Agenda Política

Por: Juan Antonio Lerma

●Morenistas: prueba de fuego
●5 de mayo: el triunfo del débil

La llegada de ARIADNA MONTIEL REYES a la dirigencia nacional de Morena no es un día de campo, es más bien una pista llena de minas.
Ciertamente, el partido en el poder no solo carga con el peso de gobernar, sino con sus propias tormentas internas: grupos, intereses, egos y “tribus” que, cuando huelen incertidumbre, sacan las uñas.
MONTIEL REYES, tiene enfrente una tarea nada menor: bajar la temperatura al interior, ordenar la casa y evitar que el movimiento se convierta en un ring de lucha libre sin referee. Porque si algo ha demostrado Morena es que, sin cohesión, su fuerza se diluye más rápido de lo que creció.
A eso se suma el ruido externo.
Las turbulencias políticas de Estados Unidos siempre tienen eco en México, y Morena no es ajeno a esos nerviosismos. Mantener la estabilidad interna mientras afuera soplan vientos fuertes y desestabilizadores será clave para no perder el rumbo de cara a próximas elecciones.
Pero el verdadero reto es hacia adelante: construir cuadros competitivos, dejar de improvisar candidaturas y apostar por perfiles que realmente conecten con la ciudadanía.
Porque el “carro completo” no es eterno, y la confianza del electorado tampoco.
En paralelo, la cercanía con la presidenta CLAUDIA SHEINBAUM PARDO puede ser una fortaleza o una presión adicional. Mientras MONTIEL REYES intenta disciplinar al partido, SHEINBAUM PARDO tiene su propia batalla: legitimar su gobierno con resultados, abrir las ventanas de la transparencia dentro del servicio público y, sobre todo, cortar de raíz la vieja práctica de encubrir a políticos incómodos.
Porque ahí está el talón de Aquiles: si Morena no limpia su casa y sigue solapando a personajes cuestionados, el discurso de transformación se queda en slogan.
Así que no, no es solo un cambio de liderazgo. Es una prueba de fuego. Y en política, como en la vida, el verdadero examen no es llegar sino mantenerse sin perder credibilidad en el intento.

DEL ARCHIVERO…

Hoy no es un día cualquiera. El 5 de mayo llega puntual cada año, pero su significado parece diluirse entre ceremonias repetidas y discursos que ya nadie cuestiona.
La Batalla de Puebla no fue un acto simbólico: fue un acto de resistencia real, incómodo, arriesgado y, sobre todo, valiente.
En aquel entonces, México estaba golpeado, endeudado y dividido, pero aun así decidió no agachar la cabeza.
El general IGNACIO ZARAGOZA no pidió condiciones ideales ni esperó tiempos mejores; enfrentó a una potencia militar como Francia con lo que había, pero con una convicción que hoy parecería “radical”: defender la soberanía sin matices.
Y es justo ahí donde el espejo histórico empieza a incomodar.
Porque en los tiempos actuales, la soberanía se invoca mucho pero se ejerce poco.
Se habla de independencia mientras se negocia en lo oscuro, se presume fortaleza mientras se evaden decisiones difíciles, y se apela al pueblo mientras se toleran prácticas que poco tienen que ver con aquel espíritu de batalla de 1862.
El problema no es recordar la historia, es usarla como escudo mientras la realidad va por otro lado.
El 5 de mayo debería servir menos para aplaudir el pasado y más para revisar el presente.
Porque la diferencia entre conmemorar y honrar es simple: lo primero se dice, lo segundo se demuestra.
Y hoy, más que nunca, México necesita menos ceremonia y más carácter.
Han pasado 164 años de aquella defensa de nuestra soberanía mexicana.

Por hoy es todo. Sale y vale!.

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