● “O actúas contra el Mencho o actuamos nosotros”, Según Héctor Berrellez,
exigente de la DEA sostiene que ese fue el mensaje de EE.UU a México.
Por Agustin Peña Cruz
Tampico, Tamps.- En una entrevista con la periodista Adela Micha, el exagente de la DEA
Héctor Berrellez volvió a colocar en el centro del debate público una de las historias más
incómodas para la relación bilateral entre México y Estados Unidos: el asesinato de Enrique
Camarena y la llamada “Operación Leyenda”. Su testimonio no solo revive el expediente
más explosivo en la historia contemporánea de la cooperación antidrogas, sino que apunta
directamente a estructuras de poder en ambos países.
Berrellez, quien participó en la investigación del homicidio del agente encubierto ocurrido en
1985 en Guadalajara, sostuvo que la muerte de Camarena fue “una muerte política”. Según
su versión, la explicación oficial —que atribuía el crimen a represalias del narcotráfico por
operativos contra plantíos— ocultó un entramado más profundo. “El gobierno americano se
asoció con el cartel de Guadalajara”, afirmó, aludiendo a una presunta colaboración
clandestina entre la CIA y líderes del narcotráfico para financiar a la guerrilla antisandinista
en Nicaragua durante la década de los ochenta.
El señalamiento es grave. En su relato, Berrellez describe cómo comenzó a dudar de la
narrativa oficial cuando comprobó que Camarena no tuvo un papel operativo decisivo en el
decomiso del rancho El Búfalo, como se sostenía públicamente. A partir de ahí, dijo, decidió
buscar testigos presenciales del interrogatorio y tortura del agente. Reclutó a tres personas
que, según afirma, estuvieron presentes en distintos momentos del cautiverio.
Uno de los aspectos más delicados de su investigación fue la supuesta participación de un
agente vinculado a la CIA en los interrogatorios. Berrellez aseguró que identificó a un
cubano que habría intervenido directamente en las sesiones de tortura y que, tras indagar,
descubrió que se trataba de un operador con antecedentes en América Latina. Su
conclusión: la CIA habría establecido vínculos con el entonces llamado Cártel de
Guadalajara para financiar operaciones encubiertas en Centroamérica, en un contexto en el
que el Congreso estadounidense se negaba a respaldar abiertamente esas acciones.
La tesis no es nueva, pero en voz de un exagente de la propia DEA cobra un peso político
renovado. “Todo estaba sucio”, sentenció. Para Berrellez, el caso Camarena simboliza una
red de complicidades transnacionales donde la corrupción no es patrimonio exclusivo de
México. “Aquí también estamos infectados”, afirmó. “Los americanos estamos tan corruptos
que le podemos dar lecciones a los mexicanos en corrupción”.
Su crítica no se limita al pasado. Sostuvo que Estados Unidos posee abundante información
comprometedora sobre figuras políticas mexicanas de alto nivel, incluyendo expresidentes,
y que esa información no siempre se utiliza para llevarlos ante tribunales. “Muchas veces
los políticos usan información para amenazar a otro político”, dijo, describiendo un sistema
en el que los datos se convierten en instrumentos de presión geopolítica más que en
pruebas judiciales.
La herida del caso Camarena, subrayó, permanece abierta. Según su denuncia, a pesar de
la extradición de Rafael Caro Quintero a Estados Unidos, no se le han formulado cargos
específicos por la muerte del agente en la jurisdicción correspondiente de California. “La
orden de aprehensión por la muerte de Camarena está en Los Ángeles, no en Nueva York”,
enfatizó, sugiriendo que el silencio procesal podría estar vinculado al temor de que un juicio
exponga la presunta colaboración entre agencias estadounidenses y narcotraficantes.
Más allá de la veracidad jurídica de estas afirmaciones —que requerirían confirmación
judicial y documental— el discurso de Berrellez introduce una expresión incómoda: la guerra
contra las drogas no solo habría sido una batalla contra organizaciones criminales, sino
también un escenario de pactos inconfesables.
