Por: Luis Enrique Arreola Vidal.
En política existen batallas que pueden perderse.
Y existen batallas que simplemente no están permitidas perder.
La reforma electoral que impulsa la presidenta Claudia Sheinbaum pertenece a la segunda categoría.
No es una iniciativa más.
No es un simple ajuste técnico.
Es, en realidad, una prueba de mando.
Y el mando —en la política real— se demuestra cuando el poder se ejerce, no cuando se administra.
Porque conviene decirlo con claridad brutal: Sheinbaum no puede permitirse perder esta reforma.
No frente a la oposición. Y mucho menos frente a las propias tribus del movimiento.
Quien crea que la presidenta está improvisando, negociando a ciegas o cediendo terreno, simplemente no ha entendido cómo funciona el poder cuando está concentrado en una sola mano.
Sheinbaum no llegó a Palacio Nacional para administrar inercias.
Llegó para reordenar el tablero.
EL PODER NO SE PIDE: SE EJERCE.
Empecemos por los números. Porque la política puede ser retórica, pero el poder siempre descansa sobre datos.
El sistema electoral mexicano cuesta 2.5 veces más por habitante que el de Brasil o India.
Miles de millones de pesos se consumen cada año en un aparato que, lejos de fortalecer la democracia, terminó alimentando a burocracias partidistas que viven del erario.
La reforma que envió la presidenta al Congreso plantea algo simple, pero explosivo:
Reducir 25% el gasto del sistema electoral.
Eliminar las listas cerradas de plurinominales, esas curules regaladas por cúpulas partidistas.
Reducir el Senado de 128 a 96 integrantes, todos electos por voto directo.
Endurecer la fiscalización del dinero electoral, cerrando la puerta al narcofinanciamiento.
Regular IA, bots y manipulación digital en campañas.
Facilitar voto directo de mexicanos en el extranjero.
No es una revolución ideológica.
Es, sencillamente, racionalidad política y económica.
Pero detrás de los números hay algo más profundo: una redefinición del poder electoral en México.
Y eso explica el nerviosismo.
LOS ALIADOS TAMBIÉN TIENEN MIEDO.
La oposición —PAN, PRI y PRD— ya salió a gritar lo de siempre:
“golpe a la democracia”.
Pero la verdadera resistencia no está ahí.
Está dentro del propio bloque oficialista.
El PT y el Partido Verde saben perfectamente lo que esta reforma significa:
menos plurinominales, menos prerrogativas, menos sobrevivencia artificial.
Durante décadas esos partidos vivieron de un sistema que les garantizaba representación aunque nadie votara por ellos.
Por eso patalean.
No defienden la democracia.
Defienden su subsidio político.
LA PRESIDENTA MÁS PODEROSA.
Hay algo más que muchos analistas pasan por alto.
Claudia Sheinbaum no es una presidenta débil.
Al contrario.
Es probablemente la jefa de Estado más poderosa que ha tenido México en décadas.
Ganó con más de 35 millones de votos.
Controla la mayoría en el Congreso.
Tiene alineados a la mayoría de gobernadores.
Y ha demostrado, incluso en el escenario internacional, una capacidad de negociación que sorprendió a muchos.
Basta recordar su interlocución con Donald Trump, donde logró mantener canales de negociación abiertos en uno de los contextos geopolíticos más complejos de los últimos años.
Eso no lo hace alguien débil.
Eso lo hace alguien que sabe exactamente cómo usar el poder.
EL ANZUELO DEL PODER.
Por eso conviene leer con cuidado lo que está ocurriendo.
Sheinbaum negocia.
Escucha.
Simula aperturas.
Da margen.
Pero en política, muchas veces la negociación es simplemente el anzuelo.
Quien lo muerde termina enfrentándose a una realidad elemental:
la cadena de mando existe.
Y en este momento del sistema político mexicano la cadena de mando pasa por Palacio Nacional.
Desafiarla no es rebeldía.
Es ingenuidad.
LA VENTANA HISTÓRICA.
Hay además un factor de tiempo.
Si esta reforma no se aprueba ahora, con una mayoría legislativa sólida, el escenario cambiará inevitablemente hacia 2027.
El desgaste del poder es una ley natural de la política.
Por eso las reformas estructurales no se hacen al final del sexenio.
Se hacen al inicio, cuando el capital político está intacto.
Sheinbaum lo sabe.
Y por eso la reforma fue enviada sin diluirse.
UN GOLPE EN LA MESA.
La política mexicana lleva décadas atrapada en un sistema electoral caro, inflado y diseñado para repartir cuotas entre élites partidistas.
La reforma de Sheinbaum busca algo simple:
romper ese ciclo.
No con maquillaje.
No con ajustes cosméticos.
Sino con un golpe directo al corazón del sistema.
LA PREGUNTA FINAL.
La verdadera pregunta no es si habrá resistencias.
Las habrá.
La verdadera pregunta es otra:
¿De verdad alguien cree que la presidenta más poderosa que ha tenido México va a permitir su primera gran derrota política?
Porque en política hay algo que todos saben, aunque pocos lo digan en voz alta.
Cuando el poder está claro…
las reformas no se negocian.
Se imponen.