Por Jaume Osante.

Mira, te lo digo como alguien que ya ha visto varias vueltas de esta historia… cuando el poder habla de “ordenar” al periodismo, uno no puede evitar levantar la ceja.

No por capricho. Por experiencia.

La iniciativa de la diputada Cynthia Lizabeth Jaime Castillo suena bien en el papel: un Colegio de Periodistas, autónomo, sin sanciones legales, con la idea de dignificar el oficio. Y sí, es cierto… el gremio necesita orden, ética, identidad. Nadie que haya estado en una redacción en serio te va a decir lo contrario.

Pero también te digo algo: el problema nunca ha sido reconocer la necesidad de mejorar, sino quién quiere hacerlo… y desde dónde. Porque esto no es nuevo.

Desde los tiempos de Antonio López de Santa Anna y su famosa Ley Lares, el discurso era parecido: poner reglas, dar estructura, evitar excesos. En la práctica, ya sabemos en qué terminó: control. Luego vino otra etapa, más silenciosa pero igual de efectiva. Gobiernos que no necesitaban leyes duras, porque tenían algo más útil: covenios, publicidad, cercanía. Una forma más elegante de influir sin ensuciarse las manos.

Y hoy, aunque el lenguaje ha cambiado, el fondo sigue generando ruido. Ahí tienes las discusiones recientes desde el gobierno federal encabezado por Claudia Sheinbaum, donde temas como la regulación digital o el manejo de plataformas han encendido focos amarillos. No porque todo esté mal, sino porque en estos terrenos, cualquier ambigüedad pesa.

Por eso esta iniciativa en Tamaulipas no se puede leer en frío. Porque aunque diga que no sanciona, sí señala. Y en este oficio, el señalamiento pesa más de lo que muchos quieren admitir.

Ahora, bajémoslo a lo local.
En Tamaulipas, ejercer el periodismo no es sencillo. Nunca lo ha sido. Aquí no solo se trata de escribir bien o investigar mejor. También se trata de resistir presiones, navegar intereses y, muchas veces, medir riesgos. Entonces, crear un organismo que emita “extrañamientos públicos” suena inofensivo… hasta que entiendes cómo funciona realmente el entorno.

Porque no necesitas una multa para incomodar a alguien. A veces basta con ponerle una etiqueta. Y si eso lo llevas al sur del estado —Tampico, Madero, Altamira— donde el ecosistema es más cerrado, donde todos nos conocemos, donde las relaciones pesan… el efecto puede ser todavía más delicado.

Aquí una señal, un comentario, una “recomendación ética” puede convertirse en conversación de pasillo, en presión indirecta, en desgaste innecesario. Y eso, aunque no esté escrito en la ley, también es poder.

Yo no creo que la intención sea censurar. Sería injusto afirmarlo así de plano. Pero tampoco creo en las casualidades políticas. Cuando desde el poder se impulsa una figura que, de alguna manera, puede definir quién ejerce bien y quién no… hay que mirarlo con cuidado.

Porque el periodismo, por definición, es incómodo. Y debe seguir siéndolo.

Ordenarlo demasiado… puede ser otra forma de suavizarlo. Y un periodismo suave, dócil o clasificado, deja de ser periodismo.
Se convierte en otra cosa.

Por eso la discusión no debería centrarse en si hace falta ética (claro que hace falta), sino en algo más de fondo: quién tiene la autoridad moral para marcar esa línea.
Porque cuando el poder empieza a organizar a quienes lo vigilan… la historia ya nos enseñó cómo puede terminar. Y eso, aquí y en cualquier lado, nunca ha sido buena señal.

Porque callar también es decidir… ahí se los dejo, para pensarlo con calma o con coraje.