Por Luis Enrique Arreola Vidal.

La madrugada dejó de ser metáfora.

Es inteligencia compartida cruzando fronteras.

Es un objetivo global que cae… y altera mercados clandestinos en tres continentes.

México entró en otra fase.

Si el sexenio de Andrés Manuel López Obrador convirtió en consigna los “abrazos, no balazos”, el gobierno de Claudia Sheinbaum parece decidido a otra síntesis: cooperación estratégica con Estados Unidos, presión financiera internacional y golpes de alto impacto ejecutados por Omar García Harfuch.

El mensaje ya no es moral.

Es operativo.

Y cuando el Estado se mueve en silencio, el hemisferio escucha.

EL CRIMEN COMO MULTINACIONAL SIN BANDERA.

El narcotráfico dejó de ser pandilla y se convirtió en corporación transnacional.

Compra precursores en Asia.

Produce en laboratorios clandestinos en México.

Distribuye por la frontera más vigilada del planeta.

Lava capital en circuitos financieros sofisticados.

El Cártel Jalisco Nueva Generación entendió la globalización mejor que muchos gobiernos.

Se expandió como holding criminal, diversificó portafolio, profesionalizó logística.

Golpear su cúspide no es un evento policiaco.

Es una disrupción de mercado ilícito.

Cuando cae la cabeza, tiemblan las cadenas de suministro.

FENTANILO: LA PRESIÓN QUE CAMBIÓ EL TONO.

En Estados Unidos, la crisis de opioides no es estadística: es tragedia electoral.

El Congreso presiona.

El discurso antiterrorista asoma.

La frontera se vuelve argumento político.

México entendió que la soberanía no se defiende con negación, sino con capacidad.

La cooperación ya no es simbólica.

Es técnica.

Es financiera.

Es estratégica.

Y en ese rediseño bilateral se juega algo más que seguridad: se juega credibilidad internacional.

EL RIESGO QUE DEFINE A LOS ESTADISTAS.

Golpear la cúspide puede debilitar una estructura… o fragmentarla.

La fragmentación suele ser más violenta.

Más impredecible.

Más territorial.

Cada captura altera equilibrios internos.

Cada vacío genera disputa.

Aquí está la verdadera prueba del poder: no es abatir al líder, sino contener la reacción.

La historia mexicana está llena de golpes espectaculares seguidos de incendios regionales.

La diferencia entre estrategia y propaganda es lo que ocurre después del comunicado.

La bala impacta.

El dinero sostiene.

Congelar activos.

Rastrear transferencias.

Coordinar con el Tesoro estadounidense.

Emitir alertas internacionales.

Blindar puertos y aduanas.

Controlar precursores químicos.

Esa es la arteria real del crimen organizado.

Si se corta el flujo financiero, se desangra la estructura.

Si no, se regenera.

México no puede limitarse a la captura.

Debe dominar el sistema nervioso del capital ilícito.

DEL ABRAZO A LA AUTORIDAD.

Durante años, la ambigüedad fue política de Estado.

Ni guerra frontal ni desmantelamiento estructural.

Contención discursiva.

Zonas grises.

Muchos sostienen que esa ambivalencia permitió expansión territorial y pactos tácitos.

Otros la defienden como contención prudente.

Hoy la línea cambia.

No hay ruptura retórica con el pasado.

Pero sí una ruptura operativa.

Balazos precisos.

No abrazos complacientes.

La diferencia no está en el discurso.
Está en el cálculo.

El mundo observa.

¿Podrá México sostener estabilidad tras el golpe?

¿Evitar la fragmentación violenta?

¿Blindar puertos estratégicos?

¿Controlar el flujo químico?

¿Cooperar sin diluir soberanía?

No se evalúa solo una captura.

Se evalúa la capacidad del Estado mexicano para gobernar el siglo XXI.

El territorio es poder.

La credibilidad es capital.

La estabilidad es inversión.

Detrás de la geopolítica hay vidas.

La madre que perdió a su hijo por una dosis adulterada.

El comerciante extorsionado en una plaza dominada por halcones.

El policía municipal que patrulla con miedo.

El joven seducido por un salario inmediato.

El narcotráfico globalizó la violencia.

El Estado debe globalizar la inteligencia.

Los gobiernos se recuerdan por una consigna.

Uno fue la guerra frontal.

Otro fue el abrazo criminal.

Este podría ser el del límite.

Si la estrategia funciona, Claudia Sheinbaum será recordada como la presidenta que transformó la ambigüedad en control estratégico.

Si fracasa, la historia no hablará de intenciones.

Hablará de consecuencias.

Porque el poder no se mide por el anuncio del golpe.

Se mide por la capacidad de contener el rebote.

Y en México, cuando el Estado decide dejar de abrazar…
no basta con disparar.

Hay que gobernar el día después.