El Patinadero

Juan Antonio Montoya Báez

El esposo de Mariana, ese padre de siete hijos que hoy se pavonea en el extranjero, parece haber hecho de la impunidad su mayor espectáculo.

Mientras en México, la Suprema Corte de Justicia de la Nación finalmente le dio un revés al reactivar las órdenes de aprehensión por delincuencia organizada y lavado de dinero, él se dedica a retar al sistema desde la comodidad del exilio.

La magistrada LENIA BATRES fue quien empujó el proyecto que terminó por derrumbar el muro de amparos que el exgobernador construyó con una red de jueces federales «amigos». Esos favores, aceitados con el poder político y económico que emanaba de Tamaulipas, hoy se desmoronan. Pero FRANCISCO JAVIER GARCÍA CABEZA DE VACA no parece enterado o, peor aún, no parece importarle.

Recordamos bien su salida: el primer gobernador en la historia moderna del estado que no tuvo el valor de presentarse a la entrega-recepción. Huyó entre sombras, dejando una Casa de Gobierno en ruinas y con la basura acumulada, cruzando la frontera ante el pánico de ser detenido en suelo mexicano.

Hoy, se suma a la galería de exmandatarios con cuentas pendientes, siguiendo los pasos de TOMÁS YARRINGTON y EUGENIO HERNÁNDEZ.

Sin embargo, el mensaje que envía desde Estados Unidos es de un cinismo absoluto. Con la cartera abierta y los dólares —esos 8 mil millones de pesos que la Contraloría estatal no encuentra por ningún lado—, CABEZA DE VACA se pasea por la Feria Ganadera y el Rodeo de Houston.

 Ahí, enfundado en su cuera con el escudo de Tamaulipas, monta a caballo, acaricia sementales y presume su libertad como si fuera un trofeo.

El exgobernador decidió interpretar el papel de «payaso de rodeo» en Texas. Se exhibe sin miedo a las amenazas de la 4T, consciente de que hasta ahora solo le han ladrado mucho pero no le han soltado ni una mordida.

Es el viejo juego del perro y la piedra imaginaria: el gobierno amaga con lanzarla, pero él sabe que su nacionalidad estadounidense y su rol como informante son el escudo perfecto que lo vuelve, por ahora, intocable.

Mientras el «payaso de rodeo» siga riéndose de la justicia mexicana desde los sectores exclusivos de Houston y otras ciudades texanas, sus chistes seguirán siendo una bofetada para un pueblo tamaulipeco que aún espera ver transparencia en sus finanzas.

Su mayor fortaleza hoy no es el liderazgo, sino el dinero que se llevó y la protección de una frontera que lo separa de la cárcel.

En el mundo del revés, los patos le tiran a las escopetas.

En ese mismo mundo, nos preguntamos qué paso siempre con LUIS LAURO REYES, el delegado de la Secretaria de Bienestar Federal, un conserje que se olvidó de la lealtad.

En los pasillos del poder tamaulipeco, la pregunta sigue en el aire: ¿Qué demonios pasó con LUIS LAURO REYES? El delegado de Bienestar Federal protagonizó esta semana un acto de equilibrismo político que raya en el cinismo, tras un intento de remoción que terminó en una vergonzosa «reversa» institucional.

La orden fue clara y salió directamente del tercer piso: le pidieron la renuncia y hasta se emitió un comunicado —por las vías no tradicionales— anunciando su relevo. No fue un rumor; fue una sentencia dictada por su probada incapacidad al frente de la política social.

Sin embargo, LUIS LAURO, olvidando por completo a quién le debe la silla y la amistad, se puso a la defensiva y corrió a la Ciudad de México a venderse como víctima de una «persecución injusta».

Parece que sus lágrimas en la capital tuvieron eco. Logró que le permitieran quedarse, pero el costo ha sido la ruptura del cordón umbilical con el estado. Ahora, LUIS LAURO ya no despacha bajo la venia de Tamaulipas; hoy se siente blindado por la «sombrilla» de la Federación, opera como un ente autónomo que ya no rinde cuentas a quien lo encumbró.

REYES, quien en sus días de gloria en Güémez se desempeñaba como conserje de una escuela primaria, demostró que no perdió la habilidad para mover la escoba. Solo que esta vez no la usó para limpiar pasillos, sino para barrer cualquier rastro de compromiso, lealtad o gratitud.

Olvidó convenientemente que su salida se gestó por su estrepitoso fracaso como funcionario y no por una intriga palaciega.

Al final, la culpa es compartida. El error no es solo de quien traiciona, sino de quien, en un exceso de confianza o miopía política, decidió poner a un burro a lamer la miel. Hoy, el delegado despacha con la soberbia del que se sabe «rescatado», mientras en el estado toman nota de que el agradecimiento, en política, tiene fecha de caducidad.

Bueno, por hoy es todo.
Adiós y aguas con los patinazos…

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