Por René Martínez Bravo
En política no existen las casualidades.
Mucho menos las declaraciones inocentes.
Y cuando un actor con años de experiencia en la grilla decide lanzar frases como “una ambición desmedida, una enfermedad del alma”, refiriéndose nada menos que a la senadora Maki Esther Ortiz Domínguez, queda claro que el reloj electoral ya comenzó a correr, aunque oficialmente todavía no sea tiempo.
El diputado Armando Zertuche Zuani ha tirado la primera piedra. Y no contra cualquier adversario. Lo hizo contra el mismo grupo político que un día fue su aliado, el mismo que lo impulsó, lo respaldó y lo ayudó a posicionarse en momentos clave. Porque guste o no, el grupo encabezado por Maki Ortiz y el alcalde de Reynosa, Carlos Peña Ortiz, sigue siendo el de mayor peso político y electoral en toda la región norte de Tamaulipas.
Por eso sorprende —o quizá ya no tanto— el tono y la agresividad del mensaje lanzado por Zertuche. No parece un comentario aislado, sino el inicio formal de una batalla política que ya comenzó entre grupos de poder que buscan llegar vivos y fortalecidos al 2027 y al 2028.
Porque el fondo del asunto no es ético ni moral. El fondo es el poder.
Y el poder, cuando se tiene, no se entrega así nada más. Se negocia, se comparte, se condiciona… pero jamás se regala voluntariamente. Mucho menos en Reynosa, donde se concentra una de las estructuras electorales más grandes e influyentes del estado.
Ahí es donde Armando Zertuche parece entrar en una ruta peligrosa: la de confrontar a quienes todavía conservan músculo político, estructura territorial y capacidad de movilización. Y eso no parece precisamente una jugada improvisada. Zertuche no es ningún novato. Ha pasado por PRI, PRD y ahora Morena. Sabe perfectamente cómo funcionan las lealtades temporales y las guerras internas disfrazadas de principios.
Por eso sus palabras terminan viéndose más como una estrategia de supervivencia política que como un auténtico posicionamiento ideológico.
Porque también hay que decirlo: cuando el diputado habla de “ambición enferma de poder”, inevitablemente termina describiendo buena parte de la política mexicana… incluida la suya. Sería ingenuo pensar que alguien con décadas brincando de proyecto en proyecto político pueda presentarse hoy como el guardián de la pureza ética.
Y quizá ahí aparece la verdadera lectura de fondo.
Armando Zertuche sabe que los tiempos cambiaron. Sabe que las decisiones rumbo al 2027 y 2028 no se tomarán solamente en Reynosa ni en Tamaulipas, sino desde el centro del país. Y sabe también que, si no genera ruido, corre el riesgo de quedarse fuera de toda negociación futura.
Porque en política, el peor escenario no es perder… es dejar de ser tomado en cuenta.
De ahí que muchos interpreten este ataque como un intento desesperado por volver a colocarse en la conversación, por demostrar vigencia, por mandar señales hacia arriba y recordar que todavía existe. Tirar primero para después sentarse a negociar. Vieja escuela política.
El problema es que enfrente no tiene un grupo debilitado ni aislado. Tiene a una estructura que ha demostrado capacidad electoral, operación política y control regional. Y aunque dentro de Morena existan resistencias hacia el makismo, tampoco pueden darse el lujo de despreciar un capital político que les ha servido para ganar elecciones.
Porque esa es otra verdad incómoda que las declaraciones de Zertuche dejaron al descubierto: mientras ese grupo fue útil electoralmente, fue abrazado, promovido y aprovechado. Pero ahora que comienza a perfilarse con fuerza propia, particularmente bajo la sombra de una posible expansión desde el Partido Verde, empiezan los ataques, las descalificaciones y los discursos de “ética política”.
Curiosa coincidencia.
Lo cierto es que esto apenas comienza. Y ya comenzó con pólvora.
La carrera por el 2027 arrancó antes del silbatazo oficial. Los grupos ya enseñan los dientes. Los mensajes ya dejaron de ser amistosos. Y las alianzas que ayer parecían sólidas hoy empiezan a fracturarse bajo el peso de las ambiciones personales y la lucha por la sucesión.
Lo que viene será una guerra política de alto voltaje.
Y apenas cayó la primera piedra.
Hasta la próxima