REFLEXIONES ECONÓMICAS

Dr. Fernando Arriaga Martínez
En México, la política de salud pública no ha sido solo una falla burocrática: ha
sido una tragedia humanitaria evitable que se traduce, año tras año, en muertes
que pudieron haber sido previstas. El desabasto crónico de medicamentos
—especialmente de medicamentos oncológicos esenciales para tratar el cáncer—
ha marcado una de las crisis más graves de la llamada Cuarta Transformación.
Bajo la égida del presidente Andrés Manuel López Obrador, la supuesta “reforma”
del sistema de compras públicas derivó no en eficiencia, sino en improvisación,
errores estructurales y un colapso progresivo del abasto médico básico.
Desde mediados de 2019 comenzó a observarse con fuerza el fenómeno del
desabasto de medicinas contra el cáncer. Padres y madres de familia denunciaron
que llevaban más de un año sin recibir los fármacos que sus hijos necesitaban
para seguir con sus tratamientos, incluso cuando estos eran imprescindibles para
mantener la vida.
Lo que era una falla operativa pronto se convirtió en una crisis con
consecuencias fatales. Según la Asociación Mexicana de Ayuda a Niños con
Cáncer (AMANC), hasta 1,600 niños con cáncer habrían muerto en México por
la falta de medicamentos oncológicos durante los primeros años de la
administración de López Obrador, de acuerdo con cifras que incluso medios
mexicanos como El Financiero han atribuido directamente al desorden provocado
por el irresponsable desabasto.

Pero más allá de cifras y titulares, cada número equivale a una familia desgarrada.
Historias documentadas de niñas y niños sin acceso a medicinas vitales se
convirtieron en emblemas de una política pública fallida. No se trataba solo de
carencias logísticas, sino de vidas humanas que se extinguían por la
incompetencia administrativa y decisiones de política pública que no tomaron en
serio el derecho a la salud.
La causa profunda de esta crisis no fue un accidente, sino una decisión deliberada
del gobierno de López Obrador de centralizar las compras públicas de
medicamentos (una decisión gemela a la de las gasolinas) y todo por la promesa
bastante ingenua y falta de imaginación de combatir la corrupción, que en muchas
ocasiones solo existía en las retorcidas mentes de los genios de la 4T. Sin
embargo, esa centralización terminó produciendo resultados diametralmente
opuestos: burocracia excesiva, retrasos prolongados, errores logísticos e
ineficiencias que impidieron que los fármacos llegaran a tiempo a quienes los
necesitaban.
Lo que resultó más ingrato e inmoral, fue el número de medicinas que se
caducaron por la falta de envío en tiempo, al lugar donde se requerían, lo que se
tradujo en fallecimientos irresponsables y dolor en seres humanos que vieron a
sus hijos, despedirse ante una impotencia tan desesperada como injusta.
La promesa de crear una mega farmacia nacional (tema del que hablamos en la
colaboración pasada) —un centro de acopio para abastecer al sistema de salud—
quedó en el terreno de las metáforas. Aunque inaugurada con fanfarrias y un
presupuesto multimillonario, dicha farmacia operó con inventarios raquíticos:
menos del 1% de los medicamentos que debía ofrecer estaban realmente
disponibles, según reportó El Universal.
Resulta estremecedor pensar que, mientras millones de pesos se usaban para
construir una fantasía institucional, los hospitales reportaban que miles de recetas
ni siquiera eran surtidas. Entre 2019 y 2021, se dejaron de surtir más de 24

millones de recetas médicas en las principales instituciones de seguridad social
del país.
Según reporta la Asociación Mexicana de Laboratorios Farmacéuticos (AMELAF)
a través de su presidente Juan de Villafranca el gobierno de López Obrador, dejó
un adeudo de mil millones de pesos en compras de medicinas, cuando el propio
ahora expresidente había declarado que ya había comprado y pagado todas las
medicinas necesarias en su sexenio. Una mentira más.
Al llegar Claudia Sheinbaum a la presidencia con la promesa de salvar lo que
quedaba del sistema de salud pública, las expectativas eran altas. Sin embargo, la
estrategia heredada y adaptada por su administración ha mostrado más de lo
mismo: cifras oficiales que muestran avance, contrastan con testimonios de
pacientes y médicos que aseguran que el desabasto persiste. En septiembre de
2025, se publicaron testimonios críticos señalando que, pese a anuncios oficiales
de cobertura del 90% o más de medicamentos, en realidad faltan quimioterapias
y tratamientos oncológicos indispensables.
La narrativa oficial es ahora la de la “remontada” del desabasto: Sheinbaum ha
declarado que se ha adquirido el 96% de los medicamentos necesarios para la
sanidad pública, con una inversión multimillonaria (¿dónde lo hemos escuchado
antes?. Sin embargo, estos anuncios optimistas contrastan con una realidad
palpable: en muchas regiones, pacientes siguen marchando y protestando por la
falta de medicinas para tratar el cáncer infantil y de adultos.
Este desajuste entre cifras e impresión social no es casualidad: revela una
profunda falta de coordinación y una visión de corto plazo que sigue priorizando
titulares por encima de vidas humanas. Mas allá de porcentajes de abasto que se
anuncian en conferencias de prensa, la realidad en los hospitales y clínicas es
otra: pacientes pagan de su bolsillo medicamentos que deberían ser gratuitos,
recurren a importaciones alternas o simplemente se quedan sin tratamiento.

Para muchos especialistas y ciudadanos críticos, la crisis de medicamentos en
México no es solamente un problema de logística, sino un síntoma de un modelo
de salud pública disfuncional que no respeta la dignidad básica de las personas.
La decisión de cancelar compras de miles de claves de medicinas —3,900 en un
solo ejercicio presupuestal en 2025–2026— pone en evidencia que los errores no
solo se perpetúan sino que se amplifican con el paso del tiempo.
La consecuencia última de todo esto es que, para demasiadas familias mexicanas,
el sistema de salud no es ya un salvavidas, sino un laberinto insuficiente que
asesina por omisión. El dolor de una gestión fallida se traduce en vidas
truncadas, en niños que no reciben quimioterapias que podrían haberlos salvado,
en adultos que mueren esperando un medicamento que nunca llega, y en un
sistema de salud que sigue sin aprender de sus propios errores.
Si el gobierno de México realmente pretende honrar el derecho a la salud, será
indispensable ir más allá de anuncios grandilocuentes y estadísticas maquilladas.
Requerirá transformar la política de compras públicas de medicamentos,
garantizar transparencia rigurosa, establecer mecanismos de monitoreo
independientes y, sobre todo, colocar la vida de las personas por encima de la
retórica política.
Porque mientras se siga contando en estadísticas y discursos sesgados que la
situación de la salud va por buen camino, para muchas familias mexicanas el
dolor seguirá siendo muy real.

P.D. Le siguen tronando los fracasos al mesías en las manos de su sucesora, si
bien la acción fue heroica por parte de las fuerzas armadas del país, los 25
soldados y los 3 civiles muertos en la intervención al CJNG, son consecuencia del
tremendo crecimiento que tuvo la delincuencia al amparo de la política de los
“abrazos”.
Los muertos ya tienen un culpable.

La locura está saliendo muy cara, más lo que viene.

Gracias.

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