Por René Martínez Bravo

En política, las renuncias rara vez son solo personales. Casi siempre son mensajes. A veces discretos, otras veces inevitables. Pero mensajes al fin.

La salida de Francisco Cuéllar Cardona de la Coordinación General de Comunicación Social del Gobierno de Tamaulipas no debe leerse únicamente como el cierre de un ciclo profesional, como él mismo lo plantea. Sería ingenuo.

Tres años y medio no son poca cosa. En ese tiempo se construyen estrategias, se sortean crisis, se define narrativa y, sobre todo, se administra la relación entre el poder y la opinión pública. Comunicación Social no es un área técnica: es un espacio profundamente político.

Por eso su salida abre más preguntas que certezas.

¿Se trata de un relevo natural o de un ajuste necesario?
¿Es una decisión personal o parte de una reconfiguración más amplia dentro del gobierno estatal?

Porque si algo ha quedado claro en los últimos meses es que la comunicación institucional enfrenta nuevos retos. Ya no basta con boletines ni con controlar la agenda mediática. Hoy la conversación pública es más ágil, más crítica y mucho menos controlable.

Y ahí es donde comienzan los desgastes.

Cuéllar, periodista de origen, decidió —como muchos— cruzar la línea hacia el servicio público. Lo hizo, según sus propias palabras, “desde otra trinchera”. Y eso implica costos: dejar de observar para convertirse en parte del mensaje.

Ahora anuncia su regreso al periodismo. Un retorno que, más allá de lo personal, también tiene carga simbólica. Porque volver a la prensa después de haber estado en el poder nunca es un movimiento neutro.

Mientras tanto, hacia adentro del gobierno, la renuncia inevitablemente sacude.

Comunicación Social no opera en el vacío. Está conectada con todas las áreas, con cada decisión, con cada error y con cada acierto. Es el termómetro de la narrativa gubernamental. Y cuando hay cambios ahí, pocas veces son aislados.

De hecho, la salida de Cuéllar se da en un contexto donde ya se perciben tensiones, ajustes pendientes y rumores constantes en distintas dependencias. La pregunta es si este movimiento será el primero de varios… o simplemente una válvula de escape.

Porque el fondo del asunto no es quién comunica, sino qué se está comunicando.

Y más importante aún: si lo que se comunica coincide con lo que la gente está viviendo.

Ahí es donde los gobiernos se juegan credibilidad.

Hoy, con la salida de Cuéllar, el gobierno de Tamaulipas enfrenta una oportunidad: redefinir su estrategia, corregir errores y entender que la comunicación no es maquillaje, sino coherencia.

Porque cuando el mensaje no coincide con la realidad, no hay narrativa que lo sostenga.

Y en política, eso siempre termina por notarse.