PRESIÓN, SOBERANÍA Y EL ABATIMIENTO DEL MENCHO
El segundo eje de la entrevista giró en torno al reciente operativo contra Nemesio Oseguera
Cervantes, conocido como “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación. Para
Berrellez, la operación no fue únicamente resultado de una estrategia interna mexicana,
sino producto de una presión directa desde Washington.
“O actúas contra el Mencho o actuamos nosotros”, aseguró que fue el mensaje transmitido
a la presidenta Claudia Sheinbaum por parte de autoridades estadounidenses. Según su
versión, la mandataria fue colocada “entre la pared y la espada” ante la amenaza implícita
de una intervención militar extranjera si México no procedía contra el capo.
El exagente afirmó que agencias como la DEA, el FBI y la CIA proporcionaron inteligencia
clave para ubicar al líder criminal. “La inteligencia fue americana”, sostuvo. Aunque
reconoció la participación de fuerzas mexicanas en el terreno, subrayó que la información
estratégica provenía de Estados Unidos.
Berrellez fue más allá al advertir que la presidenta enfrenta un dilema estructural: combatir
frontalmente a los cárteles implica confrontar a redes de protección enquistadas en mandos
militares y políticos. “El problema no son los narcos; el problema son los que crían a los
narcos, que son los políticos corruptos”, afirmó.
En su lectura, el abatimiento de Oseguera Cervantes no significará el fin de la violencia.
Anticipó reacomodos entre organizaciones rivales y una intensificación de disputas
territoriales. Recordó que en Colombia la ofensiva contra Pablo Escobar desató una ola de
asesinatos contra jueces y fiscales. México, advirtió, podría enfrentar escenarios similares si
no se desmantelan las estructuras de protección política.
Al mismo tiempo, insistió en que el problema del narcotráfico es binacional. Mencionó que
en Estados Unidos mueren más de 100 mil personas al año por sobredosis de fentanilo y
que la demanda interna alimenta el mercado ilícito. “Aquí también existe la corrupción”,
reiteró, aludiendo a casos de jueces y funcionarios estadounidenses implicados en
sobornos.
Su argumento central es que la narrativa simplista —México corrupto frente a Estados
Unidos como víctima— oculta una realidad más compleja. Para Berrellez, la corrupción es
sistémica y atraviesa fronteras. En su visión, mientras existan vínculos entre poder político y
crimen organizado en ambos países, la violencia persistirá.
Las declaraciones plantean interrogantes delicadas. ¿Hasta qué punto la cooperación
bilateral se basa en intercambio de inteligencia y hasta qué punto en mecanismos de
presión? ¿Qué tan profunda es la información que Washington posee sobre la clase política
mexicana? ¿Y qué implicaciones tendría su uso selectivo?
La entrevista no ofrece pruebas documentales en pantalla, pero sí exhibe un diálogo
coherente en su propia lógica interna: la guerra contra las drogas ha sido, desde sus inicios,
un terreno donde confluyen intereses estratégicos, operaciones encubiertas y decisiones
políticas de alto riesgo.
En ese marco, el caso Camarena adquiere un significado simbólico mayor que el de un
expediente judicial. Representa la posibilidad de que, detrás del discurso oficial de combate
al narcotráfico, existan episodios de colaboración clandestina que comprometen a
instituciones de ambos países.
Berrellez cerró con una exhortación dirigida a periodistas y autoridades: investigar por qué
ciertos cargos no se han formulado y por qué algunas piezas del rompecabezas
permanecen fuera del alcance público. “No voy a aguantar que digan ‘México corrupto’”,
concluyó, “cuando aquí también estamos igual”.
La entrevista llega justo en un momento en que la relación México–Estados Unidos
atraviesa tensiones renovadas por el tráfico de fentanilo, la migración y la seguridad
fronteriza, las palabras de un exagente que participó en uno de los capítulos más oscuros
de esa historia reabren un debate incómodo: la corrupción institucional no reconoce
banderas, y la lucha contra el narcotráfico, lejos de ser un relato lineal de héroes y villanos,
puede esconder zonas grises que aún esperan esclarecimiento.