Palabras libres

Nada descorazona tanto a un pueblo que el sentirse traicionado.

Por: Edgar Joel Yépez Ibarra 

Al igual que un pintor, un escultor o un músico, captan la esencia de lo que ven y la plasman para que otros la sientan, hoy quiero compartir este retrato sobre lo que me ha tocado observar a través de los años.

Hemos visto a mujeres y hombres llegar al poder, felices y cargados de promesas, despertando en nosotros una esperanza para el cambio. Pero esa ilusión suele marchitarse cuando se observa que el compromiso social se va quedando en el camino, en el olvido, cuando la ambición va enfermando los sentidos.

Es triste y doloroso ver cómo la ambición -esa fuerza que transforma a las personas- los aleja de su humanidad y del respeto por los demás. Quien pierde el sentido del deber y la empatía ante el dolor ajeno, termina por perder también su propio rumbo y hemos visto que no terminan nada bien.

El gran desafío para quien lidera en los tiempos presentes, es aprender de las lecciones pasadas, tener la capacidad de autolimitarse y mantenerse fiel al bien común, sin cruzar esa línea donde la dignidad se pierde por quitar lo que a otros pertenece.

He visto tanto en el ejercicio del poder, y es la razón por lo que, a manera de advertencia, bien se puede decir  que, todo político que juega con la vida de los demás, que no les interesa la vida de los demás, más que el tesoro público, generan enorme atraso social, pero, también, atraen para sí cosas nada agradables. Y aquí subrayo: nada descorazona tanto a un pueblo que el saberse saqueado por quien prometió hacer justicia.

Hay que tener cuidado. Desde ningún lugar en el que nos encontremos perdamos lo humano, ni alimentemos el ego con lo que es de todos. Al final, nada en la vida se disfruta tanto como la felicidad de hacer el bien; esa es la verdadera, monumental y silenciosa grandeza humana.