas, sin embargo, Dios simplemente le dijo a Josué que hiciera
que el pueblo marchara en silencio alrededor de Jericó durante seis días y que, después de
siete vueltas el séptimo día, gritaran.
Esto parecía una locura, pero Josué siguió las instrucciones de Dios al pie de la letra, y
cuando el pueblo finalmente gritó, las enormes murallas se derrumbaron al instante e Israel
obtuvo una fácil victoria.
Por lo tanto, cuando nos enfrentamos a dificultades aparentemente insuperables, debemos
aprender que nuestras victorias como la de Jericó solo se obtienen cuando nuestra
obediencia fiel a Dios es completa .

Tome en cuenta que hay muchos muros gigantescos, que representan los obstáculos y
riesgos que encontramos en la vida, ya sean espirituales o físicos, y su presencia deteriora y
merma nuestra existencia.
Pero, la fe es un arma poderosa contra este enemigo, por eso estoy segura que el verdadero
portador de un ideal, no le parece extraña las dificultades, ni se acobarda ante estas, sino
más bien se eleva ante ellas.
Sin embargo pienso también que ante las dificultades que hay, tenemos que pagar un
precio de lucha, junto a esto, nuestra perseverancia, contra todo desafío, tenemos que creer
precisamente en la esperanza.

Nos vemos en la próxima.
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