EN PERSPECTIVA
Por: Omar Orlando Guajardo López
El primer gran partido de izquierda que logró disputar el poder en México terminó desapareciendo cuando comenzó a parecerse demasiado a aquello que decía combatir. El PRD perdió su identidad, perdió su base social y terminó convertido en una sombra de sí mismo. Su destino quedó marcado cuando dejó de representar un proyecto político para convertirse en un espacio de negociación de posiciones. Hoy, aunque en tiempos distintos, ese mismo riesgo comienza a asomarse en el Partido del Trabajo y en el Partido Verde Ecologista de México.
La reciente crisis por la reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum dejó una escena reveladora: el Partido del Trabajo y el Partido Verde Ecologista de México votaron junto a la oposición para frenar la reforma constitucional. Días después, la política volvió a hacer lo que mejor sabe hacer: recomponerse.
En una conferencia donde participaron dirigentes y coordinadores parlamentarios de los tres partidos —Luisa María Alcalde, Alberto Anaya, Karen Castrejón, Ricardo Monreal, Ignacio Mier, Manuel Velasco, Carlos Puente y Reginaldo Sandoval— la coalición volvió a cerrar filas para respaldar el llamado Plan B electoral.
Arriba se recompuso la alianza.
Abajo, la política siguió exactamente igual.
En Tamaulipas, el Partido del Trabajo ha intentado construir presencia territorial desde los años recientes de la 4T en ciudades como Ciudad Victoria, Reynosa, Matamoros, Nuevo Laredo y Tampico, con resultados desiguales. Su método es conocido en la política local. Aparecen operadores que ayer militaron en otros partidos —PRI, PAN, Morena, PES, Movimiento Ciudadano o incluso el propio PRD— y que hoy levantan nuevas banderas partidistas.
La lógica es sencilla: organizar afiliaciones, levantar estructuras y reunir gente en colonias populares con la esperanza de que ese trabajo político terminará traduciéndose en candidaturas, regidurías o posiciones dentro del poder.
Pero la política rara vez funciona de esa manera.
En ese proceso participan muchas veces ciudadanos de a pie que buscan apoyos o una oportunidad de representación. Personas que se integran a estas estructuras convencidas de que están construyendo un proyecto político colectivo, cuando en realidad muchas de esas afiliaciones terminan funcionando como capital de negociación para quienes dirigen esos movimientos.
Las estructuras sirven para demostrar fuerza; las posiciones se negocian en las cúpulas.
Por eso no resulta extraño ver a los mismos operadores brincar de partido en partido con cada ciclo político, llevando consigo a quienes lograron sumar en el camino.
En Reynosa, como en otras ciudades del estado, hay quienes llevan meses organizando afiliaciones, recorriendo colonias y levantando estructuras con la promesa de que ese trabajo territorial abrirá espacios en cabildos o congresos locales. Sin embargo, cuando llega el momento de las decisiones, el destino de esas estructuras se define lejos de las colonias donde se construyeron.
El Partido del Trabajo parece caminar una ruta conocida en la política mexicana: la de los partidos que terminan atrapados en el oportunismo que dicen combatir. El Partido Verde, en cambio, ha sobrevivido durante décadas gracias a otra habilidad: leer antes que nadie hacia dónde se mueve el poder.
La diferencia no es menor.
Cuando un partido pierde su coherencia política, primero pierde credibilidad, luego pierde estructura y finalmente pierde relevancia. Y cuando una fuerza política se debilita de esa manera, no sólo se diluye una sigla: también se desmorona la red de operadores que vivía de esas estructuras, los mismos que brincaban de partido en partido levantando afiliaciones y prometiendo posiciones que rara vez dependían de ellos.
En tiempos donde todo queda registrado y la memoria política ya no se borra con facilidad, las contradicciones terminan pasando factura.
La historia política mexicana ha demostrado que cuando un partido deja de representar un proyecto y se convierte sólo en un vehículo de negociación, tarde o temprano termina pagando el precio. Y en ese proceso no sólo se desgastan las siglas, también desaparece el andamiaje de operadores que durante años construyó su poder en el territorio.
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