Dr. Fernando Arriaga Martínez
En nuestro país, uno de los problemas menos discutido -pero más dañino- del
sistema educativo no está en los planes de estudio ni en los libros de texto, sino
en quién está frente al grupo. El problema no es menor, no es cómodo aceptar
que, en México, hay aulas de primaria y secundaria donde quien está al frente, no
llegó por mérito, preparación o vocación, sino por herencia. Sí, herencia. Como si
la educación pública fuera un patrimonio familiar y no un derecho de millones de
niños.
El Sindicato, siempre el Sindicato.
Durante décadas, prácticas ligadas a estructuras sindicales —particularmente en
torno al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación— permitieron que
plazas y horas se transfirieran entre familiares. Aunque en el discurso oficial eso
se ha combatido (sobre todo tras reformas impulsadas desde la Secretaría de
Educación Pública), en la práctica aún persisten resabios en distintas regiones del
país, ya sea porque la supervisión es débil o porque son lugares dónde los
acuerdos informales pesan más que la ley.
En México existen 1 millón 453 mil maestros de educación básica de los cuales
155 mil 880 no cuentan con la licenciatura reconocida como tal. Desde 1984 se les
brindó la oportunidad a los egresados antes de ese año la oportunidad de hacer la
nivelación, y como suele suceder en nuestro país no existe un dato oficial del
número de Maestros que obtuvieron el grado de Licenciatura, como en muchas
cosas del área, no hay control.
Se podría considerar entonces que de los 71,559 Maestros de Educación Primaria
no se tiene el registro de su grado de actualización, porque de los 52,291
Maestros de Secundaria se supone que ellos si debieran de ostentar el título de
Licenciados. El problema es que no hay un número registrado de los Maestros de
Secundaria que estén frente a grupo que su formación sea completa y por lo tanto
puedan ofrecer a nuestros jóvenes una educación de calidad.
El único estado del país que investiga casos de docentes sin título y por lo tanto
usurpan funciones es Durango, pero a nivel nacional no hay una cifra clara de
cuantos se ajustan a esta situación específica.
Estas tramposas estructuras arraigadas dentro del sistema educativo, muchas
veces vinculadas al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y
toleradas en distintos momentos por la Secretaría de Educación Pública
permitieron que plazas y horas se manejaran como si fueran bienes transferibles.
Estos vicios siguen existiendo, enriqueciendo a unos cuantos y contribuyendo a
deteriorar el de por si empobrecido sistema educativo, sobre todo del nivel de
secundarias. Tamaulipas, está entre los estados donde más descuidado está este
rubro.
Resultado de esta irresponsabilidad.
¿Y cuál es el problema de fondo? No es sólo un tema legal o administrativo. Es
ético y social. Porque mientras un profesionista se prepara años para poder
enseñar —estudia pedagogía, didáctica, psicología del aprendizaje—, hay quienes
entran al aula sin esas herramientas básicas. El resultado: estudiantes con vacíos
formativos, clases improvisadas y, en el peor de los casos, generaciones
completas que arrastran deficiencias.
No se trata de satanizar a todos los que están en esa situación. Algunos, incluso
sin título, hacen esfuerzos genuinos por enseñar bien. Pero el sistema no puede
depender de la buena voluntad.
Ser docente no es simplemente “pararse a explicar”. Implica conocer como
aprenden nuestros niños y adolescentes, saber diseñar estrategias didácticas,
identificar dificultades, evaluar procesos y adaptarse a contextos diversos. Pero
para saber hacer todo esto, se estudia y se construye con formación y práctica.
Cuál es el resultado de la carencia de todo esto en nuestros maestros, alumnos
que avanzan con vacíos que se acumulan año tras año. La educación no es un
experimento ni un acto de improvisación: requiere preparación formal, evaluación
constante y compromiso profesional.
Además, esta práctica perpetúa la desigualdad. Mientras que en algunas escuelas
privadas o en contextos más favorecidos se exige preparación y actualización, en
sectores públicos más vulnerables se tolera lo contrario. Es decir, quienes más
necesitan una educación sólida son, muchas veces, quienes reciben la más débil.
La herencia maldita
También hay un mensaje peligroso detrás: que el esfuerzo no importa, que el
acceso se negocia o se hereda, que el mérito es secundario. Y eso contradice
completamente lo que se supone que la escuela debe enseñar.
Si México quiere mejorar su sistema educativo, no basta con cambiar planes de
estudio o repartir libros. Hay que ir al núcleo: ¿quién está frente al grupo?
Profesionalizar de verdad, evaluar sin simulaciones y cerrar definitivamente la
puerta a prácticas heredadas.
Porque al final, cada hora “regalada” no es sólo una irregularidad administrativa:
es una oportunidad perdida para un niño. Y eso, en un país con tantos retos
educativos, es un lujo que simplemente no se puede permitir.
Y sobre todo, hacer entender a las autoridades de los diferentes niveles
educativos que no son áreas aisladas de la Secretaría de Educación, sino que son
(como lo anotábamos en la colaboración anterior) un todo, en donde todos los
niveles, son responsables de todo.
P.D. 1. La colaboración presente nos abre el camino para revisar en una futura
entrega el número de maestros tan elevado, frente al número de alumnos.
P.D. 2. Habrá que ver si los aspirantes a dirigir la Sección 30, tienen entre sus
planes el elevar el nivel educativo, de los Maestros de todos los niveles, o si todo
es simplemente fomentar la famosa y fastidiosa “grilla”.
Muchas Gracias